viernes 26 de junio de 2009

Articulo de Michael Hudson en Sin Permiso. La economia política de la tradición republicana ilustrada y sus enemigos neoliberales








La economía política de la tradición republicana ilustrada y sus enemigos neoliberales
Michael Hudson · · · · ·

01/03/09

"El actual choque de civilizaciones no se da realmente con Oriente, sino con nuestro propio pasado, con la Ilustración y con la evolución de la misma que desembocó en la economía política clásica y en la Era Progresista de las reformas sociales tendentes a emancipar a la sociedad de trabas y estorbos procedentes del feudalismo europeo. A lo que estamos asistiendo es a propaganda concebida para engañar, para distraer la atención de la realidad económica, a fin de promover el tipo de propiedad y de intereses financieros, de cuya predadora férula, precisamente, quisieron los economistas clásicos librar al mundo. Lo que se pretende es nada menos que destruir el edificio intelectual y moral que la civilización occidental tardó ocho siglos en levantar, desde las discusiones escolásticas del siglo XII sobre el precio justo hasta la teoría económica clásica del valor de los siglos XIX y XX."
"Las acciones de los bancos comenzaron a caer el viernes por la mañana, luego de que el senador Dodd, el demócrata por Connecticut y presidente de la comisión de asuntos bancarios del Senado, se manifestara preocupado en una entrevista concedida a Bloomberg Television tpor la posibilidad de que el gobierno pudiera terminar nacionalizando algunas instituciones de préstamo "aunque sea por un corto período de tiempo". Otros prominentes políticos –entre ellos, Alan Greenspan, el antiguo presidente de la Reserva Federal, y el senador Lindsey Graham, de Carolina del Sur— se han hecho recientemente eco de este punto de vista." .- Eric Dash, "Growing Worry on Rescue Takes a Toll on Banks," The New York Times, 20 febrero 2009.
¿Cómo es que Alan Greenspan, el lobista de Wall Street en favor del libre mercado, se pronunció hace unos días a favor de la nacionalización de los bancos norteamericanos, y precisamente, de los mayores y más poderosos? ¿Acaso, de la noche a la mañana, se ha vuelto un rojo el antiguo discípulo de Ayn Rand? Ciertamente, no.
Lo que pasa es que la retórica de los "mercados libres", de la "nacionalización" y aun del "socialismo" –como en "socializar las pérdidas"— ha trocado en un lenguaje engañoso al servicio de un sector financiero afanado en movilizar el poder estatal a favor de sus propios y particulares privilegios. Tras haber socavado las bases del conjunto de la economía, los think tanks dedicados a relaciones públicas lo que buscan ahora es desbaratar al mismísimo lenguaje.
¿Qué significa exactamente "un mercado libre"? ¿Es lo que propugnaban los economistas clásicos: un mercado libre de poder monopólico, libre de fraude empresarial, libre de comercio político con información privilegiada y libre de privilegios particulares concedidos a los intereses creados; un mercado protegido por la institucionalización de la regulación pública desde la Ley Antitrust de Sherman en 1890, hasta la Ley Glass-Steagall y otras leyes del New Deal? ¿O es un mercado libre para que los predadores exploten a sus víctimas, sin regulación pública ni policías económicos: el tipo de mercado barra-libre que la Reserva Federal y la SEC (Security and Exchange Commission, la comisión supervisora del mercado de valores) han venido creando en los últimos diez años? Hoy resulta increíble que se aceptara galanamente la idea neoliberal de la "libertad de mercado", en el sentido de neutralización de la vigilancia pública, al estilo de Alan Greenspan, y que se tolerara que Angelo Mozilo en Countrywide, Hank Greenberg en AIG, Bernie Madoff, Citibank, Bear Stearns y Lehman Brothers saquearan sin estorbo o sanción ningunos, sumiendo a la economía en la crisis para luego servirse del dinero del rescate del Tesoro a fin de pagar las más elevadas remuneraciones y las más copiosas bonificaciones de la historia de los EEUU.
Conceptos que son la antítesis del de "mercado libre" se han convertido en lo contrario de lo que significaron históricamente. Tomemos la actual discusión sobre la nacionalización de los bancos. Durante más de un siglo, "nacionalización" significó la toma pública de control de los monopolios o de otros sectores para gestionarlos conforme al interés público, no para ponerlos a merced de intereses particulares. Pero cuando los neoliberales usan ahora la palabra "nacionalización", lo que quieren decir es un rescate, un obsequio del gobierno a los intereses financieros.
El doble pensamiento y el doble lenguaje en relación con la "nacionalización" o la "socialización" de los bancos y de otros sectores es un travestido del debate político y económico habido entre el siglo XVII y mediados del XX. La gramática intelectual básica de la sociedad, el léxico para discutir asuntos políticos y económicos, es vuelto del revés con el propósito de evitar el debate sobre las soluciones políticas propuestas por los economistas y filósofos políticos clásicos que hicieron "occidental" a la civilización occidental.
El actual choque de civilizaciones no se da realmente con Oriente, sino con nuestro propio pasado, con la Ilustración y con la evolución de la misma que desembocó en la economía política clásica y en la Era Progresista de las reformas sociales tendentes a emancipar a la sociedad de trabas y estorbos procedentes del feudalismo europeo. A lo que estamos asistiendo es a propaganda concebida para engañar, para distraer la atención de la realidad económica, a fin de promover el tipo de propiedad y de intereses financieros, de cuya predadora férula, precisamente, quisieron los economistas clásicos librar al mundo. Lo que se pretende es nada menos que destruir el edificio intelectual y moral que la civilización occidental tardó ocho siglos en levantar, desde las discusiones escolásticas del siglo XII sobre el precio justo hasta la teoría económica clásica del valor de los siglos XIX y XX.
Cualquier idea de "socialismo desde arriba", en el sentido de "socialización del riesgo", no es sino tradicional oligarquía, estatismo cleptocrático desde arriba. La nacionalización genuina se da cuando los gobiernos actúan en interés público para tomar el control de la propiedad privada. El programa decimonónico de nacionalización de la tierra (el primer punto programático del Manifiesto comunista) no tenía absolutamente nada que ver con la toma de control estatal de las propiedades raíces y el pago de sus gravámenes e hipotecas a costa del erario público para devolverlas luego a los terratenientes, libres ya de tasas y servidumbres. Lo que se proponía, al revés, era incorporar las tierras y sus ingresos rentistas al dominio público, para luego darlas en arriendo conforme a un abanico de cuotas de usuario que iba del coste real de mantenimiento hasta una tasa subsidiada, y aun gratis, como en el caso de calles y carreteras.
Nacionalizar los bancos en este último sentido no significaría sino que el gobierno mismo subvendría a las necesidades de crédito. El Tesoro se convertiría en la fuente del dinero nuevo, substituyendo al crédito de la banca comercial. Presumiblemente, ese crédito se concedería conforme a criterios de productividad económica y social, y no simplemente para hinchar precios de activos lastrando con deuda a hogares y empresas, como ha venido ocurriendo con las políticas de préstamo de los bancos comerciales de nuestros días.
Cómo falsean la historia política de Occidente los neoliberales
El hecho de que los neoliberales de nuestros días se proclamen descendientes intelectuales de Adam Smith hace necesaria la tarea de restaurar una perspectiva histórica más adecuada. Pues su concepto de "mercados libres" es la antítesis del de Smith. Es el opuesto del de los economistas clásicos, de la línea que, pasando por John Stuart Mill y Karl Marx, llega a las reformas sociales de la Era Progresista, que buscaron la creación de mercados libres y emancipados de las exigencias extractivas rentistas de unos intereses especiales, cuyo poder institucional se remontaba a la Europa medieval y a la época de conquistas militares.
Los escritores económicos entre los siglo XVI y XX reconocieron que los mercados libres precisaban de supervisión pública para prevenir la formación monopólica de precios y otros costosos lastres impuestos por el privilegio. En cambio, los ideólogos neoliberales de nuestros días son peritos en relaciones públicas que abogan a favor de intereses creados presentando al "mercado libre" como un mercado "libre" de regulación pública., "libre" de protección anti-trust, y aun "libre" de protección anti-fraude (como revela la negativa de la SEC a proceder contra Madoff, Enron, Citibank, etc.). El ideal neoliberal de los mercados libres es, pues, básicamente, el del ladró en el malversador bancario, que suspira por un mundo sin policía en el que pueda gozar de la libertad suficiente como para chupar sin estorbos el dinero ajeno.
Los Chicago Boys descubrieron en Chile que los mercados libres para finanzas predatorias y privatizaciones privilegiadas no podían imponerse sino a punta de pistola. Esos apologistas del libre mercado en Chile cerraron todos los departamentos académicos de ciencia económica, todas las universidades de ciencias sociales, salvo la Universidad Católica en la que los Chicago Boys tenían vara alta. Con la Operación Cóndor se detuvo, exilió o asesinó a decenas de miles de académicos, intelectuales, dirigentes sindicales y artistas. Sólo merced a un control totalitario del curriculum académico y de los medios de comunicación públicos, respaldado por una policía secreta y un ejército de todo punto activos lograron imponerse los "mercados libres" de impronta neoliberal. La privatización a punta de pistola resultante fue un ejercicio de lo que Marx llamó en su día "acumulación primitiva": confiscación del dominio público por parte de unas elites políticas respaldadas por la fuerza de las armas. Es el estilo de libre mercado de Guillermo el Conquistador o de Yeltsin el Cleptócrata: parcelada la propiedad, se procede a su distribución entre los compinches del caudillo político o militar.
Justo todo lo contrario del tipo de mercados libres que Adam Smith tenía en mente cuando alertó de que los empresarios raramente se juntan, si no es para conspirar y buscar vías de encarrilar los mercados conforme a su propia ventaja. Un problema, éste, que no inquietaba lo más mínimo al señor Greenspan o a los editorialistas New York Times y del Washington Post. No existe el menor parentesco los ideales neoliberales de éstos y los ideales de los filósofos políticos de la Ilustración. La promoción de unos mercados "libres" para que los poseedores de información privilegiada se repartan entre sí el dominio público monta tanto como bajar un Telón de Acero intelectual sobre la historia del pensamiento económico.
Los economistas clásicos y los progresistas norteamericanos tenían en sus miras programáticas mercados libres en sentido de emancipados de rentas e intereses económicos: libres, pues, de los costes cargados por el rentista y del lastre económico de la tramposa formación monopólica de precios; libres de renta agraria y del interés pagado a banqueros y otros institutos financieros; y libres de unos impuestos que no sirven sino para sostener a una oligarquía. Los gobiernos tenían que fundar sus sistemas fiscales gravando la "barra libre" de la renta económica, comenzando por la dimanante de los emplazamientos favorables suministrados por la naturaleza y a los que la inversión pública en transportes y otras infraestructuras, y no los esfuerzos de los terratenientes, da valor de mercado.
Así pues, la discusión entre reformistas de la era progresista, socialistas, anarquistas e individualistas se centró en el debate sobre la mejor estrategia política para liberar a los mercados de la deuda y de la renta. Diferían entre sí respecto de los mejores medios políticos para conseguirlo, y señaladamente, sobre el papel que debía desempeñar el Estado. Había amplio acuerdo respecto de que el Estado estaba controlado por un complejo de intereses creados heredados de las conquistas militares de la Europa feudal y del mundo colonizado por la fuerza militar europea. La cuestión política, al romper el siglo XX, era si una reforma democrática pacífica podía vencer las resistencias políticas y aun militares presentadas por un Antiguo Régimen que no dudaba en servirse de la violencia para defender sus "derechos". Las revoluciones políticas que siguieron partían de la Ilustración, de la filosofía del derecho de hombres como John Locke, de economistas como Adam Smith, John Stuart Mill y Marx. El poder tenía que usarse para liberar a los mercados de la propiedad predatoria y de los sistemas financieros heredados del feudalismo. Había que liberar a los mercados del privilegio y de las barras libres, de modo que el pueblo pudiera conseguir ingresos y riqueza sólo conforme al trabajo realizado y al espíritu emprendedor desarrollado. Tal fue la esencia de la teoría del valor-trabajo y de su complemento, el concepto de renta económica como excedente del precio de mercado sobre el coste-valor socialmente necesario.
Aunque ahora sabemos que mercados y precios, renta e interés, formalidades contractuales y casi todos los elementos de la empresa económica se originaron en las "economías mixtas" de Mesopotamia en el cuarto milenio antes de nuestra Era y continuaron a través de todas las economías mixtas público/privadas de la antigüedad clásica, la discusión llegó a polarizarse políticamente a tal punto, que hace un siglo la idea de una economía mixta con pesos y contrapesos apenas recibió atención hace un siglo.
Los individualistas creían que todo retroceso de los Estados centrales haría retroceder a su vez el mecanismo de control con el que los intereses creados extraían riqueza sin trabajo o esfuerzo empresarial. Los socialistas veían que se necesitaba un Estado fuerte para proteger a la sociedad contra las tentativas de la propiedad y de las finanzas de servirse de sus ganancias para monopolizar el poder económico y político. Los dos extremos del espectro político apuntaban al mismo objetivo, a saber: reducir los precios a los costes reales de producción. El objetivo común era maximizar la eficiencia económica para traspasar los frutos de las Revoluciones Industrial y Agraria al conjunto de la población. Para lograrlo, era necesario bloquear el propósito de una clase entrometida –la rentista—, empeñada en apoderarse del dominio público y resuelta a controlar la distribución de recursos. Los socialistas no creían que tal cosa fuera posible sin tomar en sus propias manos el poder político y jurídico del Estado. Los marxistas creían necesaria una revolución para devolver al dominio público la renta dimanante de la propiedad y para posibilitar que los gobiernos pudieran crear su propio crédito, en vez de tomar prestado a interés de la banca comercial y de los acaudalados emisores de bonos y obligaciones. El objetivo no era crear una burocracia, sino emancipar a la sociedad del persistente poder de la posesión absentista, característico de la propiedad transmitida y de los intereses financieros.
Toda esta historia de pensamiento económico ha sido tan concienzudamente erradicada de los programas académicos actuales, como de la discusión popular. Poca gente recuerda el gran debate entablado al romper el siglo XX: ¿avanzaría el mundo de un modo bastante rápido desde las reformas de la Era Progresista hasta el socialismo propiamente dicho (propiedad pública de la infraestructura económica básica, de los monopolios naturales –incluido el sistema bancario—, de la misma tierra y, para los marxistas, también del capital industrial)? ¿O podrían los reformistas liberales de izquierda de la época –individualistas, partidarios de los impuestos sobre la tierra, economistas clásicos en la tradición de Mill e institucionalistas estadounidenses como Simon Patten– mantener la estructura básica del capitalismo y de la propiedad privada? En este último caso, todos reconocían que tendría que ser en el contexto de la regulación de mercados y de la introducción de una fiscalidad progresiva sobre la riqueza y los ingresos. Era la alternativa a la propiedad directa por el "Estado". La actual idea extremista del "libre mercado" es una caricatura degradad de esa posición.
Todos veían al gobierno como "cerebro" de la sociedad, como a su órgano de planificación avanzada. Dada la complejidad de la tecnología moderna, la humanidad modelaría su propia evolución. La evolución no se daría por la vía de la "acumulación primitiva", sino que podría ser deliberadamente planificada. Los individualistas replicaba diciendo que ningún planificador humano era suficientemente imaginativo como para lidiar con la complejidad de los mercados, pero aceptaban la necesidad de eliminar toda forma de ingreso no ganado: la renta económica y el aumento de precios de la tierra que Mill llamaba "incremento no ganado." Eso implicaba una regulación pública capaz de configurar los mercados. Un "mercado libre" era una creación política activa, y precisaba de vigilancia regulatoria.
En tanto que abogados públicos de los intereses creados y del privilegio rentista particular, los los actuales defensores "neoliberales" de los mercados "libres" buscan maximizar la renta económica, la barra libre de precios que exceden del valor de coste, no liberar a los mercados del lastre rentista. Una genealogía tan confundente sólo podía lograrse mediante la supresión directa del conocimiento de lo que escribieron realmente Locke, Smith y Mill. Los intentos de regular "libres mercados" y de limitar la fijación de precios y los privilegios de los monopolios son equiparados a "socialismo," incluso a burocracia al estilo soviético. El objetivo es evitar el análisis de lo que es realmente un "libre mercado": un mercado libre de costes innecesarios, un mercado libre, esto es, de rentas monopólicas, de rentas de propiedad y de cargas financieras por un crédito que los gobiernos podrían crear libremente.
La reforma política tendente a acoplar los precios de mercado al valor de coste socialmente necesario fue el gran tema económico del siglo XIX. La teoría que fundaba en el trabajo el valor de coste intrínseco es la contrapartida de la teoría de la renta económica: la renta de la tierra, la amañada formación monopolística de precios, los intereses y otros rendimientos dimanantes de privilegios especiales que incrementaban los precios del mercado sólo por exigencias propiedad institucional. La discusión se remonta a los eclesiásticos medievales que definieron el justo precio. La doctrina fue originalmente aplicada a los honorarios apropiados que podían cobrar los banqueros, y más tarde fue ampliada a la renta de las tierras, y luego a los monopolios creados por los Estados y vendidos a acreedores con el propósito de librarse de deudas.
Los reformistas y los socialistas, más radicales, trataron por igual de liberar al capitalismo de sus desigualdades más patentes, sobre todo de su legado de conquista militar de la Edad Oscura de Europa, cuando señores de la guerra invasores se apoderaban de tierras e imponían una clase absentista de terratenientes que recibía unos ingresos rentistas que eran, a su vez, utilizados para financiar guerras libradas con el objetivo de adquirir más tierras. Al final, se derrumbaron las esperanzas de que el capitalismo industrial pudiera reformarse siguiendo líneas progresistas y depurarse del legado del feudalismo. La Primera Guerra Mundial se precipitó como un cometa sobre la economía mundial, desplazándola hacia a una nueva trayectoria e imprimiendo una imprevista dirección hacia un capitalismo financiero.
Imprevista en gran parte porque el grueso de los reformadores invirtieron tanto esfuerzo en la propugnación de políticas progresistas, que descuidaron lo que Thorstein Veblen llamó los intereses creados. La verdadera contrailustración representada por esos intereses está creando un mundo que hace un siglo habría parecido una distopía, algo tan pesimista, que ningún futurólogo se habría avilantado a imaginar, a saber: un mundo dirigido por unos banqueros que, tan venales como corruptos, toman bajo su protección como clientes primordiales a los monopolios, a los especuladores inmobiliarios y a fondos de cobertura cuyas rentas económicas, apuestas financieras y e inflación de precios de activos se han convertido en la economía actual de rentistas en un flujo de interés. En vez del incremento de formación de capital del capitalismo industrial, lo que vemos es evaporación de capital por parte del capitalismo financiero; en vez del prometido mundo de ocio, a lo que se nos aboca es a un mundo de servidumbre por deudas
La democracia travestida por el capitalismo financiero
El sector financiero ha redefinido la democracia con sus exigencias de que la Reserva Federal sea "independiente" de los representantes democráticamente elegidos, a fin de actuar como el lobista de la banca en Washington. Esto exime al sector financiero del proceso político democrático, a pesar de que la planificación económica actual está ahora centralizada en el sistema bancario. El resultado es un régimen de manejos entre poseedores de información privilegiada y la oligarquía, el gobierno de la minoría rica.
La falacia económica de trasfondo es que el crédito bancario es un genuino factor de producción, una especie de fuente fisiocrática de fertilidad sin la cual no podría haber crecimiento. La realidad es que el derecho monopolístico de crear crédito bancario generador de intereses no es sino una transferencia gratuita de la sociedad a una elite privilegiada. La moraleja es que cuando, vemos un "factor de producción" que no tiene un coste real de producción en términos de trabajo, de lo que se trata es, simplemente, de un privilegio institucional.
Y esto nos lleva al más reciente debate sobre la "nacionalización" o "socialización" de los bancos. El Programa de Apoyo a Activos con Problemas (TARP, por sus siglas en inglés) ha sido utilizado hasta ahora para unos fines que, en mi opinión, deben ser considerados como verdaderamente antisociales, y de ningún modo "socialistas".
A fines del año pasado, 20.000 millones de dólares fueron usados para pagar bonificaciones y remuneraciones a malversadores financieros, a despecho de la caída de sus bancos en quiebra técnica. Y para proteger sus intereses, esos bancos siguieron sufragando honorarios a lobbies encargados de persuadir a los legisladores para que les den mayores privilegios especiales, todavía.
Aunque Citibank y otras grandes instituciones amenazaron con provocar la caída del sistema financiero porque eran "demasiado grandes para caer", más de 100.000 millones de fondos del TARP fueron utilizados para aumentar aún más su tamaño. Bancos ya tambaleantes compraron filiales que habían crecido haciendo préstamos irresponsables y aun directamente fraudulentos. Bank of America compró el Countrywide Financial de Angelo Mozilo y Merrill Lynch, mientras JP Morgan Chase compró Bear Stearns, y otros grandes bancos compraron WaMu y Wachovia.
La política actual pasa por "rescatar" a esos gigantescos conglomerados bancarios capacitándoles para que se "ganen" su camino para salir de la deuda por la vía de vender todavía más deuda a la economía ya sobreendeudada de los EE.UU. La esperanza está puesta en rehinchar los precios de los bienes raíces y de otros activos. ¿Pero queremos realmente permitir que los bancos "devuelvan el dinero a los contribuyentes" librándose a prácticas financieras aún más depredadoras del conjunto de la economía? Esto amenaza con maximizar el margen del precio de mercado por encima de los costes directos de producción, levantando cargas financieras aún mayores. Es exactamente la política contraria a la pretensión de ajustar los precios de vivienda e infraestructura al nivel de los costes tecnológicamente necesarios. Lo que no es, desde luego, es una política para hacer de los EE.UU. una economía más competitiva globalmente.
El plan del Tesoro para "socializar" bancos, compañías de seguros y otras instituciones financieras pasa, simplemente, por intervenir y sacar de los libros los préstamos malos, cargando las pérdidas al sector público. Es la antítesis de la verdadera nacionalización o "socialización" del sistema financiero. Los bancos y las compañías de seguros superaron rápidamente el primer pavor espontáneo a un rescate público conforme a criterios erradicadores de su mala gestión y de los accionistas y los tenedores de obligaciones que respaldaron esa mala gestión. El Tesoro ha asegurado a esos malos administradores que el "socialismo" es para ellos un regalo gratuito. La primacía de las finanzas sobre el resto de la economía será reafirmada, manteniendo en sus puestos a los gestores y dando a los accionistas oportunidad de recuperarse ganando más a costa del conjunto de la economía gracias a un favoritismo fiscal todavía mayor. (Esto significa una fiscalidad todavía más grávida sobre los consumidores, con el correspondiente aumento del coste de la vida para ellos.)
La mayor parte de la riqueza bajo el capitalismo –como bajo el feudalismo– ha venido siempre primordialmente del dominio público, comenzando por la tierra e inveterados servicios públicos. Esa verdad se ha visto recientemente coronada por el poder del Tesoro público para crear deuda. En efecto, el Tesoro crea un nuevo activo (11 billones de dólares de nuevos bonos y garantías del Tesoro, por ejemplo, los 5,2 billones de dólares para Fannie y Freddie). Los intereses sobre esos bonos serán pagados mediante nuevos impuestos al trabajo, no a la propiedad. Eso es lo que se supone que rehinhará los precios de la vivienda, de las acciones y de las obligaciones: el dinero liberado de los impuestos a la propiedad y a las corporaciones estará disponible para ser capitalizado en nuevos préstamos adicionales.
De modo, pues, que la renta pagada hasta ahora en concepto de impuestos comerciales seguirá siendo pagada –en forma de intereses—, mientras que los antiguos impuestos seguirán siendo recaudados, pero sólo entre los trabajadores. La carga fiscal, pues, se verá duplicada. No es un programa para hacer más competitiva la economía, o para subir el nivel de vida del grueso de la población. Es un programa destinado a polarizar todavía más la economía estadounidense entre las finanzas, las aseguradores y los bienes raíces (FIRE, por acrónimo en inglés), en la cúspide, y el mundo del trabajo, en la base.
Las denuncias neoliberales de la regulación pública y de la tributación como cosas equivalentes a "socialismo" son, en realidad, un ataque contra la economía política clásica –la tradición republicana originaria, cuyo ideal era liberar a la sociedad del legado parasitario del feudalismo. Una política del Tesoro genuinamente socializante pasaría por obligar a los bancos a prestar para fines productivos que contribuyan al crecimiento económico real, no meramente para incrementar el gasto e hinchar lo bastante los precios de los activos como para poder extraer cargos de intereses. La política fiscal se propondría minimizar, más que maximizar, los precios de la propiedad de la vivienda de la actividad empresarial, fundando el sistema fiscal en el gravamen de la renta que ahora, en cambio, es remunerada con interés. Desplazar la carga tributaria de los salarios y los beneficios a la renta y los intereses fue el núcleo de la economía política clásica en los siglos XVIII y XIX, de la Era Progresista y de los movimientos de reforma socialdemócrata en EEUU y Europa antes de la II Guerra Mundial. Pero esa doctrina y su programa de reforma han sido enterrados por la cortina de humo retórica organizada por unos lobistas financieros empeñados en enturbiar las aguas ideológicas lo suficiente como para acallar cualquier oposición popular a la actual usurpación del poder por parte del capital financiero y el capital monopolista. Su alternativa a la verdadera nacionalización y a la verdadera socialización de las finanzas es la servidumbre por deudas, la oligarquía y el neofeudalismo. A ese programa han dado en llamarlo "mercados libres".
Michael Hudson es ex economista de Wall Street especializado en balanza de pagos y bienes inmobiliarios en el Chase Manhattan Bank (ahora JPMorgan Chase & Co.), Arthur Anderson y después en el Hudson Institute. En 1990 colaboró en el establecimiento del primer fondo soberano de deuda del mundo para Scudder Stevens & Clark. El Dr. Hudson fue asesor económico en jefe de Dennis Kucinich en la reciente campaña primaria presidencial demócrata y ha asesorado a los gobiernos de los EEUU, Canadá, México y Letonia, así como al Instituto de Naciones Unidas para la Formación y la Investigación. Distinguido profesor investigador en la Universidad de Missouri de la ciudad de Kansas, es autor de numerosos libros, entre ellos Super Imperialism: The Economic Strategy of American Empire.













Traducción para http://www.sinpermiso.info/: Ricardo Timón

domingo 14 de junio de 2009

Valoración de los resultados de las elecciones europeas de Izquierda Republicana


Para Izquierda Republicana, los resultados de las elecciones europeas del pasado domingo ponen de manifiesto la profunda crisis que la izquierda europea está atravesando.


Por un lado, el fiasco de la socialdemocracia evidencia que las políticas de reformas para salvar el sistema capitalista, primando a los bancos en detrimento de los ciudadanos, en la que han coincidido con la derecha conservadora, ha llevado a buena parte del electorado de los partidos socialistas a la abstención.



Por otro, desde la izquierda crítica o alternativa no hemos sido capaces de aprovechar un contexto socioeconómico, en principio, favorable para que tuvieran eco nuestras propuestas transformadoras y no hemos conseguido atraer a esos votantes desencantados de izquierdas, que se han abstenido.

Si a lo anterior, le unimos la distancia, y desconfianza, con que es percibida la Unión Europea por los ciudadanos, por las políticas neoliberales de los partidos mayoritarios, no es de extrañar el desalentador panorama que presenta la distribución de escaños del Parlamento Europeo, con una mayoría conservadora y una importante presencia de las distintas derechas extremas y xenófobas.


En el caso de los resultados en España, la candidatura de Izquierda Unida: la Izquierda, en la que participábamos los republicanos de izquierda, se mantiene respecto de las elecciones europeas de 2004, después de una campaña en la que el bipartidismo dominante ha hecho muy difícil que hiciéramos llegar nuestras iniciativas a los ciudadanos.



Pero debemos reconocer que es muy preocupante la paulatina pérdida de votos que Izquierda Unida, la principal fuerza de izquierda “real” de nuestro país, viene sufriendo en cada uno de los comicios que se celebran en los últimos años.

Es necesario que todo el espectro político a la izquierda del social-liberalismo institucional se movilice, se renueve y se refunde en los valores republicanos, socialistas y laicos que mejor representan su tradición ideológica y en las reivindicaciones de los movimientos sociales, vinculándose cotidianamente a sus luchas y no acordándose de ellos únicamente cuando se acerquen los periodos electorales.


Es preciso construir un nuevo sujeto político, superando estructuras organizativas burocráticas y oligárquicas, que ahogan cualquier debate y ahuyentan a los ciudadanos de la militancia política activa. Hay que empezar a establecer la democracia republicana por las propias prácticas internas de ese necesario nuevo sujeto político, mediante la institucionalización de las elecciones primarias y el establecimiento de mecanismos de rendición de cuentas de los dirigentes ante los afiliados y electores, con la posibilidad de revocación por incumplimiento del mandato recibido y la limitación temporal del desempeño de los cargos ejecutivos.

Y es imprescindible que el discurso de izquierdas sea coherente con la actuación política en las instituciones. Noticias como el pacto entre Izquierda Unida de la Comunidad de Madrid y Esperanza Aguirre, en el Consejo de Administración de Caja Madrid, que conocimos al día siguiente de las elecciones, no ayudan precisamente a consolidar la necesaria confianza que se debe transmitir a los ciudadanos desde una fuerza de la izquierda, por mucho que se justifiquen en razones de interés público.


Secretaría de Comunicación de Izquierda

Articulo de Joan Tafalla en Rebelión. De nuevo sobre qué hacer y cómo hacerlo

De nuevo sobre qué hacer y cómo hacerlo

El problema principal que tiene hoy la humanidad es la persistencia de un régimen de explotación, opresión y alineación como es el capitalismo. La urgencia de la superación de este estadio de su historia es evidente. El capitalismo es nocivo para la preservación de la especie humana. Esta urgencia de la transformación integral de la sociedad encuentra, sin embargo, diversas dificultades.

1ª dificultad: La clase obrera, el proletariado metropolitano, está por constituir ahora y aquí, en nuestro país, en nuestra sociedad.

Así pues, la tarea prioritaria que tenemos por delante, es trabajar por la constitución de un sujeto social que sea autónomo del capitalismo y que se proponga no solo protestar, no solo denunciar, sino que sea capaz, aquí y ahora, de construir una alternativa de sociedad. Es decir, otra forma de vida, otra cultura, otra civilización.
Observaréis, que, contrariamente a una vieja costumbre mía, ya no utilizo el prefijo “re”: reconstruir, reconstituir...No, simplemente digo: constituir.
Parto de la idea de que los sujetos políticos procedentes de la cultura política de la izquierda del siglo veinte son precedentes nuestros y, a menudo, (aunque no siempre) referentes culturales y morales. Sin embargo, su cultura política no sirve para la tarea nueva que nos proponemos.
2ª dificultad. La constitución de un sujeto social que se proponga la superación del capitalismo solo es posible con métodos democráticos. Es decir, con métodos no elitistas, no vanguardistas. Con métodos que se han de basar en la experiencia social de las gentes, en la experiencia colectiva, en la resolución de problemas concretos. La democracia es imprescindible para proceder a esta elaboración colectiva de la experiencia, sin que nadie sustituya el proceso de discusión, de organización y de elaboración de alternativas desde ningún despacho o local extraño a los intereses materiales, morales y culturales del propio sujeto.
3ª dificultad. El camino es largo, da muchos rodeos y siempre es cuesta arriba. Todos los atajos elitistas y vanguardistas conducirán al fracaso o a la repetición incesante del tormento de Sísifo: cuando la piedra esté en lo alto de la montaña, volverá a rodar pendiente abajo.
No me refiero solo a los atajos politicistas procedentes de la vieja cultura delegativa del movimiento obrero del siglo XX. Me refiero a los atajos que se presentan como nuevos e innovadores, cuyo objetivo es resolver lo que denominan “crisis de dirección” y ahora ven, en la desaparición de los viejos sujetos políticos, su ocasión de oro. No, estos atajos procedentes del izquierdismo del siglo XX, quizás son muy atractivos, seguramente para la impaciencia de la juventud, o para la impaciencia de la vejez hiperactiva, pero solo pueden llevarnos, de nuevo, a un pozo sin fondo.
4º dificultad. La representación política mantiene una contradicción permanente con la democracia. La experiencia democrática solo es posible, y aún con muchas dificultades, en espacios pequeños, controlables por la experiencia. La representación política en el estado liberal es un mecanismo de permanente secuestro de la soberanía obrera y popular.
Quizás debamos transigir en algunos aspectos y utilizar las elecciones.
Quizás. Pero si no hay un grado de autonomía suficiente, los mecanismos delegativos acabaran cooptando cualquier expresión política, añadiéndola a la izquierda más o menos sumisa del régimen liberal-representativo, y transformando lo que hoy aparece como radical y revolucionario, en un mecanismo más de integración y cooptación.
En la fase actual solo veo posible hacer un control eficaz de los representantes en el nivel municipal.
5ª dificultad. La democracia se expresa siempre con un problema de tiempo. La democracia es lenta. Someter a la democracia a los calendarios electorales, o bien a los calendarios elaborados por aparatos o “maquinitas” políticas extrañas a la gente, es el primer paso del secuestro de la soberanía del pueblo.
Finalmente, las dos limitaciones (el espacio y el tiempo) que retardan y dificultan la constitución de un sujeto social alternativo, entran en contradicción con el hecho de que la lucha de clases se da en un marco nacional, un marco estatal y un marco internacional determinados. Esta claro que la constitución de este nuevo sujeto social antagonista solo estará culminada cuando este sujeto esté organizado en todos los marcos.
Pero, insisto, si el proceso constituyente de clase se da sin la base firme de la democracia y de la soberanía del sujeto, no creo que se deba siquiera empezar.
La piedra volverá, indefectiblemente, a rodar montaña abajo.
Joan Tafalla
Sabadell 7 de junio de 2009, 2h30 de la madrugada (*) Estas líneas son producto de mi reflexión personal e intransferible sobre la presentación de cuatro listas a la izquierda del PSOE en las elecciones europeas. También incluyo algunas reflexiones en torno a las intervenciones de diversos compañeros en el debate colectivo en la jornada celebrada el 6 de junio en la sede de COBAS (Barcelona) convocada por Espai Marx bajo el título “Democracia y territorio”. Traducción: Carlos Gutiérrez

martes 26 de mayo de 2009

Artículo de Joaquín Miras en Sin Permiso. De nuevo el antihumanismo.Italia como síntoma



De nuevo, el antihumanismo. Italia como síntoma
Joaquín Miras · · · · ·

24/05/09

El pasado domingo, 17 de mayo, se publicó en SinPermiso digital un conmocionante artículo de Marco Revelli. Este prestigioso intelectual nos daba cuenta de la evolución ideológica que se está produciendo en la sociedad italiana, desde larga data, y partía, para hacerlo, del análisis de la campaña electoral en curso. La derecha italiana ha adoptado como principal motivo de agitación política el racismo sin rebozo, que se ha convertido en la base de su discurso político. Elabora una nueva legislación que sanciona el Apartheid y que excluye a los emigrantes extranjeros de la posesión de derechos civiles. Las leyes propuestas se fundamentan en el principio ideológico según el cual los emigrantes no pertenecen a la especie humana. Todo esto viene acompañado por la adopción práctica de medidas draconianas, policiales, contra la emigración, por parte del gobierno, medidas de las que el gobierno se jacta y hace alarde, mientras que invita a las fuerzas policiales a que se comporten con brutalidad. Revelli es pesimista y considera que la actual situación de crisis económica y grave deterioro de las condiciones de vida de los ciudadanos más desfavorecidos de la sociedad italiana, que han perdido, de facto, derechos civiles primarios, establece las condiciones para que este discurso prenda con fuerza, de forma masiva. Indicio para este pronóstico es que, incluso, personalidades relevantes de las fuerzas políticas progresistas asumen en parte ese discurso ideológico, u objetan con dudas y embarazos la actitud de aquellos otros que tratan de enfrentarse resueltamente a él.
Revelli denomina a este nuevo, rampante, discurso político racista “retóricas de lo inhumano”, y nos recuerda que la primera consecuencia de estas retóricas es “deshumanizar en primer lugar a aquellos que las comparten”.
El aviso de Revelli es claro. Nuevamente, en Europa, retorna el antihumanismo. El movimiento ideológico político, antihumanista, que hace de la carencia de principios humanos, de la violencia abierta y de la consideración de que los desheredados, los más pobres, son una raza distinta, inferior, la ideología que durante los años 20 y 30 del siglo XX denominamos nazi fascismo, vuelve a resurgir. Frente a esta avalancha de deshumanización, y como términos para definir las características que debe poseer la alternativa que se le oponga, Revelli acude a viejas palabras, cuya sola evocación expresa por sí misma la gravedad que, en opinión del ensayista, posee la actual situación. Son las viejas palabras con las que se designó toda la dignidad, toda la generosidad, todo el sacrificio de los que se opusieron con coraje –muchos, con sus vidas- a la barbarie anti humanista del siglo XX: “resistencia” , y “frente” moral y cultural. La conclusión política de Revelli se recoge en los dos últimos, breves, párrafos de su artículo.
Hoy como ayer, y tal como lo expresa Revelli, la resistencia frente el antihumanismo no puede proceder de la política en el sentido convencional y anodino, actual, de la palabra. Sino de la defensa de los principios humanos, morales y civiles, y de las culturas materiales solidarias, o, al menos, de los restos que de todos ellos quedan.
Se trata pues, de recuperar, frente al actual antihumanismo, el humanismo. El humanismo es el nombre noble de la tradición intelectual de la que nace la izquierda. El humanismo fue la única, verdadera, alternativa al nazi fascismo, reasumida y reelaborada por la izquierda, desde 1935, para aunar a todos los sectores populares en torno a un proyecto de democracia y libertades reales que protegiera y asegurase la vida humana. Los frentes populares democráticos: los principios civiles de igualdad, de libertad, de vida digna, de democracia y soberanía popular, de humanidad universal. Esas ideas que Charles Chaplin, Charlot resume en el breve discurso, de poco más de 4 minutos, que pronuncia al final de su película, de 1940, El Gran dictador, -el lector podrá encontrarlo fácilmente en Internet-, y que es el resumen de aquel proyecto unitario para la movilización cívica popular.
Pero desde entonces, desde 1947, sucedieron muchas otras cosas. Y entre ellas, la que, ahora, se nos revela como la más grave: el abandono y olvido de los principios culturales humanistas como axiología inspiradora para nuestro hacer, esto es, para la movilización activa, protagonista de la ciudadanía.
Algunos de los lectores, por edad, están en condiciones de recordar cómo, durante los años 60 y 70 del siglo pasado, en la izquierda misma, se abrió paso un discurso antihumanista. El pensamiento de izquierdas, el marxismo, para ser “auténticos” debían ser “antihumanistas”. Se abrió la puerta a las hibridaciones teóricas con el estructuralismo, se prestó oídos al nietzscheanismo, se teorizaron “rupturas epistemológicas” y confusiones entre ciencia y praxeología filosófica. Se favoreció la difusión de extrañas variantes antiilustradas de marxismo, negadoras del sapere aude! universal, que hacían hincapié en la imposibilidad de que los explotados tuviesen la capacidad de poseer razón y sentido común independientes, y de comprender, rectamente y desde su experiencia, su propio estado; la política “acertada” no pasaba, en consecuencia, por posibilitar que ellos, los “enajenados”, protagonizasen la deliberación y la praxis. Todas esas imposturas se legitimaban en nombre de la “ciencia”… Y nuevamente, ha aflorado de forma flagrante el discurso biologista, que niega el carácter universal de la especie humana y de los derechos y libertades, y nuevamente, hemos de volver al humanismo para encontrar una tabla de salvación: para encontrarnos.
En sus últimos párrafos insiste Revelli en explicitar la idea de que ese nuevo “frente “impolítico”” debe ser constituido, no desde la racionalidad estratégica, ni desde la racionalidad instrumental, sino desde la interpelación a la moral, a la defensa de los principios, como fundamento de la movilización; idea que si se interpreta desde un criterio político basado en la inmediatez económica, se puede considerar –así lo escribe Revelli, para dejar clara su opinión— una propuesta “ trasversal”. Se trata de constituir un nuevo sujeto cívico político, una mayoría políticamente activa y comprometida, no desde el interés corporativo o sectorial, sino desde la afirmación de principios humanos y humanistas universales, desde la deliberación común y la elaboración de un nuevo proyecto civil de sociedad y de cultura. Frente al homo oeconomicus capitalista, que no reconoce principios, valores ni derechos, no se puede oponer como alternativa el homo oeconomicus "proletario". Hay que erigir una nueva cultura material y moral basada en principios y derechos universales, y debemos enfrentarnos, en nombre de los mismos, contra quienes los niegan.
Desde luego, y a mi juicio, todo esto exige la movilización y el protagonismo directos de los más. El fin del secuestro de la política a manos de los profesionales de la misma. La sustitución de las actuales maquinarias electorales existentes por organizaciones políticas que permitan el acceso directo a la experiencia política de la ciudadanía.
Las propuestas políticas sostenidas en el artículo comentado llaman mucho más la atención, al provenir de Revelli. Marco Revelli procede de la tradición política autonomista –operaista- italiana, enfrentada con el proyecto político cultural, enraizado en la experiencia cultural de la Resistencia, del Partido Comunista Italiano. El humanismo era, hasta la inflexión de los años 70, la cultura del viejo PCI: el blocco popolare, nazionale, il popolo, la nuova democrazia, la difessa della libertà. Recuerdo la sorpresa y la suficiencia displicente –también el desconcierto— que me causó, hace más de 30 años, ver el Tratado de la tolerancia de Voltaire, prologado por Palmiro Togliatti con fecha de 1949, y leer en él su defensa de la “vuelta al racionalismo”, como forma de apropiarnos de los frutos de “una gran batalla cultural y filosófica”.
El autonomismo, por el contrario, fue un movimiento político de carácter obrerista, surgido durante los años 60 en la Italia de la industrialización acelerada y del desarrollismo capitalista. El movimiento se insertaba en los sectores de nuevos obreros jóvenes, muchos de ellos recién inmigrados del campo, y partía de la experiencia de la lucha en la fábrica fordista y de la asamblea de fábrica. Desde estas bases combatió decididamente la cultura política –la política cultural- del PCI, heredera de la Resistenza.
Adquiere por lo tanto, una particular resonancia la interpelación de Revelli, la cual deja patente, además y de nuevo, la probidad, ya conocida, del autor.
Si conseguimos salirnos con bien de ésta que se avecina –si salimos, que no es improbable, pero está por verse y lucharse—, nosotros, las gentes de la izquierda, habremos de hacer todo lo posible para que, jamás en adelante, la izquierda vuelva a abandonar la defensa del humanismo. Esto es, de la única tradición válida, aquella de la que nosotros procedemos y que justifica nuestra existencia. Y que, como volvemos a comprobar de nuevo, además, es el único arrimo de salvación.
Joaquín Miras es miembro del Comité de Redacción de SINPERMISO.

miércoles 6 de mayo de 2009

Los republicanos de izquierdas en la candidatura de la coalición Izquierda Unida- La Izquierda para las próximas elecciones europeas

CANDIDATURA DE LA COALICIÓN ELECTORAL "LA IZQUIERDA"
AL PARLAMENTO EUROPEO (07 de junio de 2009)

1. MEYER PLEITE, WILLY ENRIQUE
2. ROMEVA RUEDA, RAUL
3. PULGAR GARCIA, MARTA
4. LOPEZ BARCELO, ESTHER
5. LOZANO MONTOYA, NURIA
6. BILBAO CUEVAS, MARIA CONCEPCION
7. RODERO CARRETERO, JOAQUIN
8. GARCIA ALVAREZ, MARIA CARIDAD
9. MARCOS LORENZO, SANTIAGO
10. ORDAS REY, MARIA DEL CARMEN
11. ABRIL HERVAS, DAVID
12. VALERO DE LA CRUZ, OLVIDO
13. MARSET CAMPOS, PEDRO
14. PIÑEIRO PRADA, LEDICIA
15. SANZ REMON, ALVARO
16. BENITEZ MEDINA, ELENA
17. ESCOBAR MUÑOZ, PEDRO
18. TREJO SANCHEZ, MARIA DEL PINO
19. ESPINA DIAZ, JORGE
20. GARCIA FAURE, ARIAN
21. IGLESIAS SANTIAGO, ENRIQUE
22. NOVALES ESTALLO, MARIA PILAR
23. MERINO SANABRIA, JUAN LUIS
24. DIEZ SANCHEZ, EVA
25. RODRIGUEZ CORTES, PABLO RAMON
26. SENTIS MATE, MARIA ARGAÑO
27. NUÑEZ MONTEGORDO, JOSE ANTONIO
28. SANCHEZ MELERO, TANIA
29. QUIRCE GARRIDO, ANTONIO
30. FERRE LUPARIA, MARGARITA
31. FERNANDEZ FERNANDEZ, PABLO
32. PEÑAS MARTIN, ADORACION
33. URTASUN DOMENECH, ERNEST
34. GOMEZ MORANTE, ESTHER
35. SIXTO IGLESIAS, RICARDO
36. PEREZ COTARELO, MARIA DE LA ASUNCIÓN
37. GONZALEZ PRIETO, FELIX
38. ESCUTIA ACEDO, MONTSERRAT
39. PAREDES DIEGUEZ, JOAQUIN ANTONIO
40. SANZ ALONSO, ROSARIO MARGARITA
41. CLAVERIA PEREZ, MIGUEL ANGEL
42. MARTIN FRANCISCO, MARIA CRISTO
43. GRACIA SANTOS, MIGUEL ANGEL
44. QUIÑONERO MARTINEZ, MARIA JESUS
45. DE SEBASTIAN CARRERO, JOSE MIGUEL
46. JOSE LAGUNAS, LAURA PILAR
47. BARBARA MOLINA, ANTONIO
48. ALVAREZ GARCIA, GABRIELA
49. LUQUE PORRINO, RAMON
50. GORDO PRADEL, GREGORIO

jueves 30 de abril de 2009

La Comisión de Trabajo e Inmigración del Congreso aprueba la constitución de la Subcomisión de Estudio sobre la implantación de una Renta Básica


El pasado martes, 28 de abril de 2009, la Comisión de Trabajo e Inmigración del Congreso de los Diputados aprobó, a propuesta del Grupo parlamentario ERC-IU-ICV, la constitución de una Subcomisión de Estudio sobre la implantación de una Renta Básica de Ciudadanía. Como todavía no está publicada en el Diario de Sesiones, podéis ver el debate, en diferido, en el siguiente enlace

http://www.congreso.es/portal/page/portal/Congreso/Congreso/CongresoTV/ConDir?_piref73_2004041_73_1339038_1339038.next_page=/wc/listadoEmisiones&diaElegido=1

Dicha propuesta se aprobó por el Pleno del Congreso en el año 2005, tras las conversaciones mantenidas por el Observatorio de Renta Básica de Attac-Madrid y la Asociación Renta Ciudadana de León con el diputado de Esquerra Joan Tardà (ver foto), pero hasta la fecha no había podido llevarse a efecto. La actual correlación de fuerzas parlamentaria, en la que el PSOE vuelve a necesitar el apoyo de las izquierdas, ha llevado a la "descongelación" de la propuesta y a que se aprobara, con el asentimiento de todos los grupos, la constitución de la Subcomisión de Estudio.

En cualquier caso, nos alegramos de la noticia y esperamos que las conclusiones de dicha Subcomisión ayuden a romper los prejuicios que todavía existen sobre la Renta Básica y que se evidencian en las burdas opiniones vertidas en el editorial, copia de otro de 20005, con el que el diario Expansión "saluda" la aprobación de la constitución de la Subcomisión http://www.expansion.com/2009/04/27/opinion/1240862367.html

Seguidamente, reproducimos la réplica, por supuesto no publicada por los "tolerantes" neoliberales de dicho periódico, de nuestro compañero del Observatorio de Renta Básica de Attac-Madrid, José Antonio Pérez a ese editorial:

"Se nota que estamos en tiempo de crisis y el “low cost” está de moda hasta en los editoriales. Así, este periódico ha vuelto a calcar, hasta en el título, su propio editorial publicado el 15 de junio de 2005 para mostrar su hostilidad un tanto primaria y visceral a la propuesta de la Renta Básica de Ciudadanía. Una propuesta que cuyo coste ha sido estimado por sus detractores en el 12% del PIB. Ese cálculo es apresurado y exagerado, pero aun así, es inferior al dinero que, de la noche a la mañana, las arcas del Estado español dedicaron en un par de meses a salvar a la banca nacional de la debacle financiera en la que habían incurrido por sus propios errores. Se puede, lógicamente, estar de acuerdo o no con una determinada medida, pero no zaherirla con una ignorancia que se vuelve contra el editorialista. La propuesta ha sido defendida por destacados científicos y economistasas, muchos de ellos galardonados con el Nobel. Entre ellos, Norbert Wiener ‘padre’ de la Cibernética, o J. Robert Oppenheimer, director del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de Princeton, o Bertrand Russell.En la década de 1960, Milton Friedman, James Tobin, Paul Samuelson, John Kenneth Galbraith y otros notables economistas, publicaron informes técnicos en torno al denominado “impuesto negativo sobre la renta”, propuesta cercana al Guaranted Income de Robert Theobald.Pero es que hasta el mismísimo Nobel de Economía Friedrich A. Hayek, en “Camino de servidumbre”, obra de obligada referencia para más acérrimos neoliberales, no se opone a que una sociedad que ha alcanzado un elevado nivel de riqueza garantice, a través del Estado, la seguridad contra una privación material grave, ofreciendo la certidumbre de un determinado sustento mínimo para todos. Garantizando asimismo que cada cual pueda complementar este nivel mínimo de acuerdo a sus méritos. Les recomiendo busquen y verifiquen en el texto original este Hayek este pasaje concreto:“Igual que la espuria “libertad económica”, y con más justicia, la seguridad económica se presenta a menudo como una indispensable condición de la libertad efectiva. Eso es, en un sentido, tan cierto como importante. [...] Será bueno contraponer desde un principio las dos clases de seguridad: la limitada, que pueden alcanzar todos y que, por consiguiente, no es un privilegio sino un legítimo objeto de deseo, y la seguridad absoluta, que en una sociedad libre no pueden lograr todos, y que no debe concederse como un privilegio —excepto en unos cuantos casos especiales, como el de la judicatura, donde una independencia completa es de extraordinaria importancia—. Estas dos clases de seguridad son: la primera, la seguridad contra una privación material grave, la certidumbre de un determinado sustento mínimo para todos, y la segunda, la seguridad de un determinado nivel de vida o de la posición que una persona o grupo disfruta en comparación con otros. O, dicho brevemente, la seguridad de un ingreso mínimo y la seguridad de aquel ingreso concreto que se supone merecido por una persona. [...] No hay motivo para que una sociedad que ha alcanzado un nivel general de riqueza como el de la nuestra, no pueda garantizar a todos esa primera clase de seguridad sin poner en peligro la libertad general.”La hipótesis de que nadie trabajaría con una renta mínima es bastante tosca. E insostenible en una sociedad educada para el consumo. Un ingreso mínimo serviría para dar seguridad de que pueden comer a aquellos que hoy no la tienen. Pero sería difícil poder comprar y mantener un automóvil, por ejemplo. Y no parece que haya mucha gente decidida a renunciar a él en aras de una austeridad franciscana.Sorprende que a editorialistas tan avezados en el mundo de los negocios no se les ocurriera en su día plantear otra hipótesis cuya probabilidad era mucho más alta. La de que unos bancos estadounidenses decidieran ofrecer a millones de trabajadores que sólo ganan 10.000 euros al año una hipoteca, sin ninguna señal y sin tener que pagar nada durante los dos primeros años, para que se compre una casa de 525.000 euros. Para, acto seguido, empaquetar, de cien en cien, esas hipotecas en bonos para vendérselos a bancos y fondos de pensiones de todo el mundo. Todo ello, con el visto bueno —o complicidad— de respetables agentes hipotecarios y agencias de calificación que, como Moody's o Standard & Poors, otorgaron a ese tipo de operaciones la calificación más alta. En este caso, los editorialistas habrían acertado de pleno, pudiendo predecir la debacle financiera desencadenada en 2007 por las hipotecas subprime, que condujo a la peor crisis económica global sufrida en el mundo desde la Gran Depresión de 1929."

Observatorio de Renta Básica de Attac-Madrid

RENTA BÁSICA DE CIUDADANÍA VS. PROTECCIÓN SOCIAL CONDICIONADA

OBSERVATORIO RENTA BÁSICA DE ATTAC-MADRID

El ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, ha propuesto recientemente un pacto entre las administraciones, central, autonómicas y locales, con el fin de garantizar un ingreso mínimo de subsistencia a las personas en paro a las que se les agote la prestación por desempleo y carezcan de cualquier tipo de rentas, mediante la instauración de “una renta de protección social temporal relacionada con la formación y el empleo”.
Asimismo, Izquierda Unida de la Comunidad de Madrid también pretende plantear una renta de protección social ligada a la formación laboral, por un plazo de seis meses y por importe del salario mínimo profesional, a aquellas personas sin empleo y sin ingresos, bien porque se les haya agotado la prestación o porque no hayan generado el derecho a percibir la misma,
Estas bienintencionadas, pero insuficientes, propuestas no son más que la repetición de subsidios condicionados en su versión de políticas activas de empleo o workfare, que se caracterizan porque la persona que está participando en un programa de este tipo, en virtud de un principio de reciprocidad, está obligada a asumir un compromiso que puede ser de actividad o de formación, como contrapartida a la asignación que recibe.
Como su aplicación práctica en nuestro país y en otros de nuestro entorno ha puesto de manifiesto, estas rentas sociales condicionadas carecen de eficacia real para posibilitar la superación de la situación de desempleo o exclusión de sus destinatarios.
Por el contrario generan situaciones discriminatorias, ya que los empleos que se ofrecen a sus beneficiarios son de baja remuneración o por corto tiempo y, generalmente, pertenecen al sector público, por lo que ayudan a crear una discriminatoria “segunda división” dentro del mercado de trabajo.
Por otra parte, parten de un concepto parcial de “trabajo” al subordinarse exclusivamente al desempeño de un trabajo remunerado, no a la realización de otras formas de trabajo socialmente útiles como el trabajo voluntario, el doméstico o los cuidados a otros.
En cuanto a la solución de la exclusión social se han demostrado ineficaces ante el previsible incremento en el futuro inmediato de los factores que conducen a la desigualdad social, como la alta tasa de desempleo y el consiguiente empobrecimiento y a que son programas con una cobertura parcial, que no llegan a la totalidad de la población en situación de necesidad.
Asimismo, estigmatizan a sus perceptores, que suelen ser parados de larga duración, que llevan bastante tiempo fuera del mercado laboral y que, generalmente, van a ser descartados por los empleadores si concurren por un puesto de trabajo con desocupados más recientes
Como todos los subsidios condicionados contemplan prestaciones monetarias que no son acumulables con rentas salariales por lo que no estimulan la aceptación de posibles ofertas de trabajo de baja remuneración, a tiempo parcial o de corta duración, porque se perdería el ingreso “fijo” que supone el subsidio y, paralelamente, fomentan la economía sumergida y el fraude fiscal a pequeña escala al favorecer que para no perder la prestación monetaria se trabaje de forma “alegal”.
Frente a estos programas de ayudas condicionadas, la instauración de una renta básica universal como derecho de ciudadanía, además del ahorro en los costes administrativos que aquellos implican, evitaría las trampas del paro y la pobreza, al ser compatible con la percepción de cualquier renta, suponiendo, incluso, un incentivo para desarrollar determinados tipos de trabajos y cierto reparto del empleo, ya que facilitaría a muchas personas el trabajo a tiempo parcial,
La Renta Básica conllevaría, en última instancia, que no se tenga que recluir a nadie en empleos artificiales o de escasa calidad, como hacen las medidas workfaristas, y que el hecho que alguien no acepte un trabajo de esas características no le prive de su derecho a percibir una renta suficiente para vivir dignamente.
En cuanto a la exclusión social, la Renta Básica, por su carácter de derecho ciudadano universal, equiparable al sufragio, no tiene el menor déficit de cobertura al abarcar al conjunto de la ciudadanía, garantizando su derecho a la existencia, especialmente a los sectores más vulnerables.
Y no son de recibo las alegaciones de la inviabilidad de una Renta Básica por los altos costes de su financiación. Numerosos estudios y simulaciones demuestran como puede financiarse una Renta Básica. Obviamente, como tal medida económica que es, su instauración implica tomar una determinada opción política y social, precisamente la contraria a la que se ha adoptado en la presente crisis económica y financiera cuando se han inyectado más de 150.000 millones de euros a los bancos, lo que supone más de un 15 % del PIB.
En todo caso, la instauración de una renta básica implicaría una necesaria efectividad de la imposición sobre todo tipo de rentas, poniendo fin tanto al discriminatorio tratamiento de las rentas de carácter salarial, como a las excesivas permisividades ante el fraude fiscal, que nos distancian de converger con la correspondiente media europea.
Por último, ante a las posibles objeciones a la Renta Básica basadas en la reciprocidad, en la que tanto insisten los partidarios de los programas de workfare o ayudas condicionadas al trabajo y en la que se basan para imponer a los desempleados la aceptación de cualquier empleo con la amenaza de perder los subsidios, creemos que no es aceptable que a los más desfavorecidos se les impongan controles y condiciones que no se les imponen a los más afortunados.
Y lo que nunca puede tener sentido es condicionar ese derecho fundamental a una vida digna a que se consiga “tener empleo”, cuando según la última EPA, entre más de 45 millones de personas, no llega ni a 16 millones la cifra de quienes logran ser asalariadas hoy, ni pasa de 19 millones el total de las que pudieron ser "ocupadas" en cualquier modo por el mercado laboral "aunque fuera una hora sólo durante la semana
El derecho a un mínimo de subsistencia debe ser un derecho incondicional, no sujeto a ninguna reciprocidad, la perspectiva contraria, en palabras de Philippe Van Parijs “no es muy atractiva para nadie que crea que el igualitarismo puede y debe ir de la mano con la emancipación, y no con el liberticidio de los pobres.”

Madrid, 30 de abril de 2009.

Observatorio de Renta Básica de Attac-Madrid

 
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