
MAURIZIO VIROLI
“De la política a la razón de Estado”
La adquisición y transformación del lenguaje político (1250-1600)
Ediciones Akal 2009
Para aquellos que creen necesaria una nueva visión política que dé nueva vida y sirva de fundamento a la izquierda encauzándola por otros caminos distintos a los del discurso liberal dominante, ese libro es clarificador.
Maurizio Viroli, politólogo e historiador de reconocido prestigio internacional, es uno de los pensadores de la teoría política histórica del republicanismo en la línea que atienden grandes teóricos ya clásicos, como Hans Baron, Gordon Wood, John Pocock, Q.Skinner, J.Dunn, Petit, y Viroli mismo.
Viroli realiza aquí una ingente tarea de precisión conceptual para buscar el origen y las diferencias entre las características del republicanismo clásico y los regímenes liberal-democráticos. Esta búsqueda se centra particularmente en uno de los momentos más acentuados del republicanismo histórico: el contexto de las ciudades-estado libres de Italia al inicio del renacimiento. Dentro de este contexto el momento en que la política deja de ser el compromiso por la respublica para ser entendida como razón de Estado o del paso de la política como actividad de la razón pública de todos y para todos a la política como razón de Estado (stato), es decir de razón de alguien o de algunos. De cómo esta razón de Estado que no era considerada como una genuina actividad política pasó a significar la verdadera política hasta nuestros días. De la política concebida republicanamente como autogobierno de los ciudadanos que ocupan los cargos públicos por turnos, a la política como ejercicio de algunos deviniendo instancia de poder ajena a los ciudadanos con su propia razón especializada.
Viroli, por cierto, ya nos había revelado y subrayado fuentes de un patriotismo republicano cuyo contenido cívico clásico está tan lejos de los nacionalismos excluyentes como de oportunistas patriotismos constitucionales. Ahora nos ilustra con una profunda reflexión que lejos de ser una erudición académica tiene consecuencias de igual alcance para la actualidad de la izquierda y las aportaciones republicanas a su redefinición.
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Otras obras de Viroli editadas en España:
.-Dialogo en torno a la Republica.- M. Viroli y N. Bobio. Tusquets Ediciones. Barcelona 2002.
.-La sonrisa de Maquiavelo. Tusquets Ediciones. Barcelona 2002.
.-Republicanisme.(edición en catalán). Angle Editorial. Barcelona 2006
.-El sentido olvidado del patriotismo republicano. Isegoria nº 24. 2001.
.-Por amor a la patria. Acento Ediciones 1997,
jueves, 19 de noviembre de 2009
en 19:37
Etiquetas: Republicanismo
viernes, 21 de agosto de 2009
"Un homenaje republicano a la memoria de Tom Paine". Artículo de Gerardo Pisarello en Sin Permiso

Un homenaje republicano a la memoria de Tom Paine
Gerardo Pisarello · · · · ·
“Con sorprendente precocidad para su tiempo, Paine defendió derechos que tardarían siglos en consolidarse y que todavía hoy son reiteradamente vulnerados: la libertad de expresión, de conciencia y de culto; las garantías procesales y penales justas; el derecho de asociación y participación política; los derechos sociales; los derechos de colectivos en situación de vulnerabilidad como las mujeres, los pueblos indios o la población afroamericana; el derecho a la autodeterminación de los pueblos; el derecho a la paz e incluso el derecho de los animales a no recibir tratos crueles innecesarios.”
El pasado mes de junio se cumplió el bicentenario de la muerte del activista inglés Thomas Paine. Agudo polemista, inventor frustrado e infatigable impulsor del republicanismo democrático e internacionalista en el contexto de las grandes revoluciones del siglo XVIII, su figura ha concitado pasiones encontradas. Celebrado por asociaciones populares y organizaciones de trabajadores, ha sido denostado y minimizado por conservadores de toda laya. Este año, la prestigiosa editorial británica de izquierdas, Verso, ha reeditado dos de sus escritos más célebres: Sentido Común (Common Sense) y Derechos del Hombre (Rights of Man), posiblemente el primer alegato moderno a favor de la consagración de derechos humanos civiles, políticos y sociales universales. Al mismo tiempo, un comentarista de Oxford no ha dudado en sostener, al reseñar una reciente biografía escrita por John Keane, que era “amargo y egoísta”, y que “el mundo moderno sería un sitio mejor” si Paine “hubiera permanecido tranquilo en su casa de Thetford”. Hasta Barack Obama ha contribuido a extender la ambigua leyenda que rodea su figura, al citar palabras suyas en su discurso inaugural, pero sin mencionarlo de manera explícita.
A pesar de su deliberada marginación de la historia oficial, la adhesión y el encono suscitados por Paine no son nuevos. A lo largo de los dos últimos siglos, ha sido rescatado, una y otra vez, por librepensadores, socialistas, comunistas y demócratas radicales, en diferentes épocas y lugares. Ha inspirado a escritores como Walt Withman, Herman Melville o Mark Twain, a líderes populares como Thomas Jefferson o el uruguayo José Gervasio Artigas, a activistas como la anarquista Emma Goldman o el preso negro Mumia Abu Jamal, a historiadores como Edward P. Thompson o Eric Hobsbawm, e incluso a cineastas como R. Attenborough o a músicos como Dick Gaughan, quien llegó a dedicarle una balada. Para el pensamiento reaccionario y para no pocos voceros de las clases dominantes, Paine ha sido en cambio la encarnación de todo aquello que detestan y temen. Por eso han intentado presentarlo como un “borracho”, un “arribista”, un “alborotador” o, en palabras del presidente Theodore Roosevelt, inspirador de la “política del garrote” en América Latina en la primera década del siglo XX, un “inmundo ateo”. Claro que no todos han sido igual de toscos. Ronald Reagan, por ejemplo, invocó a Paine en un discurso y, consciente de su prestigio como revolucionario, lo utilizó para justificar su propia “revolución conservadora”.
¿Pero quién es este personaje, que ni siquiera fue un pensador sistemático o un dirigente de primera línea, pero cuya voz sigue resonando en las generaciones actuales? ¿Cómo explicar este recurrente retorno de Paine por encima del olvido y la tergiversación deliberados? Para responder a estos interrogantes, quizás haya que comenzar por mencionar los modestos orígenes del activista inglés. Su padre era un viejo cuáquero, fabricante de corsés, y él mismo realizó varias incursiones frustradas en pequeños negocios para acabar con un puesto de oficial de aduanas. Su formación política no tuvo lugar en altos círculos intelectuales, sino que se forjó a través de lecturas privadas, de una corta experiencia como maestro de escuela y de la asistencia a clubes de debate. Sus orígenes cuáqueros y su propia experiencia vital contribuyeron a que arraigara en Paine un talante racionalista con fuertes implicaciones igualitarias y una espontánea simpatía por la gente de abajo. Uno de los primeros artículos que se le conocen, precisamente, se dirigía a denunciar el aumento del coste de la vida y su impacto en los sectores de menos recursos. “Los ricos, cómodos y prósperos –dejó escrito- pueden pensar que he pintado un escenario inverosímil, pero si descendieran a las regiones de la necesidad, al círculo polar de la pobreza, se encontrarían con que sus opiniones cambian con el clima”.
De haber permanecido en su pueblo natal, es muy probable que Paine, como ha apuntado Hobsbawm, sólo hubiese sido recordado en una alguna extraña tesis doctoral. Una mezcla de causas y azares quiso en cambio que conociera a Benjamin Franklin, cuyos experimentos con la electricidad despertaron su interés y a quien impresionó por la agudeza de sus comentarios. Franklin lo entusiasmó para que emigrara a Norteamérica. A resultas de ello, Paine desembarcó en Filadelfia en 1774, con treinta y siete años. Allí, gracias a las recomendaciones de Franklin, llegó a ser editor de la Pennsylvania Magazine. Desde sus páginas, defendió con audacia una serie de posiciones totalmente minoritarias en aquella época: la condena de la esclavitud, el rechazo de la política británica en la India, la defensa de los derechos de la mujer o la crítica de prácticas aceptadas como el duelo o la crueldad con los animales. A medida que la situación social y política de las colonias fue derivando hacia un creciente enfrentamiento con Inglaterra, el nombre de Paine fue ganando protagonismo. Frente a una mayoría de posiciones críticas pero no rupturistas, como la del propio G. Washington, Paine publicó en 1776 Sentido Común, una encendida y eficaz defensa del derecho a la rebelión y a la independencia. Inmediatamente, el ensayo se convirtió en un impresionante éxito de difusión (precisamente, las palabras citadas por Obama en su discurso inaugural provienen de este escrito).
Tras su fulgurante participación en la lucha contra el imperio británico, Paine pasó de ser un pobre artesano inglés a convertirse en un intelectual ampliamente reconocido. Trabó amistad con Thomas Jefferson, por ejemplo, lo que le permitió contribuir a la redacción de la Declaración de la Independencia de 1776. Paine era un decidido partidario de incorporar una cláusula contra la esclavitud, pero la propuesta fue retirada tras las objeciones de algunos Estados traficantes de esclavos. También participó en la redacción de la Constitución de Pennsylvania del mismo año, considerada uno de los textos más avanzados de la época desde un punto de vista democrático. Cuando la revolución, sin embargo, comenzó a adoptar un giro conservador a resultas de la presión de las nuevas oligarquías agrarias, industriales y financieras que gestionaron la posguerra, Paine comenzó a distanciarse de la arena pública y a refugiarse en algunos de sus proyectos personales favoritos: el diseño de un puente de hierro de un solo arco y la experimentación con un tipo de velas que no echaban humo.
Con el objeto de promocionar sus inventos y la propia revolución, viajó a Inglaterra y Francia. Pero su destino estaba lejos de la ciencia o la diplomacia. A los disparos de Lexington sucedieron los estruendos de la Bastilla, que lo impresionaron vivamente. En respuesta, precisamente, a las diatribas de E. Burke contra la “violencia plebeya” de la revolución francesa y contra los supuestos racionalistas y universalistas que inspiraban los hechos de París, Paine escribió Derechos del Hombre. Allí, valiéndose de su estilo claro y punzante, embestía contra la monarquía y contra los fundamentos aristocráticos del sistema político británico, al tiempo que defendía la superioridad del constitucionalismo republicano y democrático. Pero abogaba, además, por un programa de derechos sociales que asegurara a todos disfrutar de las condiciones materiales para el ejercicio de las libertades públicas. El nuevo escrito tuvo un fuerte impacto en diferentes organizaciones republicanas democráticas inglesas, que lo tomaron como bandera. Al igual que con Sentido Común, Paine les cedió los derechos de autor. La reacción gubernamental, sin embargo, no se hizo esperar: una proclamación real lo declaró culpable del delito de sedición.
Cuando la Inglaterra monárquica se abalanzó sobre Paine, éste encontró cobijo en la Francia revolucionaria. Su desconocimiento del francés y los contactos hechos desde América contribuyeron a que se vinculara con el círculo de los moderados girondinos. Junto a Condorcet, fundó una sociedad republicana, ya en 1791. “En razón de mi ansia de honor y dignidad para la especie humana –escribió a Sieyès- del disgusto que profeso al ver a hombres maduros dirigidos como niños; en atención al horror que me inspiran todos los males que la monarquía ha sembrado sobre la tierra: la miseria, las exacciones, las guerras, las masacres con las que ha aplastado a la humanidad; a todo ese infierno, en fin, de la monarquía, yo le he declarado la guerra”. Su relación con el ala jacobina fue controvertida. A pesar de su abierto compromiso con la profundización de la república democrática, receló de una supuesta “razón de estado revolucionaria” construida sobre la justificación de las “manos sucias” y del uso oportunista de la legalidad. Su percepción de que los límites ético-políticos del proceso revolucionario se relajaban le llevó a escribir a G. Danton, en 1793: “He perdido la esperanza de ver cumplido el gran proyecto de la libertad europea. La causa de mi desesperación no reside en la coalición de potencias extranjeras, ni en las intrigas de aristócratas y sacerdotes, sino más bien en el descuido con el que se han llevado los asuntos de la revolución”. Estas diferencias se consolidarían con el juicio a Luis XVI. Contra la opinión de prestigiosos dirigentes republicanos, Paine se opuso a la ejecución del rey y propuso en su lugar que se lo encarcelara para luego desterrarlo a Estados Unidos. Esta posición lo acabaría de enfrentar con los jacobinos, que lo confinaron en la prisión de Luxemburgo, donde permanecería durante casi un año. Al igual que importante figuras como M. Robespierre o J.P. Marat, Paine era un enérgico adversario de la pena de muerte y de la crueldad del sistema penal. Pero pensaba que una actitud así debía informar con igual escrúpulo la actuación revolucionaria. “Una avidez por castigar –razonaría- es siempre peligrosa para la libertad. Ello conduce a los hombres a violentar, malinterpretar y abusar incluso de la mejor de las leyes. Aquel que asegura su propia libertad, debe proteger incluso a su enemigo de la opresión, porque si viola ese deber, establece un precedente que a él mismo llegará”.
A pesar de su encarcelamiento, Paine no renunció a sus convicciones revolucionarias. Con la caída de Robespierre y la reacción termidoriana, fue liberado y readmitido en la Convención. En uno de sus primeros discursos, denunció de modo inapelable el proyecto de Constitución redactado por Danou y Boissy d’Anglas, en el que, entre otras cuestiones, se preveía el voto censitario. “Un país gobernado por los propietarios –dijo en aquella ocasión, ratificando sus convicciones igualitarias- corresponde al orden social; aquel donde gobiernan los no propietarios, al estado natural”. En la línea del republicanismo avanzado de su tiempo, Paine advirtió pronto la tensión existente entre la generalización del acceso a la propiedad y una concepción excluyente de la misma que sólo podía engendrar lujos inadmisibles, violencia y corrupción. “El que utiliza su propiedad económica –escribió- o abusa de la influencia que ésta le confiere para desposeer o robar a otros su propiedad, usa su propiedad pecuniaria como el que emplea armas de fuego, y merece que se la quiten”. Su ideal, en este punto, no era el de un igualitarista radical. Más bien se acercaba al de Rousseau y otros republicanos democráticos: una sociedad sin opulencia ni miseria, libre de desigualdades extremas e integrada por pequeños propietarios independientes, capaces de vivir sin el permiso de otros.
Para concretar estos objetivos, y recuperando las banderas enarboladas por los partidarios de Robespierre, Paine publicó en 1797 un breve panfleto titulado Justicia Agraria (Agrarian Justice). En él retomaba el programa social defendido en Derechos del hombre y le añadía la creación de un fondo nacional que permitiera pagar un ingreso incondicional a toda persona que hubiera cumplido los veintiún años, así como un ingreso extra, anual y permanente, a todas las personas a partir de los cincuenta años. Este ingreso, un temprano antecedente de la actual propuesta de una renta básica de ciudadanía, se justificaba, según Paine, como una compensación a la posibilidad de apropiación privada de un bien común como era la tierra. Y si en Derechos del hombre se defendía la financiación de los derechos sociales a través de un impuesto progresivo a la renta, en Justicia Agraria se proponía sufragar el derecho a un ingreso incondicional a través de un impuesto a la herencia “que permitiera sustraer de la propiedad una parte igual al valor de la herencia natural que ha sido absorbida”.
Rodeado de enemigos entre los partidarios de la monarquía y entre las clases propietarias en general, Paine había abierto otro frente de batalla al publicar, también hacia 1795, La edad de la razón (The Age of Reason) un ácido alegato contra el fundamentalismo religioso y las iglesias institucionalizadas. Desde premisas anticlericales aunque no antirreligiosas, Paine intentaba refutar en palabras sencillas la difundida idea de que la Biblia fuese la palabra de Dios. Asimismo, denunciaba en duros términos la frecuente connivencia entre poder temporal y religioso. “Todas las instituciones nacionales de las iglesias –sostenía- no me parecen otra cosa que invenciones humanas establecidas para aterrorizar y esclavizar a la humanidad y para monopolizar el poder y el dinero […] Yo no creo en el credo profesado por la Iglesia Judía, por la Iglesia Romana, por la Iglesia Turca, por la Iglesia Protestante, ni por ninguna Iglesia que conozca. Mi mente es mi propia Iglesia”. A pesar de los múltiples ataques y de las acusaciones de ateísmo que le granjearon este tipo de afirmaciones, Paine fue un deísta convencido. Su crítica no provenía del sarcasmo penetrante e individualista que el pensamiento burgués había utilizado para socavar el andamiaje de irracionalidad sobre el que se sostenía el antiguo régimen. Más bien obedecía a un sentido igualitario y fraterno de la religiosidad, libre, eso sí, de supersticiones, y compatible con los avances de la razón y de la ciencia en general. Su actitud no era, en otras palabras, la de un Voltaire, de cuyo espíritu aristocrático por otro lado carecía. Por el contrario, sus ataques nacían de una concepción profundamente humanista y horizontal de la religión, que con las debidas distancias, recuerda en más de un punto a Spinoza.
La extinción de las viejas energías revolucionarias, en cualquier caso, fue erosionando la esperanza inicial de Paine de una expansión de la causa republicano democrática en Europa. Animado por la elección de su amigo Jefferson, emprendió su regreso a Estados Unidos en 1802. Poco tiempo le llevó constatar el sello oligárquico que el desarrollo capitalista había imprimido a la vida política del país a cuya independencia tanto había contribuido. Su obra, vinculada sobre todo a su posición sobre temas religiosos, constituía ahora el caballo de batalla de los sectores federalistas, convertidos en partido político, en sus ataques contra Jefferson. La fama y la gloria de antaño cedieron entonces al progresivo aislamiento político y al empobrecimiento económico. A pesar de ello, Paine no cejó en utilizar el periodismo como trinchera contra los embates conservadores. En 1803, escribió una serie de artículos en los que atacaba a los federalistas y los acusaba de haber favorecido un peligroso proceso de concentración de poder en manos del ejecutivo. Para apuntalar sus argumentos, no dudaba en calificar al último gobierno de Washington y al de J. Adams como auténticos “reinos del terror”.
Su irreverente crítica de los “padres fundadores” acabó por acentuar su marginación social y política. Relegado, hostigado y censurado en los tres países por cuya libertad había luchado, Paine murió una mañana de junio de 1809. Hasta el último momento de su agonía, un grupo de clérigos lo persiguió e intentó sin éxito arrancarle una frase de arrepentimiento o de conversión religiosa. Contra su última voluntad, le fue negado el entierro en campo cuáquero. A su funeral, que transcurrió en su granja de New Rochelle, sólo asistieron, significativamente, una asistenta con su hijo y una dispersa procesión de irlandeses y de afroamericanos que mostraban así su reconocimiento por quien tanto había defendido sus derechos.
El desafortunado final de Paine, en todo caso, no impediría que su vida y sus ideas continuaran recogiendo encendidas adhesiones y enconada oposición en las generaciones subsiguientes. Aunque no fue un pensador erudito ni un gran líder, fue uno de los más geniales cultivadores del panfleto activista y uno de los más grandes periodistas políticos de la historia. Su sarcasmo y su estilo directo e ingenioso fueron dardos hirientes para sus adversarios y fuente de entusiasmo entre su vasto espectro de lectores. La sencillez de sus orígenes y su temperamento cuáquero, su concepción igualitaria de los hombres, el hecho de formar parte de aquéllos para los que escribía, le permitieron llegar allí donde otros pensadores, acaso más finos y originales, no pudieron hacerlo. Con sorprendente precocidad para su tiempo, Paine defendió derechos que tardarían siglos en consolidarse y que todavía hoy son reiteradamente vulnerados: la libertad de expresión, de conciencia y de culto; las garantías procesales y penales justas; el derecho de asociación y participación política; los derechos sociales; los derechos de colectivos en situación de vulnerabilidad como las mujeres, los pueblos indios o la población afroamericana; el derecho a la autodeterminación de los pueblos; el derecho a la paz e incluso el derecho de los animales a no recibir tratos crueles innecesarios.
Su permanente condición de desclasado, de outsider forzado a cargar con su condición de extranjero allí donde le tocó actuar, lo convirtió además en uno de los primeros teóricos y activistas del cosmopolitismo moderno. En su obsesión por completar lo que llamaba “el círculo de la civilización”, impulsó la libertad republicana en los rincones más distantes del planeta. Censuró enérgicamente el colonialismo en Asia, África y América. Abogó a favor de que Inglaterra, “por su felicidad doméstica” y “por la paz en el mundo”, no poseyera “ni un pie cuadrado de tierra fuera de su propia isla”. Apoyó a los revolucionarios irlandeses y protegió a Francisco Miranda, ideólogo de la independencia en América del Sur. En el proyecto de Constitución que redactó junto a Condorcet, incluyó una cláusula que concedía la ciudadanía francesa a todo hombre que hubiera residido un año en la república.
No fue, desde luego, un pacifista en sentido estricto. Frente a las tiranías de distinto signo, justificó la resistencia armada, y él mismo se alistó en el ejército norteamericano para hacer frente a las tropas reales inglesas. Sin embargo, tuvo perfecta consciencia de que las guerras entre naciones sólo se realizaban en beneficio de las distintas Cortes y sus aliados, y sólo podían propagarse, como le recordó al ministro inglés Shelburne, a expensas de “los campesinos, los pequeños comerciantes y los pobres necesitados de Inglaterra”. Su defensa de un horizonte cosmopolita y de una confederación de repúblicas similar a la propuesta por Kant venía, en todo caso, informada por un agudo sentido del realismo: “Si los hombres se permitieran pensar –dejó escrito en Derechos del Hombre- como deben hacerlo los seres racionales, nada podría parecerles más ridículo y absurdo […] que el estar derrochando para construir navíos, llenarlos de hombres y arrastrarlos por el océano con el fin de comprobar cuál de ellos puede hundir al otro más rápidamente. La paz, que no cuesta nada, puede sostenerse con muchas más ventajas que las que reporta cualquier victoria con todos sus gastos. Pero esto, aunque responde al mejor interés de las naciones, no lo hace al de los gobiernos cortesanos, cuya política habitual es maniobrar para conseguir impuestos, cargos y destinos”.
Tom Paine fue un demócrata radical, y por eso, un revolucionario. Hizo suyas, sin hesitar, las indignadas reacciones de quienes, in extremis, recurrían al derecho de resistencia frente a gobiernos despóticos, a los que en último término reputaba responsables de la irrupción de la violencia social. Nada de ello lo llevó a descuidar la relación entre medios y fines. Por el contrario, siempre entendió que el derecho a la revolución no incluía el derecho a prolongar la crueldad ejercida por sus predecesores. Esa convicción de que la lucha por la propia causa no podía convertirse en represalia de facción, le llevó a cuestionar lo que entendió como una deriva represiva de la revolución francesa. Las frustraciones, empero, nunca le hicieron traicionar la causa a la que entregó su vida. Cuando Franklin dijo “donde está la libertad, allí está mi país”, y Paine le respondió “donde no hay libertad, allí está el mío”, distaba mucho de haber improvisado una respuesta ingeniosa. Con una coherencia inquebrantable, este inquieto vástago de un humilde comerciante, que fue sucesivamente corsetero, maestro, empleado subalterno, tabaquero, periodista e inventor, acabaría conquistando, a la vuelta de los siglos, un lugar emblemático en la historia de los forjadores de los derechos humanos. En esa travesía, renunció a aquellos privilegios que lo hubieran alejado de los sectores en cuyo nombre pretendía hablar. Sus éxitos editoriales le podrían haber procurado una vida sin sobresaltos, que le permitiera desarrollar su afición a la física y la mecánica. Sin embargo, fiel a la austeridad republicana que predicó con tanto ardor, lo donó todo a las gestas que la tea de la revolución encendía en distintos recodos del mundo.
A doscientos años de su muerte, muchas de las injusticias y privilegios que rebelaron a Paine persisten, y otros nuevos, posiblemente más feroces, han hecho su entrada en la historia. Tal vez sea ese espectro de recaída en la barbarie, precisamente, lo que hace que su voz siga interpelándonos tanto tiempo después. En ocasión de una reunión celebrada en Londres para celebrar el aniversario de la revolución inglesa de 1688, Paine propuso un memorable brindis “a la salud de la revolución mundial”, convirtiéndose así en una de las voces pioneras del internacionalismo solidario. En un momento en que la crisis económica, social y ecológica que sacude al planeta vuelve a ese internacionalismo más necesario que nunca, rendir un homenaje republicano a la memoria de Tom Paine es acaso una manera de mantener vivo su legado para las generaciones actuales, salvándolo del olvido o de la burda deformación.
Gerardo Pisarello es profesor de Derecho Constitucional de la Universidad de Barcelona y miembro del Consejo de Redacción de SinPermiso.
Artículo publicado en www.sinpermiso.info
en 18:16
Etiquetas: Republicanismo
viernes, 26 de junio de 2009
Articulo de Michael Hudson en Sin Permiso. La economia política de la tradición republicana ilustrada y sus enemigos neoliberales


La economía política de la tradición republicana ilustrada y sus enemigos neoliberales
Michael Hudson · · · · ·
01/03/09
"El actual choque de civilizaciones no se da realmente con Oriente, sino con nuestro propio pasado, con la Ilustración y con la evolución de la misma que desembocó en la economía política clásica y en la Era Progresista de las reformas sociales tendentes a emancipar a la sociedad de trabas y estorbos procedentes del feudalismo europeo. A lo que estamos asistiendo es a propaganda concebida para engañar, para distraer la atención de la realidad económica, a fin de promover el tipo de propiedad y de intereses financieros, de cuya predadora férula, precisamente, quisieron los economistas clásicos librar al mundo. Lo que se pretende es nada menos que destruir el edificio intelectual y moral que la civilización occidental tardó ocho siglos en levantar, desde las discusiones escolásticas del siglo XII sobre el precio justo hasta la teoría económica clásica del valor de los siglos XIX y XX."
"Las acciones de los bancos comenzaron a caer el viernes por la mañana, luego de que el senador Dodd, el demócrata por Connecticut y presidente de la comisión de asuntos bancarios del Senado, se manifestara preocupado en una entrevista concedida a Bloomberg Television tpor la posibilidad de que el gobierno pudiera terminar nacionalizando algunas instituciones de préstamo "aunque sea por un corto período de tiempo". Otros prominentes políticos –entre ellos, Alan Greenspan, el antiguo presidente de la Reserva Federal, y el senador Lindsey Graham, de Carolina del Sur— se han hecho recientemente eco de este punto de vista." .- Eric Dash, "Growing Worry on Rescue Takes a Toll on Banks," The New York Times, 20 febrero 2009.
¿Cómo es que Alan Greenspan, el lobista de Wall Street en favor del libre mercado, se pronunció hace unos días a favor de la nacionalización de los bancos norteamericanos, y precisamente, de los mayores y más poderosos? ¿Acaso, de la noche a la mañana, se ha vuelto un rojo el antiguo discípulo de Ayn Rand? Ciertamente, no.
Lo que pasa es que la retórica de los "mercados libres", de la "nacionalización" y aun del "socialismo" –como en "socializar las pérdidas"— ha trocado en un lenguaje engañoso al servicio de un sector financiero afanado en movilizar el poder estatal a favor de sus propios y particulares privilegios. Tras haber socavado las bases del conjunto de la economía, los think tanks dedicados a relaciones públicas lo que buscan ahora es desbaratar al mismísimo lenguaje.
¿Qué significa exactamente "un mercado libre"? ¿Es lo que propugnaban los economistas clásicos: un mercado libre de poder monopólico, libre de fraude empresarial, libre de comercio político con información privilegiada y libre de privilegios particulares concedidos a los intereses creados; un mercado protegido por la institucionalización de la regulación pública desde la Ley Antitrust de Sherman en 1890, hasta la Ley Glass-Steagall y otras leyes del New Deal? ¿O es un mercado libre para que los predadores exploten a sus víctimas, sin regulación pública ni policías económicos: el tipo de mercado barra-libre que la Reserva Federal y la SEC (Security and Exchange Commission, la comisión supervisora del mercado de valores) han venido creando en los últimos diez años? Hoy resulta increíble que se aceptara galanamente la idea neoliberal de la "libertad de mercado", en el sentido de neutralización de la vigilancia pública, al estilo de Alan Greenspan, y que se tolerara que Angelo Mozilo en Countrywide, Hank Greenberg en AIG, Bernie Madoff, Citibank, Bear Stearns y Lehman Brothers saquearan sin estorbo o sanción ningunos, sumiendo a la economía en la crisis para luego servirse del dinero del rescate del Tesoro a fin de pagar las más elevadas remuneraciones y las más copiosas bonificaciones de la historia de los EEUU.
Conceptos que son la antítesis del de "mercado libre" se han convertido en lo contrario de lo que significaron históricamente. Tomemos la actual discusión sobre la nacionalización de los bancos. Durante más de un siglo, "nacionalización" significó la toma pública de control de los monopolios o de otros sectores para gestionarlos conforme al interés público, no para ponerlos a merced de intereses particulares. Pero cuando los neoliberales usan ahora la palabra "nacionalización", lo que quieren decir es un rescate, un obsequio del gobierno a los intereses financieros.
El doble pensamiento y el doble lenguaje en relación con la "nacionalización" o la "socialización" de los bancos y de otros sectores es un travestido del debate político y económico habido entre el siglo XVII y mediados del XX. La gramática intelectual básica de la sociedad, el léxico para discutir asuntos políticos y económicos, es vuelto del revés con el propósito de evitar el debate sobre las soluciones políticas propuestas por los economistas y filósofos políticos clásicos que hicieron "occidental" a la civilización occidental.
El actual choque de civilizaciones no se da realmente con Oriente, sino con nuestro propio pasado, con la Ilustración y con la evolución de la misma que desembocó en la economía política clásica y en la Era Progresista de las reformas sociales tendentes a emancipar a la sociedad de trabas y estorbos procedentes del feudalismo europeo. A lo que estamos asistiendo es a propaganda concebida para engañar, para distraer la atención de la realidad económica, a fin de promover el tipo de propiedad y de intereses financieros, de cuya predadora férula, precisamente, quisieron los economistas clásicos librar al mundo. Lo que se pretende es nada menos que destruir el edificio intelectual y moral que la civilización occidental tardó ocho siglos en levantar, desde las discusiones escolásticas del siglo XII sobre el precio justo hasta la teoría económica clásica del valor de los siglos XIX y XX.
Cualquier idea de "socialismo desde arriba", en el sentido de "socialización del riesgo", no es sino tradicional oligarquía, estatismo cleptocrático desde arriba. La nacionalización genuina se da cuando los gobiernos actúan en interés público para tomar el control de la propiedad privada. El programa decimonónico de nacionalización de la tierra (el primer punto programático del Manifiesto comunista) no tenía absolutamente nada que ver con la toma de control estatal de las propiedades raíces y el pago de sus gravámenes e hipotecas a costa del erario público para devolverlas luego a los terratenientes, libres ya de tasas y servidumbres. Lo que se proponía, al revés, era incorporar las tierras y sus ingresos rentistas al dominio público, para luego darlas en arriendo conforme a un abanico de cuotas de usuario que iba del coste real de mantenimiento hasta una tasa subsidiada, y aun gratis, como en el caso de calles y carreteras.
Nacionalizar los bancos en este último sentido no significaría sino que el gobierno mismo subvendría a las necesidades de crédito. El Tesoro se convertiría en la fuente del dinero nuevo, substituyendo al crédito de la banca comercial. Presumiblemente, ese crédito se concedería conforme a criterios de productividad económica y social, y no simplemente para hinchar precios de activos lastrando con deuda a hogares y empresas, como ha venido ocurriendo con las políticas de préstamo de los bancos comerciales de nuestros días.
Cómo falsean la historia política de Occidente los neoliberales
El hecho de que los neoliberales de nuestros días se proclamen descendientes intelectuales de Adam Smith hace necesaria la tarea de restaurar una perspectiva histórica más adecuada. Pues su concepto de "mercados libres" es la antítesis del de Smith. Es el opuesto del de los economistas clásicos, de la línea que, pasando por John Stuart Mill y Karl Marx, llega a las reformas sociales de la Era Progresista, que buscaron la creación de mercados libres y emancipados de las exigencias extractivas rentistas de unos intereses especiales, cuyo poder institucional se remontaba a la Europa medieval y a la época de conquistas militares.
Los escritores económicos entre los siglo XVI y XX reconocieron que los mercados libres precisaban de supervisión pública para prevenir la formación monopólica de precios y otros costosos lastres impuestos por el privilegio. En cambio, los ideólogos neoliberales de nuestros días son peritos en relaciones públicas que abogan a favor de intereses creados presentando al "mercado libre" como un mercado "libre" de regulación pública., "libre" de protección anti-trust, y aun "libre" de protección anti-fraude (como revela la negativa de la SEC a proceder contra Madoff, Enron, Citibank, etc.). El ideal neoliberal de los mercados libres es, pues, básicamente, el del ladró en el malversador bancario, que suspira por un mundo sin policía en el que pueda gozar de la libertad suficiente como para chupar sin estorbos el dinero ajeno.
Los Chicago Boys descubrieron en Chile que los mercados libres para finanzas predatorias y privatizaciones privilegiadas no podían imponerse sino a punta de pistola. Esos apologistas del libre mercado en Chile cerraron todos los departamentos académicos de ciencia económica, todas las universidades de ciencias sociales, salvo la Universidad Católica en la que los Chicago Boys tenían vara alta. Con la Operación Cóndor se detuvo, exilió o asesinó a decenas de miles de académicos, intelectuales, dirigentes sindicales y artistas. Sólo merced a un control totalitario del curriculum académico y de los medios de comunicación públicos, respaldado por una policía secreta y un ejército de todo punto activos lograron imponerse los "mercados libres" de impronta neoliberal. La privatización a punta de pistola resultante fue un ejercicio de lo que Marx llamó en su día "acumulación primitiva": confiscación del dominio público por parte de unas elites políticas respaldadas por la fuerza de las armas. Es el estilo de libre mercado de Guillermo el Conquistador o de Yeltsin el Cleptócrata: parcelada la propiedad, se procede a su distribución entre los compinches del caudillo político o militar.
Justo todo lo contrario del tipo de mercados libres que Adam Smith tenía en mente cuando alertó de que los empresarios raramente se juntan, si no es para conspirar y buscar vías de encarrilar los mercados conforme a su propia ventaja. Un problema, éste, que no inquietaba lo más mínimo al señor Greenspan o a los editorialistas New York Times y del Washington Post. No existe el menor parentesco los ideales neoliberales de éstos y los ideales de los filósofos políticos de la Ilustración. La promoción de unos mercados "libres" para que los poseedores de información privilegiada se repartan entre sí el dominio público monta tanto como bajar un Telón de Acero intelectual sobre la historia del pensamiento económico.
Los economistas clásicos y los progresistas norteamericanos tenían en sus miras programáticas mercados libres en sentido de emancipados de rentas e intereses económicos: libres, pues, de los costes cargados por el rentista y del lastre económico de la tramposa formación monopólica de precios; libres de renta agraria y del interés pagado a banqueros y otros institutos financieros; y libres de unos impuestos que no sirven sino para sostener a una oligarquía. Los gobiernos tenían que fundar sus sistemas fiscales gravando la "barra libre" de la renta económica, comenzando por la dimanante de los emplazamientos favorables suministrados por la naturaleza y a los que la inversión pública en transportes y otras infraestructuras, y no los esfuerzos de los terratenientes, da valor de mercado.
Así pues, la discusión entre reformistas de la era progresista, socialistas, anarquistas e individualistas se centró en el debate sobre la mejor estrategia política para liberar a los mercados de la deuda y de la renta. Diferían entre sí respecto de los mejores medios políticos para conseguirlo, y señaladamente, sobre el papel que debía desempeñar el Estado. Había amplio acuerdo respecto de que el Estado estaba controlado por un complejo de intereses creados heredados de las conquistas militares de la Europa feudal y del mundo colonizado por la fuerza militar europea. La cuestión política, al romper el siglo XX, era si una reforma democrática pacífica podía vencer las resistencias políticas y aun militares presentadas por un Antiguo Régimen que no dudaba en servirse de la violencia para defender sus "derechos". Las revoluciones políticas que siguieron partían de la Ilustración, de la filosofía del derecho de hombres como John Locke, de economistas como Adam Smith, John Stuart Mill y Marx. El poder tenía que usarse para liberar a los mercados de la propiedad predatoria y de los sistemas financieros heredados del feudalismo. Había que liberar a los mercados del privilegio y de las barras libres, de modo que el pueblo pudiera conseguir ingresos y riqueza sólo conforme al trabajo realizado y al espíritu emprendedor desarrollado. Tal fue la esencia de la teoría del valor-trabajo y de su complemento, el concepto de renta económica como excedente del precio de mercado sobre el coste-valor socialmente necesario.
Aunque ahora sabemos que mercados y precios, renta e interés, formalidades contractuales y casi todos los elementos de la empresa económica se originaron en las "economías mixtas" de Mesopotamia en el cuarto milenio antes de nuestra Era y continuaron a través de todas las economías mixtas público/privadas de la antigüedad clásica, la discusión llegó a polarizarse políticamente a tal punto, que hace un siglo la idea de una economía mixta con pesos y contrapesos apenas recibió atención hace un siglo.
Los individualistas creían que todo retroceso de los Estados centrales haría retroceder a su vez el mecanismo de control con el que los intereses creados extraían riqueza sin trabajo o esfuerzo empresarial. Los socialistas veían que se necesitaba un Estado fuerte para proteger a la sociedad contra las tentativas de la propiedad y de las finanzas de servirse de sus ganancias para monopolizar el poder económico y político. Los dos extremos del espectro político apuntaban al mismo objetivo, a saber: reducir los precios a los costes reales de producción. El objetivo común era maximizar la eficiencia económica para traspasar los frutos de las Revoluciones Industrial y Agraria al conjunto de la población. Para lograrlo, era necesario bloquear el propósito de una clase entrometida –la rentista—, empeñada en apoderarse del dominio público y resuelta a controlar la distribución de recursos. Los socialistas no creían que tal cosa fuera posible sin tomar en sus propias manos el poder político y jurídico del Estado. Los marxistas creían necesaria una revolución para devolver al dominio público la renta dimanante de la propiedad y para posibilitar que los gobiernos pudieran crear su propio crédito, en vez de tomar prestado a interés de la banca comercial y de los acaudalados emisores de bonos y obligaciones. El objetivo no era crear una burocracia, sino emancipar a la sociedad del persistente poder de la posesión absentista, característico de la propiedad transmitida y de los intereses financieros.
Toda esta historia de pensamiento económico ha sido tan concienzudamente erradicada de los programas académicos actuales, como de la discusión popular. Poca gente recuerda el gran debate entablado al romper el siglo XX: ¿avanzaría el mundo de un modo bastante rápido desde las reformas de la Era Progresista hasta el socialismo propiamente dicho (propiedad pública de la infraestructura económica básica, de los monopolios naturales –incluido el sistema bancario—, de la misma tierra y, para los marxistas, también del capital industrial)? ¿O podrían los reformistas liberales de izquierda de la época –individualistas, partidarios de los impuestos sobre la tierra, economistas clásicos en la tradición de Mill e institucionalistas estadounidenses como Simon Patten– mantener la estructura básica del capitalismo y de la propiedad privada? En este último caso, todos reconocían que tendría que ser en el contexto de la regulación de mercados y de la introducción de una fiscalidad progresiva sobre la riqueza y los ingresos. Era la alternativa a la propiedad directa por el "Estado". La actual idea extremista del "libre mercado" es una caricatura degradad de esa posición.
Todos veían al gobierno como "cerebro" de la sociedad, como a su órgano de planificación avanzada. Dada la complejidad de la tecnología moderna, la humanidad modelaría su propia evolución. La evolución no se daría por la vía de la "acumulación primitiva", sino que podría ser deliberadamente planificada. Los individualistas replicaba diciendo que ningún planificador humano era suficientemente imaginativo como para lidiar con la complejidad de los mercados, pero aceptaban la necesidad de eliminar toda forma de ingreso no ganado: la renta económica y el aumento de precios de la tierra que Mill llamaba "incremento no ganado." Eso implicaba una regulación pública capaz de configurar los mercados. Un "mercado libre" era una creación política activa, y precisaba de vigilancia regulatoria.
En tanto que abogados públicos de los intereses creados y del privilegio rentista particular, los los actuales defensores "neoliberales" de los mercados "libres" buscan maximizar la renta económica, la barra libre de precios que exceden del valor de coste, no liberar a los mercados del lastre rentista. Una genealogía tan confundente sólo podía lograrse mediante la supresión directa del conocimiento de lo que escribieron realmente Locke, Smith y Mill. Los intentos de regular "libres mercados" y de limitar la fijación de precios y los privilegios de los monopolios son equiparados a "socialismo," incluso a burocracia al estilo soviético. El objetivo es evitar el análisis de lo que es realmente un "libre mercado": un mercado libre de costes innecesarios, un mercado libre, esto es, de rentas monopólicas, de rentas de propiedad y de cargas financieras por un crédito que los gobiernos podrían crear libremente.
La reforma política tendente a acoplar los precios de mercado al valor de coste socialmente necesario fue el gran tema económico del siglo XIX. La teoría que fundaba en el trabajo el valor de coste intrínseco es la contrapartida de la teoría de la renta económica: la renta de la tierra, la amañada formación monopolística de precios, los intereses y otros rendimientos dimanantes de privilegios especiales que incrementaban los precios del mercado sólo por exigencias propiedad institucional. La discusión se remonta a los eclesiásticos medievales que definieron el justo precio. La doctrina fue originalmente aplicada a los honorarios apropiados que podían cobrar los banqueros, y más tarde fue ampliada a la renta de las tierras, y luego a los monopolios creados por los Estados y vendidos a acreedores con el propósito de librarse de deudas.
Los reformistas y los socialistas, más radicales, trataron por igual de liberar al capitalismo de sus desigualdades más patentes, sobre todo de su legado de conquista militar de la Edad Oscura de Europa, cuando señores de la guerra invasores se apoderaban de tierras e imponían una clase absentista de terratenientes que recibía unos ingresos rentistas que eran, a su vez, utilizados para financiar guerras libradas con el objetivo de adquirir más tierras. Al final, se derrumbaron las esperanzas de que el capitalismo industrial pudiera reformarse siguiendo líneas progresistas y depurarse del legado del feudalismo. La Primera Guerra Mundial se precipitó como un cometa sobre la economía mundial, desplazándola hacia a una nueva trayectoria e imprimiendo una imprevista dirección hacia un capitalismo financiero.
Imprevista en gran parte porque el grueso de los reformadores invirtieron tanto esfuerzo en la propugnación de políticas progresistas, que descuidaron lo que Thorstein Veblen llamó los intereses creados. La verdadera contrailustración representada por esos intereses está creando un mundo que hace un siglo habría parecido una distopía, algo tan pesimista, que ningún futurólogo se habría avilantado a imaginar, a saber: un mundo dirigido por unos banqueros que, tan venales como corruptos, toman bajo su protección como clientes primordiales a los monopolios, a los especuladores inmobiliarios y a fondos de cobertura cuyas rentas económicas, apuestas financieras y e inflación de precios de activos se han convertido en la economía actual de rentistas en un flujo de interés. En vez del incremento de formación de capital del capitalismo industrial, lo que vemos es evaporación de capital por parte del capitalismo financiero; en vez del prometido mundo de ocio, a lo que se nos aboca es a un mundo de servidumbre por deudas
La democracia travestida por el capitalismo financiero
El sector financiero ha redefinido la democracia con sus exigencias de que la Reserva Federal sea "independiente" de los representantes democráticamente elegidos, a fin de actuar como el lobista de la banca en Washington. Esto exime al sector financiero del proceso político democrático, a pesar de que la planificación económica actual está ahora centralizada en el sistema bancario. El resultado es un régimen de manejos entre poseedores de información privilegiada y la oligarquía, el gobierno de la minoría rica.
La falacia económica de trasfondo es que el crédito bancario es un genuino factor de producción, una especie de fuente fisiocrática de fertilidad sin la cual no podría haber crecimiento. La realidad es que el derecho monopolístico de crear crédito bancario generador de intereses no es sino una transferencia gratuita de la sociedad a una elite privilegiada. La moraleja es que cuando, vemos un "factor de producción" que no tiene un coste real de producción en términos de trabajo, de lo que se trata es, simplemente, de un privilegio institucional.
Y esto nos lleva al más reciente debate sobre la "nacionalización" o "socialización" de los bancos. El Programa de Apoyo a Activos con Problemas (TARP, por sus siglas en inglés) ha sido utilizado hasta ahora para unos fines que, en mi opinión, deben ser considerados como verdaderamente antisociales, y de ningún modo "socialistas".
A fines del año pasado, 20.000 millones de dólares fueron usados para pagar bonificaciones y remuneraciones a malversadores financieros, a despecho de la caída de sus bancos en quiebra técnica. Y para proteger sus intereses, esos bancos siguieron sufragando honorarios a lobbies encargados de persuadir a los legisladores para que les den mayores privilegios especiales, todavía.
Aunque Citibank y otras grandes instituciones amenazaron con provocar la caída del sistema financiero porque eran "demasiado grandes para caer", más de 100.000 millones de fondos del TARP fueron utilizados para aumentar aún más su tamaño. Bancos ya tambaleantes compraron filiales que habían crecido haciendo préstamos irresponsables y aun directamente fraudulentos. Bank of America compró el Countrywide Financial de Angelo Mozilo y Merrill Lynch, mientras JP Morgan Chase compró Bear Stearns, y otros grandes bancos compraron WaMu y Wachovia.
La política actual pasa por "rescatar" a esos gigantescos conglomerados bancarios capacitándoles para que se "ganen" su camino para salir de la deuda por la vía de vender todavía más deuda a la economía ya sobreendeudada de los EE.UU. La esperanza está puesta en rehinchar los precios de los bienes raíces y de otros activos. ¿Pero queremos realmente permitir que los bancos "devuelvan el dinero a los contribuyentes" librándose a prácticas financieras aún más depredadoras del conjunto de la economía? Esto amenaza con maximizar el margen del precio de mercado por encima de los costes directos de producción, levantando cargas financieras aún mayores. Es exactamente la política contraria a la pretensión de ajustar los precios de vivienda e infraestructura al nivel de los costes tecnológicamente necesarios. Lo que no es, desde luego, es una política para hacer de los EE.UU. una economía más competitiva globalmente.
El plan del Tesoro para "socializar" bancos, compañías de seguros y otras instituciones financieras pasa, simplemente, por intervenir y sacar de los libros los préstamos malos, cargando las pérdidas al sector público. Es la antítesis de la verdadera nacionalización o "socialización" del sistema financiero. Los bancos y las compañías de seguros superaron rápidamente el primer pavor espontáneo a un rescate público conforme a criterios erradicadores de su mala gestión y de los accionistas y los tenedores de obligaciones que respaldaron esa mala gestión. El Tesoro ha asegurado a esos malos administradores que el "socialismo" es para ellos un regalo gratuito. La primacía de las finanzas sobre el resto de la economía será reafirmada, manteniendo en sus puestos a los gestores y dando a los accionistas oportunidad de recuperarse ganando más a costa del conjunto de la economía gracias a un favoritismo fiscal todavía mayor. (Esto significa una fiscalidad todavía más grávida sobre los consumidores, con el correspondiente aumento del coste de la vida para ellos.)
La mayor parte de la riqueza bajo el capitalismo –como bajo el feudalismo– ha venido siempre primordialmente del dominio público, comenzando por la tierra e inveterados servicios públicos. Esa verdad se ha visto recientemente coronada por el poder del Tesoro público para crear deuda. En efecto, el Tesoro crea un nuevo activo (11 billones de dólares de nuevos bonos y garantías del Tesoro, por ejemplo, los 5,2 billones de dólares para Fannie y Freddie). Los intereses sobre esos bonos serán pagados mediante nuevos impuestos al trabajo, no a la propiedad. Eso es lo que se supone que rehinhará los precios de la vivienda, de las acciones y de las obligaciones: el dinero liberado de los impuestos a la propiedad y a las corporaciones estará disponible para ser capitalizado en nuevos préstamos adicionales.
De modo, pues, que la renta pagada hasta ahora en concepto de impuestos comerciales seguirá siendo pagada –en forma de intereses—, mientras que los antiguos impuestos seguirán siendo recaudados, pero sólo entre los trabajadores. La carga fiscal, pues, se verá duplicada. No es un programa para hacer más competitiva la economía, o para subir el nivel de vida del grueso de la población. Es un programa destinado a polarizar todavía más la economía estadounidense entre las finanzas, las aseguradores y los bienes raíces (FIRE, por acrónimo en inglés), en la cúspide, y el mundo del trabajo, en la base.
Las denuncias neoliberales de la regulación pública y de la tributación como cosas equivalentes a "socialismo" son, en realidad, un ataque contra la economía política clásica –la tradición republicana originaria, cuyo ideal era liberar a la sociedad del legado parasitario del feudalismo. Una política del Tesoro genuinamente socializante pasaría por obligar a los bancos a prestar para fines productivos que contribuyan al crecimiento económico real, no meramente para incrementar el gasto e hinchar lo bastante los precios de los activos como para poder extraer cargos de intereses. La política fiscal se propondría minimizar, más que maximizar, los precios de la propiedad de la vivienda de la actividad empresarial, fundando el sistema fiscal en el gravamen de la renta que ahora, en cambio, es remunerada con interés. Desplazar la carga tributaria de los salarios y los beneficios a la renta y los intereses fue el núcleo de la economía política clásica en los siglos XVIII y XIX, de la Era Progresista y de los movimientos de reforma socialdemócrata en EEUU y Europa antes de la II Guerra Mundial. Pero esa doctrina y su programa de reforma han sido enterrados por la cortina de humo retórica organizada por unos lobistas financieros empeñados en enturbiar las aguas ideológicas lo suficiente como para acallar cualquier oposición popular a la actual usurpación del poder por parte del capital financiero y el capital monopolista. Su alternativa a la verdadera nacionalización y a la verdadera socialización de las finanzas es la servidumbre por deudas, la oligarquía y el neofeudalismo. A ese programa han dado en llamarlo "mercados libres".
Michael Hudson es ex economista de Wall Street especializado en balanza de pagos y bienes inmobiliarios en el Chase Manhattan Bank (ahora JPMorgan Chase & Co.), Arthur Anderson y después en el Hudson Institute. En 1990 colaboró en el establecimiento del primer fondo soberano de deuda del mundo para Scudder Stevens & Clark. El Dr. Hudson fue asesor económico en jefe de Dennis Kucinich en la reciente campaña primaria presidencial demócrata y ha asesorado a los gobiernos de los EEUU, Canadá, México y Letonia, así como al Instituto de Naciones Unidas para la Formación y la Investigación. Distinguido profesor investigador en la Universidad de Missouri de la ciudad de Kansas, es autor de numerosos libros, entre ellos Super Imperialism: The Economic Strategy of American Empire.
Traducción para http://www.sinpermiso.info/: Ricardo Timón
en 19:22
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martes, 14 de abril de 2009
MANIFIESTO DE IZQUIERDA REPUBLICANA ANTE EL 14 DE ABRIL
Sostenemos que esta celebración debe servir para recuperar el viento emancipador contenido en los valores de libertad, igualdad y fraternidad que confluyeron de manera ejemplar en aquella época histórica a la que rendimos homenaje. Es ese viento, el de la República, el viento del poder del pueblo y es el empuje que necesita nuestro país para una verdadera renovación democrática. Para ello hay que desechar cualquier apelación a la nostalgia o a una falsa "pureza republicana" que sólo conduce a la automarginación política. Creemos que República fue, entonces, el alma común de todas las fuerzas progresistas y renovadoras. Estamos convencidos de que también hoy Republica debe ser igualmente el punto de encuentro en el que converjan los movimientos de izquierda transformadores y de progreso de nuestro país.
En una situación como la de hoy, de desprecio por lo público con el fin de permitir el arbitrario juego de las fuerzas del mercado y el provecho de los más fuertes, la República reivindica lo público, la res-pública, lo que es de todos, un patrimonio común que prevalece sobre los beneficios y el lucro privado. La justicia se encuentra en la República, no en el mercado.
Ante la situación actual de degradación de las instituciones democráticas mediante una delegación y dejación del protagonismo de los ciudadanos limitando su responsabilidad al mero ejercicio del derecho de sufragio, sin deliberación, participación y control constante, la República, por el contrario, propone un radicalismo democrático inspirador de nuevas instituciones y mecanismos para que la ley sea la voz de todos y el gobierno realmente el del pueblo y no solo para el pueblo. Hay que atreverse a más democracia.
Se hace patente un desafecto de los ciudadanos por la política motivado por su reducción a la alternancia de los mismos, bajo el chantaje repetido incesantemente de un presunto voto útil, y la exclusión de los planteamientos críticos y transformadores. Se constata el comportamiento de los gobiernos, altivos y míseros con las demandas de los humildes y humildes en concesiones a los poderosos. La República, por el contrario, propone una construcción ilusionante de una sociedad más justa y atenta a los más desvalidos, que recupere para la actividad política su dignidad moral de compromiso por lo que es de todos, vinculada a la ética, a la virtud publica y a la honradez, en la que se deje oír la voz crítica de propuestas que abran otras alternativas y caminos. La voz de los más pobres y de los más numerosos, la voz de la auténtica democracia.
Continúa una estructura social y económica injusta donde se agravan progresivamente la desigualdad y las situaciones de carencia, aumentando por otro lado la acumulación de riqueza de los más opulentos. La República afirma que la libertad es ilusoria si no se dan las condiciones materiales suficientes, porque en condiciones de desigualdad material siempre los mas afortunados se hacen los más fuertes social y políticamente, y los no privilegiados son los que nunca deciden. La Republica significa no permitir ninguna dominación arbitraria, ni en la política, ni en la empresa, ni en la casa, ni en las conciencias.
Frente a la decadencia del pensamiento político, el Foro de los Republicanos de Izquierdas os planteamos el proyecto de una izquierda desinhibida, ajena al monopolio ideológico del liberalismo capitalista, apelando a la razón y la imaginación políticas, a la grandeza liberadora de nuestras raíces socialistas y republicanas.
Contra el empobrecimiento cultural impuesto por el dominio del pensamiento único, y la información única, resultado de la degradación de la cultura y la educación a la condición de mercancía, la República reafirma el valor central de la educación y la cultura como una luz para el progreso y para la convivencia ciudadana.
En el momento actual, los integrismos de algunas religiones y sectas niegan el gobierno de las personas por ellas mismas y pretenden someterles a señores, humanos o divinos, o a sus autoproclamados portavoces. La República reclama el autogobierno laico de los ciudadanos. Rechaza todo sometimiento que no venga de lo dispuesto por nosotros mismos, no de señores, ni de patrones, ni de iglesias ni de empresas.
En el actual mundo globalizado se acentúa el poder de intereses corporativos desmesurados sometiendo a cualquier comunidad a las fuerzas arbitrarias del capital y llevando a poblaciones enteras a un genocidio, permanente de hambre, emigración y guerras fomentadas. La República propone la globalización de la fraternidad y la apertura de una ciudadanía diversa en la acogida hospitalaria de otros ciudadanos que a ella se incorporen.
República es el lenguaje y el mensaje que se eleva hoy como lo fue aquel 14 de abril de 1931 y como siempre ha sido: la esperanza histórica del pueblo y el atrevimiento de la democracia. Por ello, el Foro de los Republicanos de Izquierdas os invita a todos a participar en un movimiento abierto a la deliberación de quienes creemos en la República y en el republicanismo como lenguaje común de los demócratas y la izquierda.
Salud y República. [arriba]
en 14:11
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jueves, 12 de marzo de 2009
"Democracia burguesa": nota sobre la génesis del oximoron y la necedad del regalo (Artículo de Antoni Domenech en Viento Sur)
en 10:58
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viernes, 6 de marzo de 2009
Crónica de la Segunda Jornada por la Refundación Republicana de la Izquierda
POR LA REFUNDACIÓN REPUBLICANA DE LA IZQUIERDA
El Foro de los Republicanos de Izquierdas y el Ateneo Republicano de Getafe organizaron el pasado 28 de febrero la Segunda Jornada por la Refundación Republicana de la Izquierda, que se celebró en la Casa Regional de Extremadura de Getafe. A la cita acudieron profesores universitarios, activistas sociales y representantes de partidos de izquierdas, entre los que estaban el coordinador del Foro de los Republicanos de Izquierdas, José Miguel Sebastián, el presidente de Ciudadanos por la Republica de Cuenca Miguel Ángel Doménech, el profesor de la Universidad Complutense y miembro de la secretaría de Economía y Empleo de Izquierda Unida, Armando Fernández Steinko, el secretario general de Izquierda Republicana Joaquín Rodero, el representante de Izquierda Anticapitalista Raúl Camargo y el periodista y escritor, especializado en desobediencia civil y renta básica de ciudadanía, José Antonio Pérez, miembro de Attac.
Los dos ejes fundamentales del encuentro, que abrieron el presidente de la Casa de Extremadura, Pedro Aparicio, y José Luis Cerdeira, presidente del Ateneo Republicano de Getafe fueron “Democracia, capitalismo y república” y “La refundación del sujeto del sujeto político de la izquierda alternativa”.
“El objetivo es fomentar que haya una respuesta desde la izquierda a la crisis que yo creo que en estos momentos está brillando por su ausencia”, señaló Doménech que abogó por la promoción de un movimiento “que rompa con las sinergias actuales, un movimiento social construido desde la base que reivindique la democracia republicana, que es incompatible con el capitalismo y que se fundamente en la recuperación del republicanismo democrático, el laicismo y el socialismo”.
Según explicó el coordinador del Foro, José Miguel Sebastián, se trata de oponer el socialismo como alternativa al capitalismo, pero “un socialismo laico y republicano, alejado de cualquier visión dogmática o doctrinal y continuador de la idea de libertad del republicanismo democrático fraternal esto es, aquella según la cual libertad es independencia respecto de la voluntad arbitraria de otro, ya sea el Estado o un particular”. A tal fin, según Sebastián, “es imprescindible que la izquierda fomente una ciudadanía comprometida y participativa, mediante la reivindicación e instauración de mecanismos de democracia directa, la educación en valores y la garantía de una independencia económica a los ciudadanos que permita que la existencia social de todos y que el ejercicio de derechos y libertades sea efectivo, y no sólo formal”. Por ejemplo, “a través de la renta básica de ciudadanía para que se pueda autogestionar en lo público y en lo privado, configurando un verdadero estatuto de autonomía personal”, como defendió José Antonio Pérez en su intervención.
Por su parte, Armando Fernández Steinko abogó por una reconstrucción del discurso de la izquierda en torno a la cultura del trabajo, la deliberación y la cooperación, para lo cual es fundamental la recuperación de los valores del republicanismo, que en España siempre se ha identificado con el progreso y la democracia.
En la sesión de la tarde, Joaquín Rodero, secretario general de Izquierda Republicana, disertó sobre la trayectoria de concertación con el resto de la izquierda que su partido ha mantenido desde su fundación hace ya setenta y cinco años y que en estos momentos se plasma en las conversaciones mantenidas con Izquierda Unida para ir en coalición a las próximas elecciones europeas y Raúl Camargo, en representación de Izquierda Anticapitalista, puso de manifiesto la necesidad no de refundar, sino de construir desde la base un nuevo partido anticapitalista que sea capaz de ofrecer una alternativa al sistema, dando voz a las luchas de los movimientos sociales, sin caer en la burocratización y la profesionalización como la actual izquierda política. Asimismo se refirió a la campaña de recogida de firmas de su partido con el fin de presentarse a las elecciones europeas de junio.
Cerró la jornada José Miguel Sebastián reiterando que los partidos de izquierdas debían recuperar una tradición que había perdido, “la de ser escuelas de educación popular”, que se plasmaba en la labor realizada a, finales del siglo XIX y principios del siglo XX, desde casas del pueblo, ateneos libertarios y círculos republicanos, que fueron capaces de conformar una cultura alternativa a la cultura católica dominante. “Únicamente será posible la refundación republicana de la izquierda y la República de ciudadanos que queremos”, concluyó, “si se consigue crear un bloque social y cultural hegemónico a través del fomento de la conciencia cívica.
El Foro de los Republicanos de Izquierdas espera poder continuar con estos encuentros encaminados a promover el debate en torno a la Izquierda y a la República, estando previsto que cierre esta campaña por la Refundación Republicana de la Izquierda con un acto a celebrar en primavera en la ciudad de Valencia.
Foro de los Republicanos de Izquierdas
www.fororepublicanosizquierdas.blogspot.com
en 19:33
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martes, 10 de febrero de 2009
Manifiesto de "ciudadanos por la República" de Cuenca con ocasión del aniversario de la proclamación de la Primera República española
Este 11 de febrero la Asociación de Ciudadanos por la Republica de Cuenca quiere conmemorar la proclamación, el mismo día del año 1873, de la Primera República Española. Tras la fuga de Isabel II de Borbón y la abdicación del breve reinado de Amadeo de Saboya impotentes en resistir el oleaje de la realidad política, una Asamblea Nacional aprobando la propuesta de Pi y Margall, Figueras, Salmeron y otros diputados, “asume todos los poderes y declara como forma de gobierno La República”.
La intención de esa conmemoración no es la añoranza melancólica del pasado. Si somos fieles a la fecha también lo somos al espíritu que impulsa siempre a las clases populares al ejercicio de su emancipación social y de su soberanía, que se ha manifestado siempre en torno a lo que República significa para el pueblo, y que siempre ha entendido que más allá de una forma de Estado, Republica, como Democracia, es una tradición milenaria de libertad real y del autogobierno de los ciudadanos. Celebrando la proclamación de la Primera República Española queremos contribuir a recuperar en la conciencia ciudadana la genuina radicalidad de lo que democracia significa.
En la actualidad, ideas como soberanía, ciudadanía o democracia han quedado reducidas al mero ejercicio periódico de la votación y la delegación ciega y total de los derechos de los ciudadanos en una clase profesional política ganadora. Se ha echado en olvido que para la tradición secular republicana no existe democracia sin ciudadanía y no existe ciudadano si ése no protagoniza la vida política. No existe ciudadano libre si está sometido a condiciones materiales y sociales que lo impiden Se ha abandonado la voluntad de todos en manos de un mercado y una economía no subordinada sino a unas fuerzas ajenas a la decisión del cuerpo de ciudadanos que públicamente y deliberadamente deciden lo que consideren asuntos que sean de interés común. La crisis actual nos ha demostrado que ese ámbito de un “libre mercado”, es, en realidad, libre de la voluntad política de todos. Es el de la libertad y arbitrio de los poderosos y de los intereses especulativos del capital financiero.
En aquella breve ocasión de la Primera república, Pi y Margall, señalaba, una vez frustradas las esperanzas republicanas, las causas del fracaso: La traición de los que se adhirieron oportunistamente e interesadamente a las instituciones a las que antes combatían. El daño que produce en los partidos populares la discordia. El poder de los caciques y de las grandes fortunas. La deserción de los republicanos que tomaron por realismo la dejación de los afanes nobles. La atención a intereses locales y parciales y no a la responsabilidad en el compromiso común. El entreguismo a los poderes fácticos de un gobierno que se confiaba que era amigo de la República. Todas aquellas reflexiones son de una palmaria actualidad. Y Pi y Margall añadía que aquello debía servir de enseñanza. Hacemos nuestras sus palabras en esta conmemoración que proponemos.
También fue decisiva en el fracaso de las esperanzas la reacción a las reclamaciones populares que inmediatamente y espontáneamente emergieron y que comprendieron que República era algo más que una forma de ser gobernados por los mismos. Que entendieron que República era la posibilidad de emancipación En aquella ocasión se manifestaron las primeras reclamaciones de reforma agraria, de ocupación de tierras y redención de condiciones de subordinación campesina, de democratización del ejercito, de abolición de la esclavitud. Reivindicaciones heredadas de una larga tradición de protesta que entendió pronto que República es liberación de toda tiranía política y social.
Ya vencida aquella 1ª República, las tropas del ejército regular, en diciembre de 1874 disolvieron la última milicia popular de San Feliu de Guixols, acusada de haberse atrevido a “ostentar una bandera roja”.
en 14:13
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jueves, 20 de noviembre de 2008
Carta Abierta a Izquierda Unida tras su IX Asamblea
Desde el Foro de Republicanos de Izquierdas prestamos una especial atención al desarrollo de lo que ha sido la IX Asamblea de Izquierda Unida esperanzados porque en IU se plantea la necesidad de una refundación a la vista de la propia situación de la organización y de la situación general de las izquierdas. Sin negar la conciencia sincera sobre estos problemas de todos los que han tomado parte en este proceso y su voluntad honrada de abordarlos, debemos no obstante manifestar un cierto grado de decepción lamentando que los resultados de la Asamblea no han estado a la altura de nuestras esperanzas y de las de muchos otros.
La primero que se nos hace patente es que tanto el proceso como los resultados se han planteado más como una negociación desde arriba de las diferentes fuerzas y familias que componen IU que como una deliberación propia de una democracia republicana. La exigencia republicana de la democracia obliga a que en los procesos para toma de decisiones políticas se delibere, es decir, se intercambien razones e ideas con racionalidad e imparcialidad y no solo se negocie, es decir que se intercambie un pulso de fuerzas, influencias de cada grupo e intereses parciales. El resultado de la Asamblea más parece el del fracaso de una negociación, consecuencia de ratificación de posiciones ya cristalizadas desde las cúpulas de las familias y fuerzas presentes cuando no de pacto entre individualidades enemistadas. El resultado, entonces, no es más que levantar acta de una medición en porcentajes de esas fuerzas, intereses, poderes, familias y hasta personas.
De esta manera el resultado es un negocio pactado de facciones no la voluntad general. Estos pactos no son República.
Igualmente parece criticable la otra cara de esta moneda. Cuando la negociación se hace desde posiciones ya tomadas “por arriba” por cada grupo con el ánimo de aumentar y contar sus porcentajes de fuerzas es de dudar que el contenido de las propuestas hayan sido orientadas por la escucha y una preocupación y atención a los militantes y simpatizantes de base o desde la reflexión de la situación de la izquierda hoy, sino animadas únicamente por una interesada preocupación de ganar puestos de decisión para la familia o el grupo, o la federación territorial. La ideología o el proyecto posible pasa a segundo termino como una coartada. A este respecto, resulta significativo que habiéndose aprobado el documento político por un noventa por ciento de los delegados, esa unanimidad no se vea reflejada en el acuerdo para elegir una dirección que lleve a la práctica esa línea política.
Sigue también reflejándose en Izquierda Unida una carencia de identidad a la que puedan vincularse con entusiasmo y reconociéndose en ella los ciudadanos de las izquierdas criticas. La refundación de la izquierda en torno a una organización unida debe ser un proyecto y no un añadido, aglomerado y yuxtapuesto de reivindicaciones, a beneficio del propio inventario. Izquierda Unida sigue dando la impresión, poco entusiasmante para el imaginario colectivo, de ser un conglomerado que trata simplemente de sumar reivindicaciones para alcanzar el mayor segmento electoral. Un proyecto es un conjunto de ideas- fuertes-coherentes, ideológicas, culturales y políticas, que se deducen arrancando desde la reflexión y debate de las luchas de la base y con un trabajo más serio, más riguroso, más concienzudo, políticamente más profundo. No se hace un proyecto con un aglomerado o una simple suma derivada de unas reivindicaciones que se presentan como un abundante y bien abastecido mercado de demandas no atendidas que se exponen como un escaparate al “consumo de derechos”. Izquierda Unida ha tenido desde siempre una vocación muy certera de recoger la pluralidad político-cultural existente en los sujetos que reclaman emancipación .Pero una cosa es coser retales y otra hacer un traje. Una cosa es acopiar materiales y otra construir un edificio. No es una cuestión de estrategia sino de fundamentos porque refundación es precisamente apelar a esos fundamentos.
Se constata, de forma preocupante, en todo el proceso la ausencia de crítica a una estrategia política que tiende a privilegiar casi exclusivamente lo institucional y lo electoral y que esté llevando al fracaso de las izquierdas, olvidando que el resultado más exitoso del los movimientos emancipadores ha sido conseguir en socializar en la izquierda a la mayoría y nunca olvidar el contrapoder necesario de una labor política-cultural que propicie la construcción de un bloque cultural hegemónico o que al menos sea capaz de enfrentarse al pensamiento único liberal dominante. Labor predominantemente cultural, capilar, seria, tenaz, paciente, constante y rigurosa. En definitiva la labor de crear una vigorosa ciudadanía. Los republicanos creemos que así se construyen las Republicas.
Pero, no obstante, desde el Foro de Republicanos de Izquierdas no nos queremos detener en el momento negativo de la crítica, queremos, fraternalmente, ser parte colaboradora que contribuya a posibilitar entre todos propuestas constructivas fundamentales. Con modestia y entre iguales. Por eso desde este Foro nos hemos permitido proponeros esta reflexión crítica con la voluntad de cooperar en un movimiento de izquierdas que trate de unirse, en un proceso de refundación real a partir de lo que es hoy Izquierda Unida y con la esperanza puesta en su potencialidad.
Creemos que la aportación republicana debe ser uno de los pilares fuertes de ese edificio de proyecto coherente, ya que, ideológicamente, se apoya y permite el apoyo en ella, tanto de las tradiciones históricas de las izquierdas emancipadoras, como de las nuevas corrientes transformadoras, con el objetivo esencial de enfrentarse y tender a rebasar el sistema actual de dominación de las fuerzas del capital y el arbitrio de los poderosos.
Foro de los Republicanos de Izquierdas
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Etiquetas: Izquierda, Republicanismo
martes, 21 de octubre de 2008
QUÉ Y CÓMO. Intervención de Joan Tafalla en la Jornada por la Refundación Republicana de la Izquierda(Cuenca, 11 de octubre de 2008)
Refundación republicana de la izquierda.
Cuenca, 11 de octubre de 2008.
De la importancia del qué hacer y del cómo hacer.
“Las instituciones son la garantía del gobierno
de un pueblo libre contra la corrupción de
costumbres, y la garantía del pueblo y del
ciudadano contra la corrupción del gobierno”.
Saint-Just: Las instituciones republicanas[1]
En el inicio de esta intervención me doy cuenta que el título de la misma quizás sea excesivo para mis modestas fuerzas. Siempre he deseado tener más o menos claro qué hacer y cómo hacerlo. Sin embargo, lo único que mi experiencia política me ha enseñado es, con escasas excepciones, qué cosas no hay que hacer y como no deben hacerse las cosas. Y aún así, no estoy seguro de haberlo aprendido.
Es cosa comprobada cuan difícil es comunicar y socializar la experiencia política particular. En el siglo pasado conocimos organizaciones que se encargaban de socializar y transmitir entre generaciones las experiencias colectivas con notable eficiencia. Eran los partidos de masas. Hoy, sin esas organizaciones, no sabemos a ciencia cierta si será posible trasladar la experiencia de la generación de la llamada transición, a las siguientes. No es seguro que la próxima generación de republicanos pueda evitar repetir los mismos errores que cometimos nosotros. Lancemos por lo menos un mensaje en una botella. Quizás llegue a una remota playa y sea de alguna utilidad a alguien.
1.- Qué hacer.
En 1852, el populista ruso Chernichevski escribió, encerrado en la fortaleza de Pedro y Pablo, su novela titulada “Qué hacer?”. Esa novela marcó toda una generación de combatientes contra la monarquía rusa. “¿Qué hacer?”, daba respuesta a una pregunta que es siempre crucial cuando se emprende un proyecto político. ¿Qué hacer? es la primera y esencial pregunta. No lo son, por ejemplo, ¿qué escribir?, ni: ¿qué programa enarbolar?
Si lo que discutimos hoy es el proyecto de la refundación republicana de la izquierda, bueno será empezar por responder a la pregunta: ¿Qué hacer? Para poder contestar esa pregunta es preciso ponerse de acuerdo en qué momento y circunstancia nos encontramos. Empecemos por una primera afirmación:
Estamos en una travesía del desierto. Estamos en una lenta y difícil acumulación de fuerzas. No hay atajos: ni el hiperactivismo republicano ni el institucionalismo nos traerán la República.
Tras la gran derrota del republicanismo y de la ruptura democrática durante la transición y, concretamente, desde 1980-1981, unos pocos ( demasiado pocos) venimos haciendo política con plena conciencia estar en una travesía del desierto. Todos los intentos y aventuras políticas en las que nos hemos embarcado durante más de 25 años, las hemos emprendido con plena conciencia de que era preciso abrir un lentísimo proceso de acumulación de fuerzas y de recomposición social de un nuevo bloque histórico democrático-popular con la esperanza de que “mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”[2].
La metáfora de la travesía del desierto ha sido, desde entonces, una constante en nuestra conciencia política. Esta metáfora obedece a un determinado análisis político-social que aquí no podemos compartir con vosotros por falta de tiempo, pero que puede resumirse en la conciencia de la tremenda derrota sufrida por el republicanismo político durante la transición. Es un análisis que se desprende de la aplicación de dos categorías políticas procedentes de un clásico italiano del republicanismo del siglo XX al análisis de nuestra transición. Nos referimos a las categorías de revolución pasiva y de transformismo[3]. Esa conciencia de la derrota no ha significado, en algunos de nosotros ni la claudicación ni la resignación a la marginalidad política.
También han sido constantes durante todos estos años, la sorpresa y, en ocasiones, la desazón que nos producía que esa misma metáfora no fuera compartida por la mayoría de las direcciones políticas de la izquierda, en sus diversas versiones, desde la más adaptada a la más inconformista. Éstas, en general, han creído caminar de victoria en victoria hasta la actual derrota final. Hay que confesar que, en ocasiones, nuestra desazón ha sido sustituida por el escándalo: cada vez que tímidamente nos atrevíamos a hacer aflorar la idea de la travesía del desierto y la exponíamos en público, el análisis social que la justifica y las tareas que se desprenden de la misma han sido combatidas por esas mismas direcciones políticas con una energía digna de mejor objetivo.
La Muqadimah del fundador de la ciencia política moderna, Ibn Jaldún ( 1332-1406) quizás nos aclare alguna cosa. En el capítulo XIX, titulado : “Una tribu que ha vivido en el envilecimiento y la servidumbre es incapaz de fundar un reino”, Ibn Jaldun explica por que razón la travesía del desierto de los judíos huidos de Egipto duró cuarenta años. No puedo resistir la tentación de leeros el pasaje. A menudo los clásicos, explican algunas cuestiones mucho mejor que veinte páginas de prolijos razonamientos. Dice Ibn Jaldún:
“Los versículos que acabamos de citar tienen un alcance de fácil comprensión: la pena de aquél extravío implicaba una sabia finalidad: el aniquilamiento de la población que se había substraído a la opresión y la humillación de las que se había colmado en la tierra egipcia; población sin ánimo alguno, que se había resignado a la degradación y la desintegración de su espíritu de solidaridad e independencia: Pues para reemplazar a aquella generación, se hacía preciso otra, nacida y formada en aquel desierto, horda que no hubiere jamás padecido opresiones y que desconociese subyugaciones extrañas y poderes despóticos. De esta disposición de la Providencia, una nueva asabiya[4] surge en los israelitas deparándoles la potencia de reclamar y vencer. Todo esto muestra que el periodo de cuarenta años es lo bastante para hacer desaparecer una generación y surgir otra”[5].
La generación que vivió la transición no puede protagonizar ninguna refundación republicana de la izquierda por la razón básica aducida por Ibn Jaldún: se trata de una generación que: “se había resignado a la degradación y a la desintegración de su espíritu de solidaridad e independencia”.
Alguna alma bendita podrá decir: “No yo. Yo individualmente o en pequeño grupo, me he salvado del pecado de la degradación y de la desintegración de mi espíritu de solidaridad e independencia”. Podremos preguntarle pues: “¿Donde está la nueva asabiya, la nueva voluntad colectiva masiva, construida por ti o con tu ayuda?”
Por que la degradación y falta de autonomía de nuestra generación no sólo tienen la cara del transformismo y de la cooptación. Aquellos que no se resignaron, los grupos de la extrema izquierda, tampoco consiguieron con su denuncia del institucionalismo, salir de la marginalidad política. Trataron de ocultarse a sí mismos su impotencia mediante un hiper-activismo que les condujeron al agotamiento.
Las dos caras de esta generación han sido el hiper-activismo, de un lado, y el institucionalismo y la cooptación, de otro. Que son dos caras del mismo problema general de la izquierda: el elitismo.
Mi intervención de hoy pretende defender una concepción democrática de la construcción de la tercera república. Una concepción opuesta a la elitista. Partiré de una idea sostenida por los republicanos más puros de la época contemporánea[6]: la idea del buen sentido del pueblo. Me fundaré en la idea de que la república es asunto del común de los mortales, o del pueblo soberano y no de las élites políticas. La refundación del republicanismo de izquierdas me parece asunto de costumbres y de cultura política de masas. La construcción de la tercera república es cuestión de acumulación de fuerzas, de “reforma intelectual y moral”, como diría aquel republicano italiano mencionado más arriba, que tras la derrota de 1924, reclamaba desde la cárcel una Constituyente Republicana y, por tanto, una real acumulación de fuerzas sociales y políticas [7]. Quizás era el único italiano de su generación que había tomado nota del significado de la victoria fascismo, trataba de analizarla y de extraer consecuencias. Mientras, aquellos que no habían entendido la profundidad de la derrota sufrida, continuaban mandando los restos de las tropas a la “lucha final” es decir, a nuevas derrotas que imposibilitaban cualquier acumulación de fuerzas.
Parto, pues, de la idea del agotamiento definitivo del elitismo hiper-activista y de su otra cara, el institucionalismo, como métodos de acumulación de fuerzas. El hiper-activismo no sirve como vía por su carácter voluntarista, antidemocrático y alienante. El institucionalismo no sirve, no sólo por estos pecados, si no por otros aún mayores: la cooptación y el transformismo. Así que lo que la revolución pasiva de la transición ha agotado ha sido la cultura política de toda una generación, o quizás, de todo un siglo. La nuestra.
Quizás nuestra única aspiración sea ya transmitir a las generaciones futuras la idea de que es necesaria otra forma de hacer política. Quizás de lo que se trata es de refundar la política. Aunque nadie pueda garantizar que tal cosa es posible.
Con la recomendación de leer por entero el capítulo XIX de la Muqadimah, pasemos a nuestra segunda afirmación:
La segunda república no la trajeron los políticos de la restauración, la trajo el pueblo soberano, tras larguísima (más de cincuenta años) acumulación de fuerzas. Al contrario: son precisamente los políticos de la restauración incrustados en el gobierno provisional y en las Cortes Constituyentes los que hacen que la segunda república pierda la ocasión de realizar aquellas cosas que proclamaba en su Constitución y, por lo tanto, se eche a perder. Por decirlo corto y llano: la segunda república anduvo falta de jacobinismo, o éste llegó demasiado tarde.
La segunda república no nació en 1931 en los ayuntamientos o en las Cortes Constituyentes. La segunda república nació mucho antes. Nació al día siguiente del golpe de estado de Pavía. Y nacía en cada barrio, en cada fábrica, en cada cortijo. Nacía allí donde se reunían ciudadanos y trabajadores a charlar, a leer algún “buen papel”, o a tomar la palabra por orden y a llegar a acuerdos de acción y a escribirlos en un acta.
Creció en el ateneo republicano, en la casa del pueblo o en el ateneo libertario, nació en la cooperativa obrera o en el sindicato, se llamase éste UGT o CNT. Nació y creció en la cooperación y en la asociación. Nació y creció con la difusión las costumbres, de las instituciones y de la cultura republicanas que se contraponían a las costumbres del despotismo y de la tiranía. En 1931 la segunda república, ya muy crecida socialmente, ya construida en el tejido social, entendida como bloque social y popular, aprovechó la crisis de régimen oligárquico, para tratar de establecerse. Esa sociedad civil alternativa, esa república de la calle y del campo, que había crecido en los intersticios de la sociedad del antiguo régimen, necesitaba del poder estatal para poder, mediante las leyes, imponer las nuevas costumbres republicanas.
Es preciso decirnos de nuevo, una y otra vez hasta que nos lo creamos de verdad, demostrarnos con hechos y argumentos, que la segunda república no la trajeron las fracciones de la extrema izquierda de la clase política de la Restauración. No la trajeron Maura, ni Lerroux, ni Alcalá Zamora. Ni tan sólo la trajo la conspiración y el pacto de San Sebastián. La trajo el pueblo soberano en un lento y progresivo proceso de constitución como eso mismo: como pueblo soberano. Por mi parte propongo una lectura del Pacto de San Sebastián, como un fruto de la república que crece desde abajo y no al revés.
Sentar esa afirmación es decisivo para ponerse de acuerdo en el cómo suceden las cosas y como sucederán en el futuro (si venturosamente suceden). En primer lugar por que no es cierto que la Segunda fuera una república sin republicanos como quieren demostrar algunos. Que la república no fue un paréntesis artificial en nuestro país. Que no fue el fruto de conspiraciones elitistas, fueran éstas judeo-masónicas o rojo-separatistas. El golpe militar fascista no vino a restablecer ninguna situación natural o primigenia en España. Lo que era conforme a la naturaleza y a su derecho en España, no era la monarquía ni el fascismo que le antecede, si no, por el contrario, la república y la democracia.
La llegada de la República fue un fenómeno de masas y no simplemente de elites. Si no se entiende esto no se puede entender por que el fascismo tuvo de realizar a partir de 1936, un genocidio sistemático pueblo a pueblo, barrio a barrio, empresa a empresa. No se puede entender que segase tan a ras de suelo, tratando de no dejar ni una brizna.
Los problemas centrales de la que se proclamó república de trabajadores de todas las clases, eran los problemas de las más amplias masas populares: la propiedad de la tierra, la cuestión social, la separación de la iglesia y del estado, la cuestión nacional, así como la cuestión colonial y la emancipación de las mujeres. Los hombres que votaron las candidaturas republicanas el día 13 de abril sentían las consecuencias de estos problemas y deseaban su solución. Fueron los políticos procedentes de la clase política de la Restauración, convenientemente disfrazados de “republicanos de toda la vida”, fue una parte de la nueva clase política republicana los que, con sus dilaciones, con sus cortinas de humo, con sus incapacidades y miedos, hicieron imposible que el campesino obtuviera sus tierras, que las cuestiones social, nacional y colonial se resolviesen por las vías de la democracia y del progreso social.
Ello debe ser dicho sin menoscabo de otra parte de la clase política republicana, que obró a su mejor y leal saber y entender. Pero que, sin embargo, no obró con el espíritu jacobino que la situación exigía.
Cuando hacemos ejercicio de memoria histórica no deberíamos dejar que la nostalgia nublase nuestros ojos más allá de lo necesario.
Vayamos ahora a nuestra tercera afirmación ante la pregunta ¿Qué hacer?:
El dilema de hoy no es república o monarquía. El problema es Monarquía o democracia.
En los años previos a la transición, el astuto dirigente de la principal fuerza de la oposición anti-franquista sorprendió a propios y extraños con una extraña consigna: “El problema no es república o monarquía. El problema es dictadura o democracia”.
Esa consigna sonaba a oráculo sabio, mostrando el camino doloroso pero fecundo del “realismo”. Encontraba argumentos en hechos dolorosamente vividos por nosotros en aquellos años: en 1973 en Chile se estableció una dictadura fascista sin cambiarle a Chile su carácter jurídicamente republicano. Lo mismo que en Alemania en 1933. En cambio en algunos países del Norte, monarquías “democráticas” habían permitido a la socialdemocracia crear paraísos sociales, al menos vistos desde el páramo social de nuestra España de entonces. Miles de españoles emigrantes se encargaban de explicar a sus familias y vecinos, las maravillas de estos países en sus cartas o durante sus vacaciones.
Luego, nos decía ese astuto personaje (cuya astucia admirábamos estúpidamente y no esforzábamos en imitar con una energía digna de mejor causa): lo importante es la democracia, no la república. No sea que perdamos el pájaro abriendo la mano tratando de capturar cien más. O más: no se puede capturar la luna reflejada en el río, con ayuda de un cesto de mimbre. Aún más: no es bueno, no se puede y no se debe querer la luna.
La salida, lo sabemos, fue muy otra: la renuncia a la república, nos dejó sin democracia. Las clases dominantes, ante la crisis de una determinada forma de dominación procedieron a concedernos una monarquía constitucional. Erróneamente empezamos a denominar el constitucionalismo monárquico como democracia.
En realidad se trataba de una actualización de la Restauración. Con su turno de partidos, con su ley electoral que defrauda la soberanía la popular, con su izquierda constitucional del Parlamento ( la izquierda de su majestad), con su cooptación y su transformismo... En definitiva, la segunda revolución pasiva sufrida por España. En poco más de un siglo.
Las innegables libertades concedidas ( innegables sobretodo por comparación con la dictadura), se fueron transformando, a medida que pasaba el tiempo, en la libertad del grande para aplastar o comerse al chico. Esta afirmación vale tanto para las libertades políticas básicas, como para el apartado económico y social.
Y es que de nuevo el juego de espejos de las palabras nos jugó una mala pasada. Como en toda revolución pasiva, la hegemonía de las clases dominantes se jugó en muchos terrenos, pero el terreno principal y primero, fue el de las palabras. No hará falta detenerse aquí, entre nosotros a demostrar que las palabras son el soporte de los conceptos con que pensamos. Que la suma de campos semánticos puestos a nuestra disposición por la cultura, condiciona no sólo los significados que damos a las palabras, si no también la propia lógica del discurso.
Cómo dijera en célebre ocasión Humpty Dumpty a Alicia, lo importante no es lo que las palabras significan realmente para cada uno de nosotros, lo importante es saber quien tiene el poder para determinar el significado de las palabras. Y república, dictadura, democracia y monarquía son palabras que usamos con demasiada alegría, sin atender al significado real de las mismas, aceptando sin mayores problemas el significado impuesto por el enemigo. Si continuamos usando esas palabras con la ligereza que nos caracteriza volveremos sin duda a cometer los mismos o similares errores. La lógica de nuestro discurso nos llevará a ello.
Una primera precaución será volver a la división tripartita que conocemos desde Aristóteles[8] y que era compartida por Rousseau[9], permite una mejor comprensión de las cosas que nos pasan. Recordemos: los regímenes políticos son tres: monarquía, aristocracia y democracia, con sus correspondientes degeneraciones ( tiranía, oligarquía y anarquía) y con regímenes mixtos. Existe monarquía cuando el poder lo detenta uno, aristocracia cuando detenta una élite y democracia cuando lo ostenta el pueblo.
En esta división lo importante no es si el monarca es producto de una elección popular y democrática o bien si es producto de un acto sexual con finalidad reproductiva sucesoria. La forma de elección del monarca pasa a ser una anécdota, al lado de hechos más trascendentes. Existen o han existido repúblicas de carácter aristocrático: Roma, Venecia, Florencia, Génova. Han existido regímenes jurídicamente republicanos que en realidad son monárquicos como algunas de las dictaduras del siglo XX, o como la República francesa desde de Gaulle hasta aquí. Han existido repúblicas cuya representación política se elige por sufragio universal, es decir de forma supuestamente democrática, donde nunca ha dejado de dominar una pequeña oligarquía capitalista.
Efectivamente, como decía el astuto dirigente, lo que se jugaba en la transición no era simplemente el dilema dictadura o república. Lo que se decidía realmente era dictadura o democracia. Pero el astuto dirigente nos mentía, o se mentía a sí mismo (quien sabe) cuando hacía un uso trucado de las palabras. Para él, democracia era un sinónimo de monarquía constitucional. Por tanto, se trataba de renunciar a la república para conseguir un régimen que, ni Aristóteles ni Rousseau, hubieran llamado jamás democracia.
Hoy nos queda claro que para conseguir la democracia era preciso derrotar el intento de la oligarquía de proceder a un cambio de forma de dominación para seguir dominando. Era preciso derrotar el intento de la oligarquía de pasar de la forma de dominación fascista a una monarquía constitucional. Para conseguir la democracia era preciso derrotar el intento monárquico de transición y establecer la república. Una cosa tan simple era de sentido común en 1945, en Italia tras la caída del fascismo. Es que las fuerzas republicanas italianas procedentes de la resistencia antifascista, no estaban por la labor de una revolución pasiva.
Cuando las palabras no habían perdido su valor primigenio y aún no habían sido secuestradas por la oligarquía, un político justo y fraternal, señaló como la república, no puede existir sin la democracia. Son palabras dignas de ser rescatadas del olvido y ahí van:
“¿Qué clase de gobierno puede realizar estos prodigios? Únicamente el gobierno democrático o republicano. Estas dos palabras son sinónimas, a pesar de los abusos del lenguaje vulgar; pues la aristocracia no es más republicana que la monarquía... La democracia es un estado en el que el pueblo soberano, guiado por leyes que son obra suya, hace por sí mismo todo lo que puede hacer, y mediante delegados todo lo que no puede hacer por sí mismo... debéis buscar las reglas de vuestra conducta en los principios del gobierno democrático... la esencia de la república o de la democracia es la igualdad, se concluye de ello que el amor a la patria abarca necesariamente el amor a la igualdad... ese sentimiento sublime supone la prioridad del interés público sobre el interés privado”[10]
Cuando afirmo que el problema hoy, en España es Monarquía o Democracia, me estoy refiriendo a que no tendría ningún sentido conseguir hoy en España un cambio en la forma de elegir el Jefe del estado pasando del método genital, al sufragio universal, si éste hecho no viniese acompañado de la instauración de una verdadera democracia[11].
Me refiero, además a la necesidad de entender la democracia no tanto como un estado final, si no como un movimiento. Sobre este tema ha insistido en repetidas ocasiones mi compañero, y sin embargo amigo, Joaquín Miras. A su libro y a sus numerosas intervenciones, incluida la de hoy mismo, me remito[12].
El problema hoy, en España no es la mayor o menor inminencia de la caída de la monarquía, como fruto de nuestro hiper-activismo republicano. El problema hoy es la construcción de un movimiento de masas republicano, democrático y popular. Este es el qué hacer de hoy y no otro.
Y construir ese movimiento no es cosa que se vaya hacer por minorías ni por élites, es algo que será producto de las grandes contradicciones y de los grandes problemas que padecen las masas populares, así como de la experiencia colectiva de las luchas por sus derechos sociales y políticos y de las nuevas formas de socialización y organización de las que el pueblo soberano se vaya dotando a partir de su experiencia.
Este sabio y necesario realismo sobre las capacidades reales de las minorías republicanas para ayudar a la venida de la república, no implica que se esté predicando la inactividad política. Lo que se predica aquí solo es que tratemos de acertar hoy, tras nuestra enésima derrota, en la respuesta a una pregunta clave: ¿Qué hacer?
Nuestra respuesta viene resumida pues en nuestra cuarta afirmación:
Lo que debemos hacer es ayudar a la construcción de la democracia, es decir del movimiento, o por decirlo de nuevo con las palabras de nuestro clásico italiano, del bloque histórico que debe poner los fundamentos de la tercera república.
2.- ¿Cómo hacerlo?
Una vez establecido qué hay que hacer, el problema principal que se nos plantea es el de cómo hacerlo.
Os propongo hacer un breve paseo por la cultura republicana de una minoría democrática actuante durante la primera de las repúblicas democráticas y populares de la contemporaneidad: aquella que se vivió en Francia durante unos pocos meses: entre el 20 de septiembre de 1792 y el 9 de Thermidor de 1794. Quiero traer a colación un discurso y una filosofía política y un quehacer injustamente olvidados, que deberían ser para cualquier republicano, una especie de guía para la acción.
De los clásicos se aprende siempre que no hagamos el papanatas. No pretendo aquí traer a la actualidad las propuestas concretas de una situación totalmente diferente a la nuestra. Sólo pretendo recordar, algunos de los criterios que permitieron que durante la revolución francesa se produjese un fenómeno formidable: la convergencia entre el sentido común popular y el pensamiento republicano y democrático. Si tratamos aquí de la refundación republicana de la izquierda, quizás el repaso logre tener algún interés.
Me centraré exclusivamente en un momento crucial de esta historia como es el invierno-primavera de 1793 en que, una vez resuelto adecuadamente el asunto del ciudadano Luis Capeto, la flamante república intenta dotarse de una Constitución. Tras ese debate, aparentemente jurídico, encontraremos la sustancia del republicanismo democrático opuesta al enjuague girondino, que pretendía una república que debía servir a una nueva aristocracia naciente: la del dinero. En los textos que voy a presentar veremos como la república democrática se opone a la república aristocrática. Ese republicanismo democrático no sólo era un conjunto de propuestas políticas, si no un estilo de hacer política: el estilo democrático. Era una forma de ser: la virtud republicana. Era un intento, seguramente el más emocionante de toda la historia de conjugar la moral con la política.
Frente a la propuesta de Constitución centralista, aristocrática y delegativa presentada por Condorcet el 23 de febrero de 1793, se alzan diversas voces. Trataré de reflejar algunas de las propuestas de Saint-Just, Robespierre y del cura jacobino Jacques Michel Coupé de l`Oise. Usaré para ello seis textos:
Maximilien Robespierre.
1. “Proyecto de declaración de los derechos del hombre y del ciudadano”, 24 de febrero de 1793[13].
2. “Sobre la Constitución”. 10 de mayo de 1793[14].
3. Sobre los principios de moral política que deben guiar la convención nacional en la administración interior de la república, 5 de febrero de 1794[15].
Louis Antoine Saint Just
4. “Discurso sobre la Constitución de Francia”. 24 de abril de 1793[16].
5. “Ensayo de Constitución”. 24 de abril de 1793[17].
Jacques-Michel Coupé ( de l’Oise).
6. “Des idées simples sur constitution” [18].
Las expondré clasificándolas por temas:
a.- El buen sentido del pueblo.
Louis Antoine Saint Just “Discurso sobre la Constitución de Francia”. 24 de abril de 1793
“Todo pueblo tiende a la virtud y a la victoria; no se le fuerza, se le conduce mediante la sabiduría. Es fácil gobernar al francés; le hace falta una constitución dulce sin que ésta pierda nada de su rectitud. Este pueblo es vivo y apropiado para la democracia; pero no se le debe cansar demasiado con las molestias de los asuntos públicos; debe ser regido sin debilidad, pero tampoco debe sufrir coacción”
Jacques-Michel Coupé ( de l’Oise). “Des idées simples sur constitution”
“La naturaleza lo ha hecho todo por sus hijos. El buen sentido del pueblo conoce al respecto todo que es preciso saber[19]. Mirad lo que es el pueblo, lo que ha sido siempre durante nuestra revolución, siempre por delante y por encima de sus legisladores, de los sabios, de los políticos, ya sea por la sabiduría de sus leyes, ya sea por su espíritu de libertad. En demasiadas ocasiones, parecía que ellos trabajaban sólo para contrariarlo y encadenarlo de nuevo”
b.- La soberanía del pueblo.
Robespierre. “Proyecto de declaración de los derechos del hombre y del ciudadano”, 24 de febrero de 1793.
“XIV. El pueblo es soberano: el gobierno es su obra y su propiedad, los funcionarios públicos son sus mandatarios. El pueblo puede, cuando así lo considere, cambiar su gobierno y revocar a sus mandatarios (...)
XXII. Todos los ciudadanos tienen derecho igual a participar en el nombramiento de los mandatarios del pueblo, y en la elaboración de la ley.
XXIII. Para que estos derechos no sean ilusorios y la igualdad quimérica, la sociedad debe dar un salario a los funcionarios públicos y hacer que todos los ciudadanos que viven de su trabajo puedan asistir a las asambleas públicas donde los convoca la ley sin comprometer su existencia, ni la de su familia (...)”
Louis Antoine Saint Just “Discurso sobre la Constitución de Francia”. 24 de abril de 1793.
“Cuando hablo de representación del pueblo no entiendo que su soberanía sea representada: simplemente se delibera en su lugar y el pueblo acepta o rechaza”.
c.- Cómo ejerce el pueblo su soberanía sobre sus mandatarios.
Jacques-Michel Coupé ( de l’Oise). “Des idées simples sur constitution”
“Asambleas soberanas.
El pueblo, disperso allá donde vive, es libre de reunirse cuando lo juzgue conveniente y del modo que decida. Una vez reunido, el pueblo no es otra cosa que lo que él quiera ser. Todas las leyes callan. Él mantiene las leyes que existen o se da otras mejores. Está fuera de razón que el pueblo pueda seguir otras leyes que las que él ha adoptado.
Asamblea mandataria
Un pueblo compuesto por veinticuatro millones de hombres no puede administrar la cosa común individualmente. Es indispensable que escoja hombres virtuosos e inteligentes, a quienes entregue sus poderes y les indique su voluntad para velar por los intereses comunes, proponer leyes en beneficio de todos y después de su aceptación solemne, ejecutar y administrar según la voluntad general.
Administración general.
La cosa pública, en su totalidad se confía a la Asamblea mandataria: es fácil ver que ella sea responsable y solidaria por la totalidad de la administración, y que ella nombre un cierto número de sus miembros, trimestralmente por ejemplo, para encargarles de la ejecución.
Hay que rechazar los prejuicios que no pueden existir entre nosotros, y poner a fin a la existencia del poder ejecutivo y de los ministros (...)
Debemos hacer una cosa muy simple: controlar y contener a nuestros mandatarios. No debemos dejar este cuidado a otros mandatarios. Tampoco debemos recurrir otros mandatarios para equilibrar el poder que delegamos.
No multipliquemos los organismos, no embrollemos lo que siempre debe estar claro. Guardémonos de dividir una acción que debe ser una; guardémonos al propio tiempo, de dividir los hombres y los intereses”.
d.- El peor enemigo del pueblo es su gobierno.
Robespierre. “Proyecto de declaración de los derechos del hombre y del ciudadano”, 24 de febrero de 1793
“XIX. (...) Toda institución que no suponga que el pueblo es bueno y el funcionario corruptible, está viciada”.
Robespierre: “Sobre la Constitución”. 10 de mayo de 1793.
“Los males de la sociedad no provienen jamás del pueblo, sino del gobierno. ¿Cómo podría ser de otro modo? El interés del pueblo es el bien público. El interés del hombre con poder es un interés privado. Para ser bueno, el pueblo no tiene otra necesidad que la de preferirse a sí mismo frente a lo que le es extraño. Para ser bueno es preciso que el magistrado se inmole a sí mismo a favor del pueblo... Concluid, pues, que el primer objetivo de toda constitución debe ser defender la libertad pública e individual contra el propio gobierno... La corrupción de los gobiernos tiene su origen en el exceso de su poder y en su independencia en relación con el soberano. Remediad este doble abuso”.
Louis Antoine Saint Just “Discurso sobre la Constitución de Francia”. 24 de abril de 1793.
“Habéis decretado que una generación no puede encadenar a otra; pero las generaciones fluctúan entre sí; todas están en minoría, y son demasiado débiles para reclamar sus derechos. No basta con decretar los derechos de los hombres; puede suceder que un tirano se eleve y se arme incluso con estos derechos contra el pueblo; y el pueblo más oprimido sería aquel que, por una tiranía llena de dulzor, lo fuese en nombre de us propios derechos”.
Jacques-Michel Coupé ( de l’Oise). “Des idées simples sur constitution”
“No queremos esta politica sublime ni este arte filosófico de gobernar. El gobierno es para los déspotas. Queremos una administración vulgaire, proba, al alcance de todos los ciudadanos. No confiamos en estos planes sabios. La ciencia en este tema es engaño y maquiavelismo[20]. Es el gobierno puesto fuera del alcance del pueblo y contra el pueblo”.
e.- La desconfianza hacia los mandatarios.
Robespierre: “Sobre la Constitución”. 10 de mayo de 1793.
“ Un pueblo cuyos mandatarios no deben dar cuenta de su gestión a nadie no tiene constitución. Un pueblo cuyos mandatarios sólo rinden cuentas a otros mandatarios inviolables, no tiene constitución, ya que depende de éstos traicionarlo impunemente y dejar que lo traicionen los otros... En todo estado libre, los crímenes públicos de los magistrados deben ser castigados tan severa y fácilmente como los crímenes privados de los ciudadanos. Y el poder de reprimir los atentados del gobierno debe retornar al soberano.”
Jacques-Michel Coupé ( de l’Oise). “Des idées simples sur constitution”
Vigilancia y precauciones respecto de los mandatarios del pueblo.
“La renovación de los mandatarios es fatigosa. La confianza y la costumbre son dulces: pero el mundo está lleno de sorpresas y de esclavitudes astutas; y todos estamos de acuerdo en la desconfianza.
Es totalmente necesario establecer por ley constitucional y de fijar la celebración de la asamblea general del pueblo en cada distrito cada dos años, el primer día de mayo para la renovación de los mandatarios.
Ahí está el plazo general de sus funciones ; pero deben ser revocables en todo momento, si llegan a faltar a la confianza de sus comitentes[21], y es indispensable tomar esta precaución y establecer la pena que convenga en este caso.
La publicidad de las deliberaciones, de los asuntos públicos y delas administraciones debe ser nuestra salvaguardia general en todo caso.
Por encima de todo tengamos nuestra asamblea mandataria bajo la mirada de una gran masa del pueblo, tanto para investirla de potencia y de respeto, como para estar vigilantes y ppara contenerla dentro de la religion de sus deberes (…)
La comodidad y sobretodo la política se horrorizan de tanto civismo y rigor ; pero la libertad sólo reposa sobre ellos; y si nuestros mandatarios son dignos de la libertad yd e nosotros, serán ellos mismos quienes los apelen”
f.- Jacobinismo y centralismo. La sede de la soberanía son las comunas.
Robespierre: “Sobre la Constitución”. 10 de mayo de 1793.
“ Pero antes de colocar los diques que deben defender la libertad pública contra los desbordamientos de la potencia de los magistrados, empecemos por reducirla a sus límites justos.
Una primera regla para alcanzar ese objetivo es que la duración delos mandatos debe ser corta, aplicando sobre todo este principio a aquellos cuya autoridad es más extensa.
2º Que nadie pueda ejercer diversas magistraturas al mismo tiempo.
3º que el poder esté dividido: es preferible multiplicar los funcionarios públicos que confiar una autoridad temible a algunos.
4º Que la legislación y la ejecución estén separadas cuidadosamente.
5ª que las diversas ramas de la ejecución estén lo más separadas que sea posible según la propia naturaleza de sus asuntos, y confiadas a manos diferentes (...)
Dejad en los departamentos y en manos del pueblo la porción de tributos públicos que no sea necesario depositar en la caja general, y que los gastos sean satisfechos en cada lugar, mientras sea posible (...)
Dejad a las comunas el poder de regular ellas mismas sus propios asuntos, en todo aquello que no se refiere a la administración general de la república (...).
Para acabar, por muy útiles que sean estas precauciones, aún no habréis hacho nada si no prevenís la segunda especie del abuso que he indicado, que es la independencia del gobierno”
Louis Antoine Saint Just “Ensayo de Constitución”. 24 de abril de 1793.
“Artículo VI. La soberanía de la nación reside en las comunas”
g.- La virtud republicana. Moral y política.
Robespierre, Maximilien, Sobre los principios de moral política que deben guiar la convención nacional en la administración interior de la república, 5 de febrero de 1794.
“En el sistema de la Revolución francesa, lo que es inmoral resulta contrario a la política, lo que es corruptor resulta contrarrevolucionario. La debilidad, los vicios, los prejuicios son el camino hacia la monarquía... La virtud republicana puede ser considerada con relación al pueblo y con relación al gobierno; resulta necesaria en uno y otro caso. Cuando tan sólo el gobierno carece de ella, queda aún la posibilidad de recurrir al pueblo; pero cuando hasta el pueblo mismo se ha corrompido, la libertad está ya perdida.”
“Ahora bien, ¿cuál es el principio fundamental del gobierno democrático o popular, es decir, la energía esencial que lo sostiene y lo hace moverse? Es la virtud; hablo de la virtud pública que produjo tantos prodigios en Grecia y Roma, y que debe producirlos aún mucho más en la Francia republicana; de esa virtud que no es otra cosa que el amor a la patria y a sus leyes.
Pero como la esencia de la república o de la democracia es la igualdad, se concluye de ello que el amor a la patria abarca necesariamente el amor a la igualdad.”
Louis Antoine Saint Just “Discurso sobre la Constitución de Francia”. 24 de abril de 1793.
“De lo que acabo de decir, se deriva que la mediocridad [22] de la persona que gobierna, es la fuente de las costumbres y de la libertad en un estado: es necesario que aquellos que son depositarios de vuestras leyes estén condenados a la frugalidad, con el fin de que el espíritu y los gustos públicos nazcan del amor a las leyes y a la patria”.
h.- La resistencia a la opresión.
Robespierre. “Proyecto de declaración de los derechos del hombre y del ciudadano”, 24 de febrero de 1793
XVII. Toda ley que viola los derechos imprescriptibles del hombre es esencialmente injusta y tiránica: no es, de ningún modo, una ley.
XXVII. La resistencia a la opresión es la consecuencia de los demás derechos del hombre y del ciudadano.
XXIX. Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es, para el pueblo y para cada porción del pueblo, el más indispensable de los deberes.
XXX. Cuando falta la garantía social a un ciudadano, él vuelve al derecho natural para defender por sí mismo todos sus derechos.
XXXI. En uno o en otro caso, sujetar con formas legales la resistencia a la opresión es el último refinamiento de la tiranía.”
i.- El tribuno y el pueblo.
Robespierre: “Sobre la Constitución”. 10 de mayo de 1793.
“Por esa misma razón tampoco yo soy partidario de la institución del tribunado. La historia no me ha enseñado a respetarla. Yo no confío la defensa de una causa tan grande a hombres débiles o corruptibles. La protección de los tribunos supone la esclavitud del pueblo. No me gusta nada que el pueblo de Roma se retire al Monte Sagrado para pedir protectores ante un senado despótico y unos patricios insolentes. Prefiero que se quede en Roma y que eche a todos sus tiranos. Odio tanto a los propios patricios y desprecio aún más a estos tribunos ambiciosos, estos viles mandatarios del pueblo, que venden a los grandes de Roma sus discursos y su silencio, y que no lo han defendido algunas veces más que para mercadear su libertad con sus opresores.
Sólo hay un tribuno del que yo pueda ser devoto: es el propio pueblo”.
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Estos siete aspectos de la cultura política de los montañeses robespierristas que he tratado de resumir mediante citas de los documentos, nos muestran no sólo el qué hacer si no el cómo hacer de una política democrática.
Han pasado doscientos años de terribles experiencias políticas para que quizás intentemos un regreso actualizado a nuestros orígenes. Quizás sea hora de ir reconociendo que:
1.- No es posible hacer política democrática sin reconocer: que el pueblo es bueno y sabio por naturaleza y que es por ello que el pueblo es quién detenta la soberanía nacional. Otra alternativa sólo puede ser un régimen monárquico o aristocrático, aunque se disfracen de socialismo o de democracia.
2- Que el peor enemigo del pueblo es el poder ejecutivo. Llámese hoy a éste gobierno o poder judicial, actualmente es poder ejecutivo al mando de la plutocracia que domina. Y que precisamente por ello hay que en primer lugar contener, controlar y dividir este poder, para luego debe retornar la soberanía al pueblo.
3.- Que la representación popular es fruto del mandato del pueblo y no al revés. La representación es el origen y la fuente del secuestro de la soberanía popular y por tanto, que la asamblea legislativa única no puede ser otra cosa que mandataria.
4.- Que los mandatos deben ser cortos y las funciones y tareas deben estar lo más repartidas posible.
5.- Que el centralismo es fuente de tiranía y alejamiento del poder con respecto del pueblo. La soberanía nacional es indivisible y reside en la asamblea legislativa, por ello, el único centralismo que cabe es el centralismo legislativo. Pero la sede de la soberanía, allí donde se la aplican las leyes debe ser algo necesariamente cercana al pueblo y bajo su control. Es decir, sólo puede ser local, en pequeñas unidades donde la gente se conozca la una a la otra, donde no sea posible ocultar nada y donde la política discurra ante los ojos de todos.
6.- Que la moral no es algo ajeno a la política si no su propia sustancia. Si de algo trata la política es precisamente de moral.
7.- Que una ley que no respeta los derechos del hombre no es ley. Que una ley que no haya sido refrendada por el pueblo no es ley. Que ante decretos que se presentan como leyes y que sólo pueden ser clasificados de injustos, solo cabe la resistencia del pueblo. 8.- Y finalmente, que el mejor tribuno del pueblo es el pueblo mismo.
Soy consciente de que todos estos criterios rompen con la cultura de la izquierda del siglo XX. Que rompen con el peor de todos sus vicios y errores: el elitismo. Que es fuente por un lado del institucionalismo, así como de la burocratización y del secuestro de la soberanía popular.
Precisamente por que rompe con la cultura política de la izquierda del siglo XX, es que, volviendo al principio de mi intervención, creo que la generación de la transición no está capacitada para comprender estos principios y aplicarlos. En todas partes, cuando oye enunciar estos principios, la clase política se pone a la defensiva y levanta los fantasmas de la democracia absoluta, de la anarquía o del comunismo primitivos. En todas partes los rechaza por utópicos e irrealizables. Contrariamente a ello afirmamos serenamente que la democracia o poder del pueblo es el único orden posible y necesario.
En todas partes la clase política insulta o denigra a quienes sostienen estas ideas: locos, utópicos o milenaristas, son algunos de los calificativos usados. Por el contrario y serenamente, dado el actual estado del mundo debemos afirmar: la única locura consiste en continuar afirmando y defendiendo el actual desorden existente.
Queda las esperanza de que quizás las generaciones futuras por no se sabe que caminos hagan suyas estas ideas del republicanismo democrático. Para hacerlo deberían rechazar en los hechos las prácticas y las teorías elitistas de la clase política del siglo veinte. Si hicieran tal, contarían con la ventaja de que aquello que construyan sobre estas viejas y buenas bases de comportamiento será mucho más sólido.
Además, tendrá en cuenta todas las malas experiencias del siglo pasado. Una malas experiencias que nuestros amigos de la minoría robespierrista tuvieron la agudeza de discernir mucho antes de que sucedieran.
Joan Tafalla
Sabadell-Oix 15 septiembre- 10 octubre 2008
2.- Como Hacerlo
2.1. Cicinnato y Robespierre.
2.2. Elitismo o democracia
Ejemplos en el republicanismo clásico: Constitución del 93, Saint-Just, Coupé, la Comuna. Comportarse cada día y cada hora democráticamente.
2.3. Reconocer el terreno. Delimitar cuales son las luchas populares donde se puede insertar y dar vida a un nuevo republicanismo de masas.
2.4. Un republicanismo de masas, se construye por abajo. Marinaleda es difícil y fácil al mismo tiempo. Demografía y democracia.
[1] Saint-Just, Louis Antoine de, La libertad pasó como una tormenta. Textos del periodo de al revolución Democrático Popular. Edición de Carlos Valmaseda. Ed. El Viejo Topo, Barcelona, 2006, p. 168.
[2] ALLENDE, Salvador, Último discurso, 11 de septiembre de 1973. Se puede leer completo en: http://www.ciudadseva.com/textos/otros/ultimodi.htm .
[3] GramscI, Antonio, Escritos políticos ( 1917-1933), Cuadernos de Pasado y Presente, México, 1977. También VOZA, Pasquale, Rivoluzione pasiva, in AAVV, Le parole de Gramsci, International Gramsci Society-Italia, Ed. Carocci, Roma, 2004.
[4] Asabiya según Ibn Jaldún sería: espíritu de grupo, lazos de sangre, consanguineidad, espíritu de tribu, espíritu de clan. Véase Estudio preliminar de Elías Trabulse a JALDUN, Ibn, Introducción a la historia universal ( Al-Muqaddimah), México, Fondo de Cultura económica, 1987, p. 20. A nuestros efectos podemos relacionarla con el concepto de conciencia de clase o voluntad colectiva para construir la autonomía política del pueblo.
[5] Obra citada, p.299-300. Debo la comunicación de este capítulo a Santiago Alba Rico, que en la jornada convocada por Espai Marx, el pasado 31 de mayo de 2008 en Barcelona, habiendo yo mencionado, como tantas veces, la idea de la travesía del desierto, la completó mencionando este capítulo de Ibn Jaldún.
[6] Se notará enseguida que me refiero a gentes como Robespierre, Saint-Just, Couthon o Coupé de l’Oise.
[7] Para el asunto de la Constituyente véase LISA, Athos, Discusión política con Gramsci en la cárcel, in Escritos políticos, ob.cit., pp. Véase también Fiori, Giuseppe, Gramsci, Togliatti, Stalin ,Sagitari Laterza, Roma, 1991, y del mismo autor, Vida de Antonio Gramsci, Ediciones Península, Barcelona, 1976.
[8] ARISTÓTELES, Política, Libro tercero, capítulos VII, VIII y IX, Madrid, alianza Editorial, 1993, pp. 120-125.
[9] Rousseau, J.J., El contrato social, Libro tercero, capítulos II, III, IV, V, VI, Edimat libros, Madrid, 1999, pp. 106-121. .
[10] Robespierre, Maximilien, Sobre los principios de moral política que deben guiar la convención nacional en la administración interior de la república, 5 de febrero de 1794. Incluido en: Por la felicidad y por la libertad, Traducción de Joan Tafalla, Ediciones El Viejo Topo, Barcelona, 2005, pp. 246-247.
[11] Algún alma republicana simple llegó a concebir alguna esperanza cuando Aznar coqueteó con el republicanismo y llegó a reivindicar torticeramente la figura de Manuel Azaña.
[12] MIRAS, Joaquín, Repensar la politica. refundar la izquierda. historia y desarrollo posible de la tradicion en la democracia. Ed. EL Viejo Topo, Barcelona, 2001.
[13] Robespierre, Maximilien, “Proyecto de declaración de los derechos del hombre y del ciudadano”, en Obra citada, pp. 194-202.
[14] Robespierre, Maximilien, “Sobre la Constitución”. 10 de mayo de 1793, en Obra citada, pp. 203-219.
[15] Robespierre, Maximilien, Sobre los principios de moral política que deben guiar la convención nacional en la administración interior de la república, 5 de febrero de 1794, en Obra citada, pp. 231-264.
[16] Saint-Just, Louis Antoine, “Discurso sobre la Constitución de Francia”, 24 de abril de 1793, en La libertad pasó... Obra citada, pp.72- 84.
[17] Saint-Just, Louis Antoine , “Ensayo de Constitución”, 24 de abril de 1793, en La libertad pasó... Obra citada, pp. 85- 104.
[18] COUPÉ, Jacques-Michel, “Des idées simples sur constitution”, Paris, Imprimerie Nationale, 1793. BN, 8-LE38-237 y Archives Nationales, AD XVIIIc 260, nº 2,3,4,5,6,7 et 8.
[19] “Bon sens du peuple”. Es la constante de la obra de Coupé, en todos los terrenos. El sentido común, el buen sentido del pueblo, que es portador de la ley natural. Eso hace de Coupé un verdadero demócrata en el sentido estricto.
[20] Véase el discurso sobre las ciencias de Rousseau. En cambio en el tema del maquiavelismo, Coupé sostiene el mismo prejuicio antimaquiavélico que Robespierre. No es el caso de Rousseau, véase el Contrato social.
[21] Comitente, “commetant” en francés. Término de uso corriente durante la revolución francesa que no significa otra cosa que el ciudadano que elige un representante con mandato imperativo.
[22] Mediocridad no debe tomarse en este autores como un insulto si no como una cualidad: el representante debe ser uno más de los ciudadanos, sin distinguirse de ellos.
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Etiquetas: Artículo de Joan Tafalla "Qué y cómo", democracia, Izquierda, Republicanismo


