Mostrando entradas con la etiqueta democracia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta democracia. Mostrar todas las entradas

martes, 21 de octubre de 2008

QUÉ Y CÓMO. Intervención de Joan Tafalla en la Jornada por la Refundación Republicana de la Izquierda(Cuenca, 11 de octubre de 2008)


Refundación republicana de la izquierda.
Cuenca, 11 de octubre de 2008.

De la importancia del qué hacer y del cómo hacer.


“Las instituciones son la garantía del gobierno
de un pueblo libre contra la corrupción de
costumbres, y la garantía del pueblo y del
ciudadano contra la corrupción del gobierno”.
Saint-Just: Las instituciones republicanas[1]


En el inicio de esta intervención me doy cuenta que el título de la misma quizás sea excesivo para mis modestas fuerzas. Siempre he deseado tener más o menos claro qué hacer y cómo hacerlo. Sin embargo, lo único que mi experiencia política me ha enseñado es, con escasas excepciones, qué cosas no hay que hacer y como no deben hacerse las cosas. Y aún así, no estoy seguro de haberlo aprendido.
Es cosa comprobada cuan difícil es comunicar y socializar la experiencia política particular. En el siglo pasado conocimos organizaciones que se encargaban de socializar y transmitir entre generaciones las experiencias colectivas con notable eficiencia. Eran los partidos de masas. Hoy, sin esas organizaciones, no sabemos a ciencia cierta si será posible trasladar la experiencia de la generación de la llamada transición, a las siguientes. No es seguro que la próxima generación de republicanos pueda evitar repetir los mismos errores que cometimos nosotros. Lancemos por lo menos un mensaje en una botella. Quizás llegue a una remota playa y sea de alguna utilidad a alguien.


1.- Qué hacer.

En 1852, el populista ruso Chernichevski escribió, encerrado en la fortaleza de Pedro y Pablo, su novela titulada “Qué hacer?”. Esa novela marcó toda una generación de combatientes contra la monarquía rusa. “¿Qué hacer?”, daba respuesta a una pregunta que es siempre crucial cuando se emprende un proyecto político. ¿Qué hacer? es la primera y esencial pregunta. No lo son, por ejemplo, ¿qué escribir?, ni: ¿qué programa enarbolar?
Si lo que discutimos hoy es el proyecto de la refundación republicana de la izquierda, bueno será empezar por responder a la pregunta: ¿Qué hacer? Para poder contestar esa pregunta es preciso ponerse de acuerdo en qué momento y circunstancia nos encontramos. Empecemos por una primera afirmación:

Estamos en una travesía del desierto. Estamos en una lenta y difícil acumulación de fuerzas. No hay atajos: ni el hiperactivismo republicano ni el institucionalismo nos traerán la República.

Tras la gran derrota del republicanismo y de la ruptura democrática durante la transición y, concretamente, desde 1980-1981, unos pocos ( demasiado pocos) venimos haciendo política con plena conciencia estar en una travesía del desierto. Todos los intentos y aventuras políticas en las que nos hemos embarcado durante más de 25 años, las hemos emprendido con plena conciencia de que era preciso abrir un lentísimo proceso de acumulación de fuerzas y de recomposición social de un nuevo bloque histórico democrático-popular con la esperanza de que “mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor”[2].
La metáfora de la travesía del desierto ha sido, desde entonces, una constante en nuestra conciencia política. Esta metáfora obedece a un determinado análisis político-social que aquí no podemos compartir con vosotros por falta de tiempo, pero que puede resumirse en la conciencia de la tremenda derrota sufrida por el republicanismo político durante la transición. Es un análisis que se desprende de la aplicación de dos categorías políticas procedentes de un clásico italiano del republicanismo del siglo XX al análisis de nuestra transición. Nos referimos a las categorías de revolución pasiva y de transformismo[3]. Esa conciencia de la derrota no ha significado, en algunos de nosotros ni la claudicación ni la resignación a la marginalidad política.
También han sido constantes durante todos estos años, la sorpresa y, en ocasiones, la desazón que nos producía que esa misma metáfora no fuera compartida por la mayoría de las direcciones políticas de la izquierda, en sus diversas versiones, desde la más adaptada a la más inconformista. Éstas, en general, han creído caminar de victoria en victoria hasta la actual derrota final. Hay que confesar que, en ocasiones, nuestra desazón ha sido sustituida por el escándalo: cada vez que tímidamente nos atrevíamos a hacer aflorar la idea de la travesía del desierto y la exponíamos en público, el análisis social que la justifica y las tareas que se desprenden de la misma han sido combatidas por esas mismas direcciones políticas con una energía digna de mejor objetivo.
La Muqadimah del fundador de la ciencia política moderna, Ibn Jaldún ( 1332-1406) quizás nos aclare alguna cosa. En el capítulo XIX, titulado : “Una tribu que ha vivido en el envilecimiento y la servidumbre es incapaz de fundar un reino”, Ibn Jaldun explica por que razón la travesía del desierto de los judíos huidos de Egipto duró cuarenta años. No puedo resistir la tentación de leeros el pasaje. A menudo los clásicos, explican algunas cuestiones mucho mejor que veinte páginas de prolijos razonamientos. Dice Ibn Jaldún:

“Los versículos que acabamos de citar tienen un alcance de fácil comprensión: la pena de aquél extravío implicaba una sabia finalidad: el aniquilamiento de la población que se había substraído a la opresión y la humillación de las que se había colmado en la tierra egipcia; población sin ánimo alguno, que se había resignado a la degradación y la desintegración de su espíritu de solidaridad e independencia: Pues para reemplazar a aquella generación, se hacía preciso otra, nacida y formada en aquel desierto, horda que no hubiere jamás padecido opresiones y que desconociese subyugaciones extrañas y poderes despóticos. De esta disposición de la Providencia, una nueva asabiya[4] surge en los israelitas deparándoles la potencia de reclamar y vencer. Todo esto muestra que el periodo de cuarenta años es lo bastante para hacer desaparecer una generación y surgir otra”[5].

La generación que vivió la transición no puede protagonizar ninguna refundación republicana de la izquierda por la razón básica aducida por Ibn Jaldún: se trata de una generación que: “se había resignado a la degradación y a la desintegración de su espíritu de solidaridad e independencia”.
Alguna alma bendita podrá decir: “No yo. Yo individualmente o en pequeño grupo, me he salvado del pecado de la degradación y de la desintegración de mi espíritu de solidaridad e independencia”. Podremos preguntarle pues: “¿Donde está la nueva asabiya, la nueva voluntad colectiva masiva, construida por ti o con tu ayuda?”
Por que la degradación y falta de autonomía de nuestra generación no sólo tienen la cara del transformismo y de la cooptación. Aquellos que no se resignaron, los grupos de la extrema izquierda, tampoco consiguieron con su denuncia del institucionalismo, salir de la marginalidad política. Trataron de ocultarse a sí mismos su impotencia mediante un hiper-activismo que les condujeron al agotamiento.
Las dos caras de esta generación han sido el hiper-activismo, de un lado, y el institucionalismo y la cooptación, de otro. Que son dos caras del mismo problema general de la izquierda: el elitismo.
Mi intervención de hoy pretende defender una concepción democrática de la construcción de la tercera república. Una concepción opuesta a la elitista. Partiré de una idea sostenida por los republicanos más puros de la época contemporánea[6]: la idea del buen sentido del pueblo. Me fundaré en la idea de que la república es asunto del común de los mortales, o del pueblo soberano y no de las élites políticas. La refundación del republicanismo de izquierdas me parece asunto de costumbres y de cultura política de masas. La construcción de la tercera república es cuestión de acumulación de fuerzas, de “reforma intelectual y moral”, como diría aquel republicano italiano mencionado más arriba, que tras la derrota de 1924, reclamaba desde la cárcel una Constituyente Republicana y, por tanto, una real acumulación de fuerzas sociales y políticas [7]. Quizás era el único italiano de su generación que había tomado nota del significado de la victoria fascismo, trataba de analizarla y de extraer consecuencias. Mientras, aquellos que no habían entendido la profundidad de la derrota sufrida, continuaban mandando los restos de las tropas a la “lucha final” es decir, a nuevas derrotas que imposibilitaban cualquier acumulación de fuerzas.
Parto, pues, de la idea del agotamiento definitivo del elitismo hiper-activista y de su otra cara, el institucionalismo, como métodos de acumulación de fuerzas. El hiper-activismo no sirve como vía por su carácter voluntarista, antidemocrático y alienante. El institucionalismo no sirve, no sólo por estos pecados, si no por otros aún mayores: la cooptación y el transformismo. Así que lo que la revolución pasiva de la transición ha agotado ha sido la cultura política de toda una generación, o quizás, de todo un siglo. La nuestra.
Quizás nuestra única aspiración sea ya transmitir a las generaciones futuras la idea de que es necesaria otra forma de hacer política. Quizás de lo que se trata es de refundar la política. Aunque nadie pueda garantizar que tal cosa es posible.
Con la recomendación de leer por entero el capítulo XIX de la Muqadimah, pasemos a nuestra segunda afirmación:

La segunda república no la trajeron los políticos de la restauración, la trajo el pueblo soberano, tras larguísima (más de cincuenta años) acumulación de fuerzas. Al contrario: son precisamente los políticos de la restauración incrustados en el gobierno provisional y en las Cortes Constituyentes los que hacen que la segunda república pierda la ocasión de realizar aquellas cosas que proclamaba en su Constitución y, por lo tanto, se eche a perder. Por decirlo corto y llano: la segunda república anduvo falta de jacobinismo, o éste llegó demasiado tarde.

La segunda república no nació en 1931 en los ayuntamientos o en las Cortes Constituyentes. La segunda república nació mucho antes. Nació al día siguiente del golpe de estado de Pavía. Y nacía en cada barrio, en cada fábrica, en cada cortijo. Nacía allí donde se reunían ciudadanos y trabajadores a charlar, a leer algún “buen papel”, o a tomar la palabra por orden y a llegar a acuerdos de acción y a escribirlos en un acta.
Creció en el ateneo republicano, en la casa del pueblo o en el ateneo libertario, nació en la cooperativa obrera o en el sindicato, se llamase éste UGT o CNT. Nació y creció en la cooperación y en la asociación. Nació y creció con la difusión las costumbres, de las instituciones y de la cultura republicanas que se contraponían a las costumbres del despotismo y de la tiranía. En 1931 la segunda república, ya muy crecida socialmente, ya construida en el tejido social, entendida como bloque social y popular, aprovechó la crisis de régimen oligárquico, para tratar de establecerse. Esa sociedad civil alternativa, esa república de la calle y del campo, que había crecido en los intersticios de la sociedad del antiguo régimen, necesitaba del poder estatal para poder, mediante las leyes, imponer las nuevas costumbres republicanas.
Es preciso decirnos de nuevo, una y otra vez hasta que nos lo creamos de verdad, demostrarnos con hechos y argumentos, que la segunda república no la trajeron las fracciones de la extrema izquierda de la clase política de la Restauración. No la trajeron Maura, ni Lerroux, ni Alcalá Zamora. Ni tan sólo la trajo la conspiración y el pacto de San Sebastián. La trajo el pueblo soberano en un lento y progresivo proceso de constitución como eso mismo: como pueblo soberano. Por mi parte propongo una lectura del Pacto de San Sebastián, como un fruto de la república que crece desde abajo y no al revés.
Sentar esa afirmación es decisivo para ponerse de acuerdo en el cómo suceden las cosas y como sucederán en el futuro (si venturosamente suceden). En primer lugar por que no es cierto que la Segunda fuera una república sin republicanos como quieren demostrar algunos. Que la república no fue un paréntesis artificial en nuestro país. Que no fue el fruto de conspiraciones elitistas, fueran éstas judeo-masónicas o rojo-separatistas. El golpe militar fascista no vino a restablecer ninguna situación natural o primigenia en España. Lo que era conforme a la naturaleza y a su derecho en España, no era la monarquía ni el fascismo que le antecede, si no, por el contrario, la república y la democracia.
La llegada de la República fue un fenómeno de masas y no simplemente de elites. Si no se entiende esto no se puede entender por que el fascismo tuvo de realizar a partir de 1936, un genocidio sistemático pueblo a pueblo, barrio a barrio, empresa a empresa. No se puede entender que segase tan a ras de suelo, tratando de no dejar ni una brizna.
Los problemas centrales de la que se proclamó república de trabajadores de todas las clases, eran los problemas de las más amplias masas populares: la propiedad de la tierra, la cuestión social, la separación de la iglesia y del estado, la cuestión nacional, así como la cuestión colonial y la emancipación de las mujeres. Los hombres que votaron las candidaturas republicanas el día 13 de abril sentían las consecuencias de estos problemas y deseaban su solución. Fueron los políticos procedentes de la clase política de la Restauración, convenientemente disfrazados de “republicanos de toda la vida”, fue una parte de la nueva clase política republicana los que, con sus dilaciones, con sus cortinas de humo, con sus incapacidades y miedos, hicieron imposible que el campesino obtuviera sus tierras, que las cuestiones social, nacional y colonial se resolviesen por las vías de la democracia y del progreso social.
Ello debe ser dicho sin menoscabo de otra parte de la clase política republicana, que obró a su mejor y leal saber y entender. Pero que, sin embargo, no obró con el espíritu jacobino que la situación exigía.
Cuando hacemos ejercicio de memoria histórica no deberíamos dejar que la nostalgia nublase nuestros ojos más allá de lo necesario.

Vayamos ahora a nuestra tercera afirmación ante la pregunta ¿Qué hacer?:

El dilema de hoy no es república o monarquía. El problema es Monarquía o democracia.

En los años previos a la transición, el astuto dirigente de la principal fuerza de la oposición anti-franquista sorprendió a propios y extraños con una extraña consigna: “El problema no es república o monarquía. El problema es dictadura o democracia”.
Esa consigna sonaba a oráculo sabio, mostrando el camino doloroso pero fecundo del “realismo”. Encontraba argumentos en hechos dolorosamente vividos por nosotros en aquellos años: en 1973 en Chile se estableció una dictadura fascista sin cambiarle a Chile su carácter jurídicamente republicano. Lo mismo que en Alemania en 1933. En cambio en algunos países del Norte, monarquías “democráticas” habían permitido a la socialdemocracia crear paraísos sociales, al menos vistos desde el páramo social de nuestra España de entonces. Miles de españoles emigrantes se encargaban de explicar a sus familias y vecinos, las maravillas de estos países en sus cartas o durante sus vacaciones.
Luego, nos decía ese astuto personaje (cuya astucia admirábamos estúpidamente y no esforzábamos en imitar con una energía digna de mejor causa): lo importante es la democracia, no la república. No sea que perdamos el pájaro abriendo la mano tratando de capturar cien más. O más: no se puede capturar la luna reflejada en el río, con ayuda de un cesto de mimbre. Aún más: no es bueno, no se puede y no se debe querer la luna.
La salida, lo sabemos, fue muy otra: la renuncia a la república, nos dejó sin democracia. Las clases dominantes, ante la crisis de una determinada forma de dominación procedieron a concedernos una monarquía constitucional. Erróneamente empezamos a denominar el constitucionalismo monárquico como democracia.
En realidad se trataba de una actualización de la Restauración. Con su turno de partidos, con su ley electoral que defrauda la soberanía la popular, con su izquierda constitucional del Parlamento ( la izquierda de su majestad), con su cooptación y su transformismo... En definitiva, la segunda revolución pasiva sufrida por España. En poco más de un siglo.
Las innegables libertades concedidas ( innegables sobretodo por comparación con la dictadura), se fueron transformando, a medida que pasaba el tiempo, en la libertad del grande para aplastar o comerse al chico. Esta afirmación vale tanto para las libertades políticas básicas, como para el apartado económico y social.
Y es que de nuevo el juego de espejos de las palabras nos jugó una mala pasada. Como en toda revolución pasiva, la hegemonía de las clases dominantes se jugó en muchos terrenos, pero el terreno principal y primero, fue el de las palabras. No hará falta detenerse aquí, entre nosotros a demostrar que las palabras son el soporte de los conceptos con que pensamos. Que la suma de campos semánticos puestos a nuestra disposición por la cultura, condiciona no sólo los significados que damos a las palabras, si no también la propia lógica del discurso.
Cómo dijera en célebre ocasión Humpty Dumpty a Alicia, lo importante no es lo que las palabras significan realmente para cada uno de nosotros, lo importante es saber quien tiene el poder para determinar el significado de las palabras. Y república, dictadura, democracia y monarquía son palabras que usamos con demasiada alegría, sin atender al significado real de las mismas, aceptando sin mayores problemas el significado impuesto por el enemigo. Si continuamos usando esas palabras con la ligereza que nos caracteriza volveremos sin duda a cometer los mismos o similares errores. La lógica de nuestro discurso nos llevará a ello.
Una primera precaución será volver a la división tripartita que conocemos desde Aristóteles[8] y que era compartida por Rousseau[9], permite una mejor comprensión de las cosas que nos pasan. Recordemos: los regímenes políticos son tres: monarquía, aristocracia y democracia, con sus correspondientes degeneraciones ( tiranía, oligarquía y anarquía) y con regímenes mixtos. Existe monarquía cuando el poder lo detenta uno, aristocracia cuando detenta una élite y democracia cuando lo ostenta el pueblo.
En esta división lo importante no es si el monarca es producto de una elección popular y democrática o bien si es producto de un acto sexual con finalidad reproductiva sucesoria. La forma de elección del monarca pasa a ser una anécdota, al lado de hechos más trascendentes. Existen o han existido repúblicas de carácter aristocrático: Roma, Venecia, Florencia, Génova. Han existido regímenes jurídicamente republicanos que en realidad son monárquicos como algunas de las dictaduras del siglo XX, o como la República francesa desde de Gaulle hasta aquí. Han existido repúblicas cuya representación política se elige por sufragio universal, es decir de forma supuestamente democrática, donde nunca ha dejado de dominar una pequeña oligarquía capitalista.
Efectivamente, como decía el astuto dirigente, lo que se jugaba en la transición no era simplemente el dilema dictadura o república. Lo que se decidía realmente era dictadura o democracia. Pero el astuto dirigente nos mentía, o se mentía a sí mismo (quien sabe) cuando hacía un uso trucado de las palabras. Para él, democracia era un sinónimo de monarquía constitucional. Por tanto, se trataba de renunciar a la república para conseguir un régimen que, ni Aristóteles ni Rousseau, hubieran llamado jamás democracia.
Hoy nos queda claro que para conseguir la democracia era preciso derrotar el intento de la oligarquía de proceder a un cambio de forma de dominación para seguir dominando. Era preciso derrotar el intento de la oligarquía de pasar de la forma de dominación fascista a una monarquía constitucional. Para conseguir la democracia era preciso derrotar el intento monárquico de transición y establecer la república. Una cosa tan simple era de sentido común en 1945, en Italia tras la caída del fascismo. Es que las fuerzas republicanas italianas procedentes de la resistencia antifascista, no estaban por la labor de una revolución pasiva.
Cuando las palabras no habían perdido su valor primigenio y aún no habían sido secuestradas por la oligarquía, un político justo y fraternal, señaló como la república, no puede existir sin la democracia. Son palabras dignas de ser rescatadas del olvido y ahí van:

“¿Qué clase de gobierno puede realizar estos prodigios? Únicamente el gobierno democrático o republicano. Estas dos palabras son sinónimas, a pesar de los abusos del lenguaje vulgar; pues la aristocracia no es más republicana que la monarquía... La democracia es un estado en el que el pueblo soberano, guiado por leyes que son obra suya, hace por sí mismo todo lo que puede hacer, y mediante delegados todo lo que no puede hacer por sí mismo... debéis buscar las reglas de vuestra conducta en los principios del gobierno democrático... la esencia de la república o de la democracia es la igualdad, se concluye de ello que el amor a la patria abarca necesariamente el amor a la igualdad... ese sentimiento sublime supone la prioridad del interés público sobre el interés privado”[10]

Cuando afirmo que el problema hoy, en España es Monarquía o Democracia, me estoy refiriendo a que no tendría ningún sentido conseguir hoy en España un cambio en la forma de elegir el Jefe del estado pasando del método genital, al sufragio universal, si éste hecho no viniese acompañado de la instauración de una verdadera democracia[11].
Me refiero, además a la necesidad de entender la democracia no tanto como un estado final, si no como un movimiento. Sobre este tema ha insistido en repetidas ocasiones mi compañero, y sin embargo amigo, Joaquín Miras. A su libro y a sus numerosas intervenciones, incluida la de hoy mismo, me remito[12].
El problema hoy, en España no es la mayor o menor inminencia de la caída de la monarquía, como fruto de nuestro hiper-activismo republicano. El problema hoy es la construcción de un movimiento de masas republicano, democrático y popular. Este es el qué hacer de hoy y no otro.
Y construir ese movimiento no es cosa que se vaya hacer por minorías ni por élites, es algo que será producto de las grandes contradicciones y de los grandes problemas que padecen las masas populares, así como de la experiencia colectiva de las luchas por sus derechos sociales y políticos y de las nuevas formas de socialización y organización de las que el pueblo soberano se vaya dotando a partir de su experiencia.
Este sabio y necesario realismo sobre las capacidades reales de las minorías republicanas para ayudar a la venida de la república, no implica que se esté predicando la inactividad política. Lo que se predica aquí solo es que tratemos de acertar hoy, tras nuestra enésima derrota, en la respuesta a una pregunta clave: ¿Qué hacer?
Nuestra respuesta viene resumida pues en nuestra cuarta afirmación:

Lo que debemos hacer es ayudar a la construcción de la democracia, es decir del movimiento, o por decirlo de nuevo con las palabras de nuestro clásico italiano, del bloque histórico que debe poner los fundamentos de la tercera república.


2.- ¿Cómo hacerlo?

Una vez establecido qué hay que hacer, el problema principal que se nos plantea es el de cómo hacerlo.
Os propongo hacer un breve paseo por la cultura republicana de una minoría democrática actuante durante la primera de las repúblicas democráticas y populares de la contemporaneidad: aquella que se vivió en Francia durante unos pocos meses: entre el 20 de septiembre de 1792 y el 9 de Thermidor de 1794. Quiero traer a colación un discurso y una filosofía política y un quehacer injustamente olvidados, que deberían ser para cualquier republicano, una especie de guía para la acción.
De los clásicos se aprende siempre que no hagamos el papanatas. No pretendo aquí traer a la actualidad las propuestas concretas de una situación totalmente diferente a la nuestra. Sólo pretendo recordar, algunos de los criterios que permitieron que durante la revolución francesa se produjese un fenómeno formidable: la convergencia entre el sentido común popular y el pensamiento republicano y democrático. Si tratamos aquí de la refundación republicana de la izquierda, quizás el repaso logre tener algún interés.
Me centraré exclusivamente en un momento crucial de esta historia como es el invierno-primavera de 1793 en que, una vez resuelto adecuadamente el asunto del ciudadano Luis Capeto, la flamante república intenta dotarse de una Constitución. Tras ese debate, aparentemente jurídico, encontraremos la sustancia del republicanismo democrático opuesta al enjuague girondino, que pretendía una república que debía servir a una nueva aristocracia naciente: la del dinero. En los textos que voy a presentar veremos como la república democrática se opone a la república aristocrática. Ese republicanismo democrático no sólo era un conjunto de propuestas políticas, si no un estilo de hacer política: el estilo democrático. Era una forma de ser: la virtud republicana. Era un intento, seguramente el más emocionante de toda la historia de conjugar la moral con la política.
Frente a la propuesta de Constitución centralista, aristocrática y delegativa presentada por Condorcet el 23 de febrero de 1793, se alzan diversas voces. Trataré de reflejar algunas de las propuestas de Saint-Just, Robespierre y del cura jacobino Jacques Michel Coupé de l`Oise. Usaré para ello seis textos:

Maximilien Robespierre.

1. “Proyecto de declaración de los derechos del hombre y del ciudadano”, 24 de febrero de 1793[13].
2. “Sobre la Constitución”. 10 de mayo de 1793[14].
3. Sobre los principios de moral política que deben guiar la convención nacional en la administración interior de la república, 5 de febrero de 1794[15].

Louis Antoine Saint Just

4. “Discurso sobre la Constitución de Francia”. 24 de abril de 1793[16].
5. “Ensayo de Constitución”. 24 de abril de 1793[17].

Jacques-Michel Coupé ( de l’Oise).

6. “Des idées simples sur constitution” [18].


Las expondré clasificándolas por temas:

a.- El buen sentido del pueblo.

Louis Antoine Saint Just “Discurso sobre la Constitución de Francia”. 24 de abril de 1793
“Todo pueblo tiende a la virtud y a la victoria; no se le fuerza, se le conduce mediante la sabiduría. Es fácil gobernar al francés; le hace falta una constitución dulce sin que ésta pierda nada de su rectitud. Este pueblo es vivo y apropiado para la democracia; pero no se le debe cansar demasiado con las molestias de los asuntos públicos; debe ser regido sin debilidad, pero tampoco debe sufrir coacción”

Jacques-Michel Coupé ( de l’Oise). “Des idées simples sur constitution”

“La naturaleza lo ha hecho todo por sus hijos. El buen sentido del pueblo conoce al respecto todo que es preciso saber[19]. Mirad lo que es el pueblo, lo que ha sido siempre durante nuestra revolución, siempre por delante y por encima de sus legisladores, de los sabios, de los políticos, ya sea por la sabiduría de sus leyes, ya sea por su espíritu de libertad. En demasiadas ocasiones, parecía que ellos trabajaban sólo para contrariarlo y encadenarlo de nuevo”

b.- La soberanía del pueblo.

Robespierre. “Proyecto de declaración de los derechos del hombre y del ciudadano”, 24 de febrero de 1793.

“XIV. El pueblo es soberano: el gobierno es su obra y su propiedad, los funcionarios públicos son sus mandatarios. El pueblo puede, cuando así lo considere, cambiar su gobierno y revocar a sus mandatarios (...)
XXII. Todos los ciudadanos tienen derecho igual a participar en el nombramiento de los mandatarios del pueblo, y en la elaboración de la ley.
XXIII. Para que estos derechos no sean ilusorios y la igualdad quimérica, la sociedad debe dar un salario a los funcionarios públicos y hacer que todos los ciudadanos que viven de su trabajo puedan asistir a las asambleas públicas donde los convoca la ley sin comprometer su existencia, ni la de su familia (...)”

Louis Antoine Saint Just “Discurso sobre la Constitución de Francia”. 24 de abril de 1793.

“Cuando hablo de representación del pueblo no entiendo que su soberanía sea representada: simplemente se delibera en su lugar y el pueblo acepta o rechaza”.


c.- Cómo ejerce el pueblo su soberanía sobre sus mandatarios.

Jacques-Michel Coupé ( de l’Oise). “Des idées simples sur constitution”

“Asambleas soberanas.
El pueblo, disperso allá donde vive, es libre de reunirse cuando lo juzgue conveniente y del modo que decida. Una vez reunido, el pueblo no es otra cosa que lo que él quiera ser. Todas las leyes callan. Él mantiene las leyes que existen o se da otras mejores. Está fuera de razón que el pueblo pueda seguir otras leyes que las que él ha adoptado.
Asamblea mandataria
Un pueblo compuesto por veinticuatro millones de hombres no puede administrar la cosa común individualmente. Es indispensable que escoja hombres virtuosos e inteligentes, a quienes entregue sus poderes y les indique su voluntad para velar por los intereses comunes, proponer leyes en beneficio de todos y después de su aceptación solemne, ejecutar y administrar según la voluntad general.

Administración general.

La cosa pública, en su totalidad se confía a la Asamblea mandataria: es fácil ver que ella sea responsable y solidaria por la totalidad de la administración, y que ella nombre un cierto número de sus miembros, trimestralmente por ejemplo, para encargarles de la ejecución.
Hay que rechazar los prejuicios que no pueden existir entre nosotros, y poner a fin a la existencia del poder ejecutivo y de los ministros (...)
Debemos hacer una cosa muy simple: controlar y contener a nuestros mandatarios. No debemos dejar este cuidado a otros mandatarios. Tampoco debemos recurrir otros mandatarios para equilibrar el poder que delegamos.
No multipliquemos los organismos, no embrollemos lo que siempre debe estar claro. Guardémonos de dividir una acción que debe ser una; guardémonos al propio tiempo, de dividir los hombres y los intereses”.

d.- El peor enemigo del pueblo es su gobierno.

Robespierre. “Proyecto de declaración de los derechos del hombre y del ciudadano”, 24 de febrero de 1793

“XIX. (...) Toda institución que no suponga que el pueblo es bueno y el funcionario corruptible, está viciada”.

Robespierre: “Sobre la Constitución”. 10 de mayo de 1793.

“Los males de la sociedad no provienen jamás del pueblo, sino del gobierno. ¿Cómo podría ser de otro modo? El interés del pueblo es el bien público. El interés del hombre con poder es un interés privado. Para ser bueno, el pueblo no tiene otra necesidad que la de preferirse a sí mismo frente a lo que le es extraño. Para ser bueno es preciso que el magistrado se inmole a sí mismo a favor del pueblo... Concluid, pues, que el primer objetivo de toda constitución debe ser defender la libertad pública e individual contra el propio gobierno... La corrupción de los gobiernos tiene su origen en el exceso de su poder y en su independencia en relación con el soberano. Remediad este doble abuso”.

Louis Antoine Saint Just “Discurso sobre la Constitución de Francia”. 24 de abril de 1793.

“Habéis decretado que una generación no puede encadenar a otra; pero las generaciones fluctúan entre sí; todas están en minoría, y son demasiado débiles para reclamar sus derechos. No basta con decretar los derechos de los hombres; puede suceder que un tirano se eleve y se arme incluso con estos derechos contra el pueblo; y el pueblo más oprimido sería aquel que, por una tiranía llena de dulzor, lo fuese en nombre de us propios derechos”.

Jacques-Michel Coupé ( de l’Oise). “Des idées simples sur constitution”

“No queremos esta politica sublime ni este arte filosófico de gobernar. El gobierno es para los déspotas. Queremos una administración vulgaire, proba, al alcance de todos los ciudadanos. No confiamos en estos planes sabios. La ciencia en este tema es engaño y maquiavelismo[20]. Es el gobierno puesto fuera del alcance del pueblo y contra el pueblo”.

e.- La desconfianza hacia los mandatarios.

Robespierre: “Sobre la Constitución”. 10 de mayo de 1793.

“ Un pueblo cuyos mandatarios no deben dar cuenta de su gestión a nadie no tiene constitución. Un pueblo cuyos mandatarios sólo rinden cuentas a otros mandatarios inviolables, no tiene constitución, ya que depende de éstos traicionarlo impunemente y dejar que lo traicionen los otros... En todo estado libre, los crímenes públicos de los magistrados deben ser castigados tan severa y fácilmente como los crímenes privados de los ciudadanos. Y el poder de reprimir los atentados del gobierno debe retornar al soberano.”

Jacques-Michel Coupé ( de l’Oise). “Des idées simples sur constitution”

Vigilancia y precauciones respecto de los mandatarios del pueblo.

“La renovación de los mandatarios es fatigosa. La confianza y la costumbre son dulces: pero el mundo está lleno de sorpresas y de esclavitudes astutas; y todos estamos de acuerdo en la desconfianza.
Es totalmente necesario establecer por ley constitucional y de fijar la celebración de la asamblea general del pueblo en cada distrito cada dos años, el primer día de mayo para la renovación de los mandatarios.
Ahí está el plazo general de sus funciones ; pero deben ser revocables en todo momento, si llegan a faltar a la confianza de sus comitentes[21], y es indispensable tomar esta precaución y establecer la pena que convenga en este caso.
La publicidad de las deliberaciones, de los asuntos públicos y delas administraciones debe ser nuestra salvaguardia general en todo caso.
Por encima de todo tengamos nuestra asamblea mandataria bajo la mirada de una gran masa del pueblo, tanto para investirla de potencia y de respeto, como para estar vigilantes y ppara contenerla dentro de la religion de sus deberes (…)
La comodidad y sobretodo la política se horrorizan de tanto civismo y rigor ; pero la libertad sólo reposa sobre ellos; y si nuestros mandatarios son dignos de la libertad yd e nosotros, serán ellos mismos quienes los apelen”

f.- Jacobinismo y centralismo. La sede de la soberanía son las comunas.

Robespierre: “Sobre la Constitución”. 10 de mayo de 1793.

“ Pero antes de colocar los diques que deben defender la libertad pública contra los desbordamientos de la potencia de los magistrados, empecemos por reducirla a sus límites justos.
Una primera regla para alcanzar ese objetivo es que la duración delos mandatos debe ser corta, aplicando sobre todo este principio a aquellos cuya autoridad es más extensa.
2º Que nadie pueda ejercer diversas magistraturas al mismo tiempo.
3º que el poder esté dividido: es preferible multiplicar los funcionarios públicos que confiar una autoridad temible a algunos.
4º Que la legislación y la ejecución estén separadas cuidadosamente.
5ª que las diversas ramas de la ejecución estén lo más separadas que sea posible según la propia naturaleza de sus asuntos, y confiadas a manos diferentes (...)
Dejad en los departamentos y en manos del pueblo la porción de tributos públicos que no sea necesario depositar en la caja general, y que los gastos sean satisfechos en cada lugar, mientras sea posible (...)
Dejad a las comunas el poder de regular ellas mismas sus propios asuntos, en todo aquello que no se refiere a la administración general de la república (...).
Para acabar, por muy útiles que sean estas precauciones, aún no habréis hacho nada si no prevenís la segunda especie del abuso que he indicado, que es la independencia del gobierno”

Louis Antoine Saint Just “Ensayo de Constitución”. 24 de abril de 1793.

“Artículo VI. La soberanía de la nación reside en las comunas”


g.- La virtud republicana. Moral y política.

Robespierre, Maximilien, Sobre los principios de moral política que deben guiar la convención nacional en la administración interior de la república, 5 de febrero de 1794.

“En el sistema de la Revolución francesa, lo que es inmoral resulta contrario a la política, lo que es corruptor resulta contrarrevolucionario. La debilidad, los vicios, los prejuicios son el camino hacia la monarquía... La virtud republicana puede ser considerada con relación al pueblo y con relación al gobierno; resulta necesaria en uno y otro caso. Cuando tan sólo el gobierno carece de ella, queda aún la posibilidad de recurrir al pueblo; pero cuando hasta el pueblo mismo se ha corrompido, la libertad está ya perdida.”
“Ahora bien, ¿cuál es el principio fundamental del gobierno democrático o popular, es decir, la energía esencial que lo sostiene y lo hace moverse? Es la virtud; hablo de la virtud pública que produjo tantos prodigios en Grecia y Roma, y que debe producirlos aún mucho más en la Francia republicana; de esa virtud que no es otra cosa que el amor a la patria y a sus leyes.
Pero como la esencia de la república o de la democracia es la igualdad, se concluye de ello que el amor a la patria abarca necesariamente el amor a la igualdad.”

Louis Antoine Saint Just “Discurso sobre la Constitución de Francia”. 24 de abril de 1793.
“De lo que acabo de decir, se deriva que la mediocridad [22] de la persona que gobierna, es la fuente de las costumbres y de la libertad en un estado: es necesario que aquellos que son depositarios de vuestras leyes estén condenados a la frugalidad, con el fin de que el espíritu y los gustos públicos nazcan del amor a las leyes y a la patria”.

h.- La resistencia a la opresión.

Robespierre. “Proyecto de declaración de los derechos del hombre y del ciudadano”, 24 de febrero de 1793
XVII. Toda ley que viola los derechos imprescriptibles del hombre es esencialmente injusta y tiránica: no es, de ningún modo, una ley.
XXVII. La resistencia a la opresión es la consecuencia de los demás derechos del hombre y del ciudadano.
XXIX. Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es, para el pueblo y para cada porción del pueblo, el más indispensable de los deberes.
XXX. Cuando falta la garantía social a un ciudadano, él vuelve al derecho natural para defender por sí mismo todos sus derechos.
XXXI. En uno o en otro caso, sujetar con formas legales la resistencia a la opresión es el último refinamiento de la tiranía.”

i.- El tribuno y el pueblo.

Robespierre: “Sobre la Constitución”. 10 de mayo de 1793.

“Por esa misma razón tampoco yo soy partidario de la institución del tribunado. La historia no me ha enseñado a respetarla. Yo no confío la defensa de una causa tan grande a hombres débiles o corruptibles. La protección de los tribunos supone la esclavitud del pueblo. No me gusta nada que el pueblo de Roma se retire al Monte Sagrado para pedir protectores ante un senado despótico y unos patricios insolentes. Prefiero que se quede en Roma y que eche a todos sus tiranos. Odio tanto a los propios patricios y desprecio aún más a estos tribunos ambiciosos, estos viles mandatarios del pueblo, que venden a los grandes de Roma sus discursos y su silencio, y que no lo han defendido algunas veces más que para mercadear su libertad con sus opresores.
Sólo hay un tribuno del que yo pueda ser devoto: es el propio pueblo”.

******

Estos siete aspectos de la cultura política de los montañeses robespierristas que he tratado de resumir mediante citas de los documentos, nos muestran no sólo el qué hacer si no el cómo hacer de una política democrática.
Han pasado doscientos años de terribles experiencias políticas para que quizás intentemos un regreso actualizado a nuestros orígenes. Quizás sea hora de ir reconociendo que:
1.- No es posible hacer política democrática sin reconocer: que el pueblo es bueno y sabio por naturaleza y que es por ello que el pueblo es quién detenta la soberanía nacional. Otra alternativa sólo puede ser un régimen monárquico o aristocrático, aunque se disfracen de socialismo o de democracia.
2- Que el peor enemigo del pueblo es el poder ejecutivo. Llámese hoy a éste gobierno o poder judicial, actualmente es poder ejecutivo al mando de la plutocracia que domina. Y que precisamente por ello hay que en primer lugar contener, controlar y dividir este poder, para luego debe retornar la soberanía al pueblo.
3.- Que la representación popular es fruto del mandato del pueblo y no al revés. La representación es el origen y la fuente del secuestro de la soberanía popular y por tanto, que la asamblea legislativa única no puede ser otra cosa que mandataria.
4.- Que los mandatos deben ser cortos y las funciones y tareas deben estar lo más repartidas posible.
5.- Que el centralismo es fuente de tiranía y alejamiento del poder con respecto del pueblo. La soberanía nacional es indivisible y reside en la asamblea legislativa, por ello, el único centralismo que cabe es el centralismo legislativo. Pero la sede de la soberanía, allí donde se la aplican las leyes debe ser algo necesariamente cercana al pueblo y bajo su control. Es decir, sólo puede ser local, en pequeñas unidades donde la gente se conozca la una a la otra, donde no sea posible ocultar nada y donde la política discurra ante los ojos de todos.
6.- Que la moral no es algo ajeno a la política si no su propia sustancia. Si de algo trata la política es precisamente de moral.
7.- Que una ley que no respeta los derechos del hombre no es ley. Que una ley que no haya sido refrendada por el pueblo no es ley. Que ante decretos que se presentan como leyes y que sólo pueden ser clasificados de injustos, solo cabe la resistencia del pueblo. 8.- Y finalmente, que el mejor tribuno del pueblo es el pueblo mismo.
Soy consciente de que todos estos criterios rompen con la cultura de la izquierda del siglo XX. Que rompen con el peor de todos sus vicios y errores: el elitismo. Que es fuente por un lado del institucionalismo, así como de la burocratización y del secuestro de la soberanía popular.
Precisamente por que rompe con la cultura política de la izquierda del siglo XX, es que, volviendo al principio de mi intervención, creo que la generación de la transición no está capacitada para comprender estos principios y aplicarlos. En todas partes, cuando oye enunciar estos principios, la clase política se pone a la defensiva y levanta los fantasmas de la democracia absoluta, de la anarquía o del comunismo primitivos. En todas partes los rechaza por utópicos e irrealizables. Contrariamente a ello afirmamos serenamente que la democracia o poder del pueblo es el único orden posible y necesario.
En todas partes la clase política insulta o denigra a quienes sostienen estas ideas: locos, utópicos o milenaristas, son algunos de los calificativos usados. Por el contrario y serenamente, dado el actual estado del mundo debemos afirmar: la única locura consiste en continuar afirmando y defendiendo el actual desorden existente.
Queda las esperanza de que quizás las generaciones futuras por no se sabe que caminos hagan suyas estas ideas del republicanismo democrático. Para hacerlo deberían rechazar en los hechos las prácticas y las teorías elitistas de la clase política del siglo veinte. Si hicieran tal, contarían con la ventaja de que aquello que construyan sobre estas viejas y buenas bases de comportamiento será mucho más sólido.
Además, tendrá en cuenta todas las malas experiencias del siglo pasado. Una malas experiencias que nuestros amigos de la minoría robespierrista tuvieron la agudeza de discernir mucho antes de que sucedieran.

Joan Tafalla
Sabadell-Oix 15 septiembre- 10 octubre 2008

















2.- Como Hacerlo

2.1. Cicinnato y Robespierre.
2.2. Elitismo o democracia
Ejemplos en el republicanismo clásico: Constitución del 93, Saint-Just, Coupé, la Comuna. Comportarse cada día y cada hora democráticamente.
2.3. Reconocer el terreno. Delimitar cuales son las luchas populares donde se puede insertar y dar vida a un nuevo republicanismo de masas.
2.4. Un republicanismo de masas, se construye por abajo. Marinaleda es difícil y fácil al mismo tiempo. Demografía y democracia.


[1] Saint-Just, Louis Antoine de, La libertad pasó como una tormenta. Textos del periodo de al revolución Democrático Popular. Edición de Carlos Valmaseda. Ed. El Viejo Topo, Barcelona, 2006, p. 168.
[2] ALLENDE, Salvador, Último discurso, 11 de septiembre de 1973. Se puede leer completo en: http://www.ciudadseva.com/textos/otros/ultimodi.htm .
[3] GramscI, Antonio, Escritos políticos ( 1917-1933), Cuadernos de Pasado y Presente, México, 1977. También VOZA, Pasquale, Rivoluzione pasiva, in AAVV, Le parole de Gramsci, International Gramsci Society-Italia, Ed. Carocci, Roma, 2004.
[4] Asabiya según Ibn Jaldún sería: espíritu de grupo, lazos de sangre, consanguineidad, espíritu de tribu, espíritu de clan. Véase Estudio preliminar de Elías Trabulse a JALDUN, Ibn, Introducción a la historia universal ( Al-Muqaddimah), México, Fondo de Cultura económica, 1987, p. 20. A nuestros efectos podemos relacionarla con el concepto de conciencia de clase o voluntad colectiva para construir la autonomía política del pueblo.
[5] Obra citada, p.299-300. Debo la comunicación de este capítulo a Santiago Alba Rico, que en la jornada convocada por Espai Marx, el pasado 31 de mayo de 2008 en Barcelona, habiendo yo mencionado, como tantas veces, la idea de la travesía del desierto, la completó mencionando este capítulo de Ibn Jaldún.
[6] Se notará enseguida que me refiero a gentes como Robespierre, Saint-Just, Couthon o Coupé de l’Oise.
[7] Para el asunto de la Constituyente véase LISA, Athos, Discusión política con Gramsci en la cárcel, in Escritos políticos, ob.cit., pp. Véase también Fiori, Giuseppe, Gramsci, Togliatti, Stalin ,Sagitari Laterza, Roma, 1991, y del mismo autor, Vida de Antonio Gramsci, Ediciones Península, Barcelona, 1976.
[8] ARISTÓTELES, Política, Libro tercero, capítulos VII, VIII y IX, Madrid, alianza Editorial, 1993, pp. 120-125.
[9] Rousseau, J.J., El contrato social, Libro tercero, capítulos II, III, IV, V, VI, Edimat libros, Madrid, 1999, pp. 106-121. .
[10] Robespierre, Maximilien, Sobre los principios de moral política que deben guiar la convención nacional en la administración interior de la república, 5 de febrero de 1794. Incluido en: Por la felicidad y por la libertad, Traducción de Joan Tafalla, Ediciones El Viejo Topo, Barcelona, 2005, pp. 246-247.
[11] Algún alma republicana simple llegó a concebir alguna esperanza cuando Aznar coqueteó con el republicanismo y llegó a reivindicar torticeramente la figura de Manuel Azaña.
[12] MIRAS, Joaquín, Repensar la politica. refundar la izquierda. historia y desarrollo posible de la tradicion en la democracia. Ed. EL Viejo Topo, Barcelona, 2001.
[13] Robespierre, Maximilien, “Proyecto de declaración de los derechos del hombre y del ciudadano”, en Obra citada, pp. 194-202.
[14] Robespierre, Maximilien, “Sobre la Constitución”. 10 de mayo de 1793, en Obra citada, pp. 203-219.
[15] Robespierre, Maximilien, Sobre los principios de moral política que deben guiar la convención nacional en la administración interior de la república, 5 de febrero de 1794, en Obra citada, pp. 231-264.
[16] Saint-Just, Louis Antoine, “Discurso sobre la Constitución de Francia”, 24 de abril de 1793, en La libertad pasó... Obra citada, pp.72- 84.
[17] Saint-Just, Louis Antoine , “Ensayo de Constitución”, 24 de abril de 1793, en La libertad pasó... Obra citada, pp. 85- 104.
[18] COUPÉ, Jacques-Michel, “Des idées simples sur constitution”, Paris, Imprimerie Nationale, 1793. BN, 8-LE38-237 y Archives Nationales, AD XVIIIc 260, nº 2,3,4,5,6,7 et 8.
[19] “Bon sens du peuple”. Es la constante de la obra de Coupé, en todos los terrenos. El sentido común, el buen sentido del pueblo, que es portador de la ley natural. Eso hace de Coupé un verdadero demócrata en el sentido estricto.
[20] Véase el discurso sobre las ciencias de Rousseau. En cambio en el tema del maquiavelismo, Coupé sostiene el mismo prejuicio antimaquiavélico que Robespierre. No es el caso de Rousseau, véase el Contrato social.
[21] Comitente, “commetant” en francés. Término de uso corriente durante la revolución francesa que no significa otra cosa que el ciudadano que elige un representante con mandato imperativo.
[22] Mediocridad no debe tomarse en este autores como un insulto si no como una cualidad: el representante debe ser uno más de los ciudadanos, sin distinguirse de ellos.

jueves, 16 de octubre de 2008

REPENSAR LA POLÍTICA. Intervención de Joaquín Miras en la Jornada por la Refundación Republicana de la Izquierda (Cuenca, 11 de octubre de 2008)


REPENSAR LA POLÍTICA
Joaquín Miras Albarrán

Las jornadas que nos congregan hoy en esta ciudad de Cuenca tienen el propósito de promover una reflexión sobre la Refundación de un proyecto político de izquierdas. La razón de esta necesaria reflexión se encuentra en la grave crisis política por la que atraviesa la izquierda en nuestro país. Los organizadores, en consecuencia, han propuesto un debate de fondo que indague sobre la posibilidad de una Refundación Republicana y Democrática de la izquierda. Refundar la izquierda exige revisar, volver a pensar. Repensar lo que entendemos por política. Para ello, es conveniente que nos volvamos hacia el legado político clásico, del cual es heredera la izquierda, para inspirarnos en él. Mi modesta aportación, que deseo someter a consideración del público va a consistir, en consecuencia, en una reflexión sobre el significado de dos palabras fundamentales: “República” y “Democracia”. Palabras que han sido vaciadas de su potente –e inspirador- sentido político originario por el liberalismo, hasta resultar casi irreconocibles para la tradición en su uso trivial actual. Hemos de reconocer que la ideología liberal, surgida a comienzos del siglo XlX como instrumento de combate contra la democracia republicana que la Revolución francesa convirtió en esperanza universal, ha cosechado hasta la fecha resonantes éxitos.

La palabra “República” y la palabra “Democracia”, al igual que la palabra “ciudadanía”, la palabra “asamblea”, la palabra “soberanía”, todas ellas de uso corriente en la actualidad proceden de las lenguas y la cultura greco latina. Todas las palabras citadas y otras muchas más -dictadura, proletariado, patricios y plebeyos, ley, política - constituyen una constelación: se interrelacionan, se dan sentido las unas a las otras y pertenecen a un depósito cultural de saber político que en estos momentos estamos denominando, creo que correctamente, como republicanismo. Republicanismo es un buen término que, con este significado, ha sido fraguado en los últimos 20 o 25 años para referirnos a este depósito.

¿Qué es este republicanismo, qué es este depósito? El depósito que llamamos republicanismo es una tradición praxeológica, por usar una palabra técnica; una tradición praxeológica de pensamiento político. ¿Porqué tradición praxeológica? Con este término queremos decir que estas palabras no han sido inventadas por sabios científicos. Y que tampoco proceden del acervo intelectual esotérico de saberes especializados desarrollados por técnicos especialistas. Así, por ejemplo, que la hipotenusa es la raíz cuadrada de la suma de los catetos al cuadrado es un saber especializado que surge como consecuencia de la actividad técnica de especialistas – no de los sofói o sabios, a los que llamaríamos ahora “científicos”, pero sí de los tejnites , esto es, de técnicos artesanos-. En cambio, estas otras palabras que constituyen el lenguaje político republicano no sólo carecen de inventor preciso, sino que además no son saber especializado.
En este sentido, en el Protágoras, Platón hace decir a Sócrates: “Yo, de los atenienses como también de los otros griegos, afirmo que son sabios. Pues veo que, cuando nos congregamos en asamblea, siempre que la ciudad debe hacer algo en construcciones públicas se manda llamar a los constructores como consejeros sobre la construcción, y cuando se trata de naves, a los constructores de barcos, y así en todas las demás cosas que se consideran enseñables y aprendibles. (.) Acerca de las cosas que creen que pertenecen a un oficio técnico se comportan así. Pero cuando se trata de algo que atañe al gobierno de la ciudad y es preciso tomar una decisión, sobre estas cosas aconseja, tomando la palabra lo mismo un carpintero que un herrero, un curtidor, un mercader, un navegante, un rico o un pobre (.) y a estos nadie les echa en cara, como a los de antes, que sin aprender en parte alguna y sin haber tenido ningún maestro, intenten luego dar su consejo.” [319, b,c,d].

Tradición praxeológica quiere decir, en consecuencia, que estas palabras surgen como saber reflexionado de luchas sociales que se dieron en la historia, que estas palabras han sido mantenidas en uso a través de las generaciones, y han cambiado incluso de sentido y se han enriquecido, como consecuencia y resultado de las mismas luchas sociales que han ido produciéndose tras la aparición de esa tradición de pensamiento, a lo largo de la historia. En todo caso estas palabras son el producto de un saber segundo, el resultado de la reflexión de individuos que se pusieron a pensar sobre la experiencia de lucha, -y las experiencias de lucha han de ser colectivas, sociales-, e intentaron mediante esta reflexión sobre su propia acción, recoger su experiencia de vida en palabras, en expresiones.

En el origen, esas palabras y esa tradición que hoy denominamos con el término “republicanista” o “republicana”, son resultado de la praxis, o actividad política generada como consecuencia de las luchas de clases de la antigüedad clásica en Grecia y también en Roma, porque hubo lucha de clases en la clasicidad, la clasicidad se constituye como consecuencia de las luchas políticas de clase. Como sabemos hay algunos historiadores que pretenden que la lucha de clases, en todo caso, surge en el siglo XVIII, y que antes no había habido lucha de clases. Para desmentir estas opiniones basta con leer a los mismos autores clásicos, griegos y latinos: basta leer a Tucídides, a Platón, a Aristóteles, a Tito Livio, y comprobaremos tanto la claridad de conciencia de estos autores sobre el asunto, cuanto la importancia de las luchas de clases en la antigüedad.
En consecuencia, todo este acervo de pensamiento político, que denominamos republicanismo surge como praxeología, como saber colectivo, deliberado, porque además aquellos sujetos colectivos eran deliberantes. El republicanismo es lenguaje que surge de esa acción, de esa praxis.

¿Cuáles son las ideas matriciales de toda esta praxeología republicana? Que el individuo es un ser social, que los seres humanos no podemos vivir, como tales, si no hay sociedad, esto es, si no estamos en relación los unos con los otros. Desde que nacemos, durante nuestro periodo como “crías”, necesitamos ser atendidos, hasta un grado y durante una cantidad de tiempo muy superiores a los de ningún otro animal. Luego, como adultos, necesitamos de saberes y recursos anteriormente objetivados para poder producir y ganarnos la vida, necesitamos organizarnos con otras personas para producir, y necesitamos intercambiar, además, con los productos de otras muchas personas más. Necesitamos de la sociedad permanentemente, somos, precisamente, individuos singulares gracias a que somos seres sociales. Lo que nos construye como individualidades, como singularidades, cosa que en los animales no existe, es precisamente la libertad potencial que nos otorga frente a la naturaleza la sociedad, somos su resultado, somos seres sociales.

La segunda idea es que, por lo tanto y en consecuencia, el orden social que organice la sociedad, la estructuración interna de la comunidad, la organización, la forma como esté constituida la sociedad, resulta fundamental. Según cómo la sociedad esté organizada, podremos ser libres o esclavos, podremos ser felices o infelices. Por lo tanto, el orden social tiene que ser objeto de deliberación fundamental para nosotros. Ese orden ha de ser tal, que los individuos podamos ser capaces de controlarlo. Si no controlamos el orden social del que depende nuestra vida, estaremos en manos ajenas. La actividad intelectual y práctica que reflexiona sobre el tipo de orden social existente y sus consecuencias y sobre las medidas y luchas a promover para cambiarlo, esa actividad, esa deliberación, es la política. La política es el medio que nos permite controlar –políticamente- ese orden para que podamos ser –si queremos ser - libres y felices.

Libertad y felicidad son las palabras fundamentales, como valores, para los individuos de esa tradición republicana. Libre ¿Qué quiere decir ser libre? Libre quiere decir no ser dominado. Este es el concepto de libertad que ha atravesado 2500 años. Este concepto de libertad entendida como no ser dominado, no tener amo, pertenece al sentido común, es, como dijimos, praxeología. Los conceptos de esta tradición praxeológica, que son magníficos, recogen la experiencia común y apelan a la experiencia común, son conceptos sencillos, porque surgen como saberes de luchas, como saberes experienciales. Libertad: no tener amo. Si libertad es no tener amo, esto exige como condición que tenemos que poseer para ello los medios que nos permitan ganarnos el sustento. Si para ganarnos la vida la sociedad no nos permite disponer de los medios necesarios, tendremos que pedir prestados los medios o el sustento, dependeremos de voluntades ajenas, no seremos libres. El hombre libre es el hombre al que la sociedad le pone en condiciones de poder ganarse el sustento con sus propios medios (muy pocos de los aquí presentes somos libres). Desde esta tradición, el asalariado es esclavo y por lo tanto, no es ciudadano. La libertad es la posibilidad de dirigir uno mismo la propia actividad sin dependencia de nadie. Y el que, para ganarse la vida, tiene que ofrecerse a alguien para que le dé a cambio algo, el salario, es una persona que se somete a derecho ajeno es un allieni iuris, no es libre, tiene amo. El asalariado y el esclavo no son libres.

La felicidad es que el individuo, además, tiene derecho a desarrollarse plenamente como individuo, a auto-elegirse y la propia sociedad tiene que arbitrar instrumentos y medios que permitan el desarrollo de la persona, su plenitud. ¿Cómo? Escuela barata, teatro, alimentos a precio asequible, tierra, cosas que son aportadas al individuo desde fuera por la comunidad política clásica. La felicidad y la libertad son los dos derechos que constituyen al ciudadano y que esa sociedad tiene que aportar. Los individuos a los que la ley les otorga estos derechos, son los ciudadanos. Repito, en esta tradición Republicana de vocabulario, es ciudadano el que es libre. El que no es libre, no es ciudadano. Y en esta tradición de vocabulario, es libre el que no depende de voluntad ajena, el que no está sometido a arbitrio ajeno, el que no se enajena, el que no tiene que vender su tiempo a otro. Quien vende su tiempo a otro, no es libre y no es ciudadano. Esta es una idea que debemos enfatizar para salir al paso a las perversiones del lenguaje actual. En la actualidad, asalariados y capitalistas, plutócratas y pequeños propietarios son considerados, todos, libres, y además libres en el mismo grado. Ninguna de las variantes de la tradición republicana -y podemos no estar de acuerdo con alguna de ellas-, se permite una perversión tal del lenguaje. La sinceridad es uno de los atributos inherentes de su lenguaje. Decirnos a nosotros que somos libres cuando hay plutócratas gigantescos como Botín que imponen su voluntad sobre el orden social, cuando tenemos que trabajar como asalariados, cuando en tanto que autónomos y pequeños propietarios se da la paradoja de que estamos sometidos a las grandes compañías subcontratadoras y distribuidoras, cuando tenemos un contrato con una entidad bancaria usurario que se llama hipoteca, etc., esto no cabe en este lenguaje. En la tradición republicana seriamos considerados esclavos.

Para el republicanismo, el principio conforme al cual se debe organizar el poder político es que el parlamento sea una institución que represente verdaderamente a los electores, esto es, que esté sometido al mandato imperativo y a la posibilidad de remoción por parte de los lectores permanentemente. Los parlamentos actuales, herederos de la tradición decimonónica, despótica y liberal, denominada “constitucionalismo” no lo son. Sí lo eran todos los parlamentos anteriores, res publicanos, ya fuesen de tipo estamental, como, p. e., los Estados Generales de Francia de 1789, que elegían diputados para que defendiesen los cahiers de doléances que habían redactado sus electores, o como lo era la Convención de 1792.
Como nos recuerda Kelsen: “pero el parlamento podría ser considerado como órgano del pueblo, sin recurrir a ficciones, si el derecho positivo determinase que aquel fuese mandatario de éste, es decir, que las resoluciones parlamentarias habían de estar ligadas en todo caso a lo que el pueblo manifestase de algún modo ser su voluntad. También esta relación es posible. Las constituciones de tipo estamentario ponen a las clases y estamentos en esta situación de dependencia respecto de sus electores. Los representantes estaban ligados a las instrucciones de sus electores, los cuales podían revocarles el mandato en caso de desacuerdo con su actuación. Pero la relación entre el parlamento y el pueblo está basada en la misma idea, como lo prueba el hecho de que la calidad de miembro del parlamento, la situación jurídica del diputado, se conoce todavía con el nombre de “mandato”. Pero desde el momento en que las constituciones modernas prohíben expresamente toda vinculación formal del diputado a las instrucciones de sus electores, y hacen jurídicamente independientes las resoluciones del parlamento de la voluntad del pueblo, pierde todo fundamento positivo la afirmación de que la voluntad del parlamento es la voluntad del pueblo (.) Ahora se ha sustituido el “mandato imperativo” de las constituciones estamentarias y se introduce el “libre mandato”; pero esta contradictio in adjectio descubre clarísimamante la voluntad de atenerse, al menos en la terminología a lo contrario de lo que es la realidad (.) La independencia real del parlamento respecto de la voluntad popular se disimula diciendo que cada diputado es el representante de todo el pueblo. De aquí se deduce que no tiene que recibir instrucciones de los grupos que lo eligieron. Pero “todo el pueblo” es mudo. [1]
El instrumental técnico para someter al elegido a la voluntad imperativa del elector no consiste, precisamente, en un inaudito novum, en un proyecto en ruptura radical con la tradición legal occidental; es el propio derecho civil privado, romano el que estipula las condiciones contractuales de supeditación en las que se basaba el mandato imperativo de los viejos parlamentos. El mismo Kelsen lo explica:
“B. La representación. Esta figura jurídica se encuentra ya en el Derecho civil. En virtud de determinación positiva, la voluntad del representante (B) “vale” como voluntad del representado (A) (.) Todavía hay una razón de más para que la voluntad de B (representante) valga como voluntad de A (representado), en el caso de que la representación no sea legal, es decir, no esté prescrita coactivamente por la ley, sino que haya de crearse en un acto jurídico, en un pacto libre. En el negocio por el que A instituye como representante a B, se determinan los actos que éste se haya autorizado a realizar. Luego éste no puede representar al primero sino dentro de la órbita delegada por él. B no puede querer jurídicamente sino lo que quiere A (.) el efecto de derecho deseado por A (.) Por eso B está ligado a la voluntad de su representado en todos los actos que tiene que efectuar como representante. El negocio jurídico que da lugar a la representación se llama “mandato” (.) B solo puede realizar aquellos actos para los que ha sido autorizado o comisionado (.) Por tanto A ha de prescribir también al mandatario la conducta a seguir, ha de darle instrucciones, ha de determinar qué actos debe realizar. No basta que A se limite a manifestar que quiere ser representado; ha de decir también “cómo” quiere serlo”[2].
Por lo tanto, nada hay nuevo bajo el sol, sólo la falta de voluntad política de llevarlo a la práctica. Las asambleas primarias, que era la institución constitucional de carácter permanente, formada por los ciudadanos electores para el seguimiento y control de los diputados elegidos, fueron liquidadas de las constituciones. Los partidos políticos una de cuyas (dos) funciones fundamentales hubiera sido el control permanente de los diputados y su posible revocación por parte de los electores, se han convertido en simples sindicatos de profesionales de la política, quienes se garantizan, mediante estas instituciones tal como son ahora, su modus vivendi, y elaboran y ofrecen su “producto” en el mercado del voto.
República no es, en consecuencia, elegir a un monarca cada 4, 7 u 8 años, ni tan siquiera si el monarca no es un cargo unipersonal sino un organismo colectivo, tal como el parlamento. Por lo demás, la propia república jacobina probó que una vez se depone la monarquía, no hace falta sustituir esa institución por la del presidente del estado.
Me he referido antes a la falsificación del lenguaje político actual que distorsiona y deforma la tradición conceptual res publicana. ¿De dónde surge esa mixtificación perversa del lenguaje político republicano y de la propia noción de la libertad? Es consecuencia de la penetración ideológica del liberalismo y de la concomitante persecución y destrucción violenta y sistemática de las ideas demo republicanas, acometida tras la Revolución Francesa[3].
La tradición republicana, como hemos visto en la breve síntesis que he elaborado, tiene una fuerte exigencia normativa respecto del estado. El estado, mediante la ley, debe crear y defender al ciudadano hasta ponerlo en condiciones de ser libre. El estado es la eticidad. El liberalismo, sin embargo, aunque usa palabras semejantes a las de la tradición republicana, ha cambiado su significado, introduciendo de matute una concepción de la política, del estado y de la libertad por completo opuestas. Me permito a continuación, como breve excurso, una corta comparación de conceptos republicanos y liberales, que además de mostrar la raíz conceptual de las patrañas liberales en la que se alimentan las mentiras del lenguaje político contemporáneo, seguro que consolida, por contraste, la comprensión de las ideas fundamentales de la tradición republicana.

Para el liberalismo:
1 El estado existe frente a la sociedad civil. Estado y sociedad civil son dos ámbitos excluyentes.
2 La sociedad civil es considerada el reino de la libertad, donde los ciudadanos deciden, actúan, trabajan e intercambian espontánea y libremente entre ellos, en pie de igualdad, según sus intereses.
3 Las libertades son para el liberalismo algo espontáneo, se dan por sí mismas si no interfiere el estado.
4 Al lado de la sociedad civil está el estado que actúa sobre ella mediante la ley.
5 Pero la ley es la capacidad de interferencia del estado sobre la vida y la libertad del ciudadano: es prohibición, es limitación, es castigo, es represión; coarta la libertad y el intercambio de la sociedad civil, le pone límites y frenos.
5 El estado debe existir como mal menor, como inevitabilidad, para evitar los excesos de la lógica por sí buena de la sociedad civil.
6 Cuanto más limitado sea el estado, más fuerte es –dice el liberalismo- la sociedad civil, y más libertad tiene cada individuo

La tradición republicana es por completo la contraria
Para el republicanismo:
1 Sociedad civil es el nombre que se da a una comunidad de individuos que son ciudadanos –“cives”/civil- y que, por ser ciudadanos, poseen derechos y libertades. La sociedad civil recibe esta denominación por ser una sociedad de cives.
2 El ciudadano no es una condición espontánea o inherente al individuo; el ciudadano no existe espontáneamente, es construido por la Ley, que legisla en positivo sus derechos, sus recursos, sus poderes como ciudadano.
3 Cualquier derecho que no está recogido por la Ley positiva, no existe.
4 Por tanto: la ley no es un instrumento coactivo y limitador de la libertad de los individuos, es el instrumento que crea y constituye su libertad y sus derechos, es el instrumento que crea una comunidad de individuos llamados ciudadanos, cives.
5 En consecuencia, la Ley construye la sociedad civil.
6 Pero Ley es el otro nombre del estado. Estado es el nombre dado a la instancia que legisla y aplica la ley que construye la sociedad civil. Sin ley, o sea sin estado, no puede haber derechos reales, no puede haber, en consecuencia , ciudadanos, y no puede haber por lo tanto sociedad civil. El estado, la ley, la res publica es el principio ético que crea al cives y civiliza la sociedad constituyéndola como sociedad de individuos libres e iguales, esto es, como sociedad civil.
Estado y sociedad civil son conceptos sólo analíticamente discernibles o diferenciables, no existen el uno sin el otro. En expresión de Antonio Gramsci, ambos ámbitos son diferenciables sólo metódicamente, no “orgánicamente”; con esta terminología Gramsci expresa que la distinción entre estado y sociedad civil es solo analítica, no real histórica [4]. En realidad, como el mismo Gramsci indica el estado = a sociedad política + sociedad civil, según expresión célebre y afortunada[5] . La ley constituye la sociedad civil[6].

La tradición de la república democrática
Hemos dicho que los individuos a los que la ley republicana otorga los derechos a los que me he referido –libertad, felicidad, medios de vida, capacidad de control sobre su sociedad- son los ciudadanos; solo quien goza de estos derechos es ciudadano. Pero no estoy diciendo que el republicanismo, en todas sus versiones garantice universalmente a todos los individuos estos derechos. Hay distintas corrientes dentro del republicanismo. Ha habido repúblicas, en la tradición histórica, de 200.000 ciudadanos, e incluso muchos menos, sobre una población de varios millones. Los ciudadanos de esas repúblicas tenían garantizados amplios derechos, tenían, de verdad, el poder soberano de legislar. Cuando los ciudadanos tomaban una decisión, y se hacia ley, esa decisión era inapelable y los instrumentos de gobierno eran lacayos a su servicio. Pero fuera de la ciudadanía había otros grupos sociales muy extensos de no ciudadanos.

Es aquí donde interviene y adquiere todo su sentido, el término “democracia”. Democracia, de entrada, es una palabra que pretende que esos derechos de la república deben extenderse a la totalidad de los individuos. Con un primer matiz, la democracia pretende que esos derechos se extiendan a la totalidad de los individuos pobres de la comunidad social. Cito dos textos, dice Platón: “nace pues la democracia creo yo, cuando habiendo vencido los pobres matan a algunos de sus contrarios, a otros los destierran y a los demás los hacen igualmente partícipes de su gobiernos y de los cargos que por lo regular suelen cubrirse en este sistema mediante el sorteo”[República, 557a – 558c] . Dice Aristóteles, “hay oligarquía cuando los que tienen riqueza son dueños y soberanos del régimen, y por el contrario hay democracia cuando son soberanos los que no poseen gran cantidad de bienes, sino que son pobres”. [Política, 1279c] . La palabra democracia hemos de integrarla en un lenguaje y en unas luchas y la característica de la democracia es que los pobres asaltan el poder y se auto-constituyen en ciudadanos siendo políticamente soberanos. Si comparamos estos dos textos con el teorema de Pitágoras, veremos que nos hablan de experiencia, definen la democracia a partir de lo que está pasando. Los autores que escriben estos textos, aunque ellos no son demócratas, definen con honestidad lo que es la democracia. Como vemos, democracia y lucha de clases van unidas. La democracia es la lucha de clases para imponer la ciudadanía de los pobres. Este lenguaje es reflexión, casi de sentido común, sobre experiencias. No es lenguaje especializado; las citas que hemos leído las habrán redactado Platón y Aristóteles, pero recogen experiencias. Platón y Aristóteles habrán hecho otras elaboraciones que no corresponden a saber de sentido común, pero no es este. Este saber es saber grande, ese que hay que regalar en la plaza, es Filosofía, nada menos. Pero no es ciencia, no es algo de técnicos –de tejnites-, de especialistas en poiesis, como lo eran Arquímedes, etc., o de sabios que reflexionan sobre la realidad material del cosmos.

La democracia como Movimiento
Vemos que en la definición de Platón éste dice que “nace la democracia, creo yo, cuando habiendo vencido los pobres…”, pero, ¿de donde sale ese poder de los pobres? La experiencia que nosotros tenemos, es que los pobres, nosotros, uno a uno, no tenemos poder alguno. ¿Cómo llegan los pobres a tener ese poder? El poder de los pobres, se adquiere mediante la organización de los pobres. La organización de los que no tienen el poder, de los que en el momento anterior solo son clases subalternas, que no tienen derechos y que quieren aflorar al mundo de la igualdad civil: la organización, como digo, de estos sujetos para el combate es lo que recibe el nombre de democracia. Porque es la organización político-civil de todos los excluidos lo que permite a los excluidos luchar y ponerse en condiciones de dar jaque al régimen existente anterior y darle la vuelta. La organización ¿Cómo? A todos los niveles, hay que empezar pensando en los niveles más capilares, la organización en una empresa, la organización en un barrio, la organización desde la cotidianeidad, desde el fondo de la sociedad. Si nosotros nos organizamos, hay organización. Si en una empresa nos organizamos, hay organización. El nombre técnico que le damos los marxistas a la organización en la sociedad es el de “relaciones sociales” y de ella depende la verdadera correlación de fuerzas, el verdadero nivel de poder que se produce en la realidad social. Si nos organizamos, aunque las leyes viejas sigan siendo las mismas, cambian las relaciones sociales, está cambiando el juego de interacciones. Quiero señalar que organizarse no quiere decir que un comité nos concite un día a una manifestación de un millón de personas,- que también-. Organizarse es que los pobres, los subalternos, allí donde nos encontremos, y en torno a los problemas que percibamos, seamos capaces de ponernos de acuerdo, comenzar a deliberar y a tomar pequeñas decisiones de acción sobre esos problemas; eso es el fundamento del movimiento. El movimiento podrá llegar a tener un millón de personas, en un momento determinado, pero el movimiento de la democracia ha de tener micro-fundamentos, ha de comenzar en el cara a cara y en los lugares en los que surgen los problemas concretos y juntando en el debate y en la deliberación a los que allí estemos. Es la organización lo que genera el poder, es la organización lo que genera la experiencia de poder. Lo que genera en la gente que no lee libros de historia la posibilidad de plantearse ideas de alternativa de poder es precisamente la organización y esa nueva experiencia que de repente se descubre como emergente, porque los propios actos y las propias acciones se convierten en los elementos de los que surgen capacidades emergentes, y a partir de ahí surge la experiencia que puede permitir a la gente, en deliberación, plantearse objetivos que van mas allá. Es la organización la que genera experiencia de poder, y es la organización de la gente la que construye el nuevo sujeto social llamado pueblo, el demos. El demos, no existe, la clase, no existe. Los sujetos si se organizan y se construyen, existen. El sujeto no existe, hay que construirlo, el sujeto social surge del movimiento.

Llegamos a otro punto: ¿Cuál es el programa que puede impulsar para adelante el movimiento de la democracia? Este es un mal planteamiento. Voy a citar un pequeño texto de otro de los más eminentes republicanos demócratas de la historia, de esta tradición. El texto es de Carlos Marx. Marx explica a un amigo, que los dirigentes de la AIT, durante el periodo de la Primera Internacional, habían recurrido a él para que elaborase un programa político. En su carta, él explica a su amigo: [lo que yo redacté deprisa son] “los puntos que hacen posible un acuerdo inmediato para la acción conjunta de los obreros y que pueden satisfacer directamente los intereses de la lucha de clases y fomentar la organización de los obreros como clase” [Carta a Kugelmann de 9 de octubre de 1966][7]. La propuesta de Marx es poner a la gente delante de lo que tiene en estos momentos en su cabeza, como nervio-experiencia para que se pongan a hacer. Será el movimiento el que genere su propio programa. La carta dirigida a Kugelmann no sostiene idea alguna diferente a lo que Marx había sostenido anteriormente en el Manifiesto Comunista, lo importante era la formación del proletariado como clase, esto es la construcción del sujeto; “los comunistas no somos una fuerza al margen de…, los comunistas no tenemos un saber que…, los comunistas no aportamos unos conocimientos para…, somos la parte más consciente del movimiento” porque tenemos una visión global del proceso -¿dónde está aquí la ciencia, el saber esotérico y minoritario que según muchos es lo que distingue a los marxistas en su orientación de la política?-. Y qué somos los comunistas, según el propio Manifiesto?: “la experiencia literaria del movimiento”. Esta es otra de las ideas que se puede concluir del Manifiesto Comunista: en el apartado que dice: Comunismo utópico, la primera frase reza: “no se trata aquí de la literatura que en todas las grandes revoluciones modernas ha formulado las reivindicaciones del proletariado (los escritos de Babeuf etc.) Luego, aparece siempre una cita a pie de página que dice: “Babeuf, comunista utópico…” etc. Pero, sin embargo, Marx decía que Babeuf no era comunista utópico porque había sido uno de los que había registrado, había elaborado literariamente la experiencia del movimiento[8]. Por lo tanto, no se trata de intentar construir, desde fuera, un programa que ilumine al movimiento sino que se trata de participar en pie de igualdad, allí donde podamos, en las luchas que se organicen, y en ayudar, en la medida de nuestras capacidades, a que las gentes nos juntemos para comenzar a actuar. Una vez se genera la organización, la propia gente, el debate, la deliberación, la construcción de nueva experiencia y el movimiento, producen las ideas, generan los proyectos. De ahí salen programas, que de verdad, llevan a rupturas revolucionarias y eso es lo que teme el enemigo. El enemigo no nos teme a nosotros, teme al movimiento que está detrás de Evo Morales. El enemigo no teme a Kautsky, teme a cien millones de campesinos organizados en el 1917 haciendo saltar el poder de zarismo, con un programa tan mínimo como “paz ahora, tierra” y al que añadieron los obreros: “poder a los soviets”. ¿Por qué ese programa mínimo puede ser revolucionario? Porque es el programa mínimo de una organización de ciento veinte millones de personas, mientras un programa que solo sea letras, si no hay organización, se queda en letras.

La democracia es el poder de la gente organizada, y el pensamiento de la democracia es potentísimo y llega a ser radicalísimo, no estoy jugando con la propuesta de que bajemos los niveles políticos. Sí quiero insistir en que el programa debe ser la elaboración que sale desde la experiencia de esos millones de personas que antes de experimentar el poder real y lo que pueden hacer eran totalmente pesimistas. La experiencia y la deliberación posterior, a partir de la experiencia, es lo que genera el programa, el auténtico programa del movimiento. Volviendo al principio, si es pensamiento praxeológico el republicanismo, ha de ser un pensamiento praxeológico también el proyecto, el programa que guíe, y ha de surgir de la deliberación de los muchos pobres, de la chusma, de la plebe; de la plebe organizada, de su experiencia y de su imaginación. De la imaginación que se despierta en cada individuo sobre las posibilidades de hacer y los objetivos a proponerse cuando ese individuo se vincula a otras personas y genera experiencias de poder, esa es la matriz de la cual puede generarse un proyecto de liquidación del capitalismo y de un nuevo régimen socialista.

Colofón sobre ciencia y emancipación.
La tradición emancipatoria europea, y en ella el marxismo otorgan ciertamente un destacado papel a la ciencia. Creo interesante terminar refiriéndome al lugar de la ciencia en el debate político, para salir al paso de una posible duda sobre su utilidad , pero también de las teorías positivistas que consideran que solo una elite –un “estado mayor”, una “vanguardia”- poseedora de saber científico está en condiciones de orientar a la gente en política, porque la gente, de suyo, “no sabe nada”.
La ciencia es un importante instrumento para orientar las deliberaciones, las luchas y las alianzas de un sujeto social ya organizado, es decir, previamente existente. También es un instrumento necesario para indagar sobre las causas de las prácticas humanas que previamente, los ciudadanos hemos dado en considerar injustas desde nuestro juicio moral. El saber científico introducido en las deliberaciones públicas sobre la orientación de la actividad del movimiento, otorga a los debates información, rigor y acierto. Pero la ciencia no puede sustituir la existencia real del movimiento, y no puede ser la fuente creadora del sujeto que actúa. La ciencia tampoco puede crear los principios éticos en los que se basa el movimiento, pues de un enunciado factual no es posible deducir un enunciado prescriptivo, o dicho en plata, de la explicación científica sobre la realidad social, por escalofriante que esta sea, no se concluyen principios morales –la ciencia puede servir, también, para apuntalar la resignación, dado que “así son las cosas”; incluso para afirmar la creencia sobre la perversidad e irreformabilidad de la naturaleza humana, y hasta para explotar mejor a los ya reventados-. El uso emancipador de la ciencia requiere de personas que ya previamente hayan decidido tener la audacia de pensar –sapere aude-: sobre sí mismos y sobre la moralidad del orden social , personas que crean, previamente también, que ese uso de la razón es útil porque el destino humano puede ser cambiado por los seres humanos.
La racionalidad ética y la praxis política son condiciones previas al uso de la ciencia como instrumento de emancipación. A partir de su existencia la ciencia participa en el robustecimiento de la razón crítica –ético crítica- sobre la realidad existente, y en la fundamentación, mediante su incorporación a la deliberación pública política, de una praxis política acertada. Los principios éticos son anteriores al uso posible de la ciencia al servicio de los mismos. La práctica política en acto es previa a la posibilidad de usar la ciencia para orientar las deliberaciones sobre la mejor forma de luchar. Esto es, sin un sujeto en acción que delibera desde los problemas experimentados la ciencia no puede ser instrumento.
Por eso es tan importante la existencia de una cultura que afirme los principios éticos en los que se basa la lucha .La ciencia debe ser introducida en la deliberación democrática pública, por los ciudadanos que discuten en pie de igualdad; no puede ser un expediente para cortocircuitar la democracia y legitimar élites. Quien se declare hijo omnisciente de dios – …la ciencia, en este caso- debe demostrar su poder –de persuasión- bajándose solito de la cruz. Una vez declarada la prioridad de la razón ética sobre cualquier otro tipo de pensamiento a efectos de la emancipación, creo que es conveniente añadir que la propia práctica política organizada, con su apuesta por la acción solidaria y sus resultados autoevidentes sobre la posibilidad de cambiar las cosas si reina la fraternidad entre los explotados, es la mejor defensa de la verdad ética. Para resumir mi juicio: La praxis política organizada del movimiento democrático es la que genera la Reforma Moral e Intelectual que afianza la fe en los principios morales; es la que muestra la eficacia y utilidad de la acción política y la que produce la confianza en la posibilidad de un mundo mejor. A partir de esta premisa la ciencia adquiere toda su potencialidad explicativa para el proyecto revolucionario.

[1] Hans Kelsen, Teoría general del estado. (1925)Ediciones Coyoacán, 2005. Traducción de Luis Legaz Lacambra, pp. 401, 402. Obra compleja, muy interesante cuando recoge la tradición republicana y menos interesante cuando se deja llevar por la liberal –cal y arena-. En concreto sus críticas al iusnaturalismo, que es la escuela en la que se elabora la tradición republicana durante la Edad media y la Edad Moderna, le pone, a veces, en muy malos pasos.
[2]Hans Kelsen, Teoría general del estado. Pp. 398, 399, 400
[3] Al dar razón de la desaparición del pensamiento político de Hume, escribe Polanyi: “se volatilizó durante el eclipse casi total del pensamiento político que siguió a la Revolución Industrial”. Karl Polanyi, La gran transformación. Crítica del liberalismo económico. Ed La Piqueta, 1989, p. 410 (“Comentarios sobre las fuentes”).
[4] “El planteamiento del movimiento de libre cambio se basa en un error teórico cuyo origen práctico no es difícil de identificar: o sea en la distinción entre sociedad política y sociedad civil, que, de distinción de método pasa a ser convertida y presentada como distinción orgánica. (.) Pero así como en la realidad efectiva sociedad civil y Estado se identifican, hay que señalar que también el liberalismo es una “reglamentación” de carácter estatal, introducido y sostenido por vía legislativa y coercitiva: es un hecho de voluntad consciente de de sus propios fines y no la expresión espontánea, automática del hecho económico. Por tanto el liberalismo es un programa económico”. Antonio Gramsci, Quaderni del carcere, volume terzo, Ed Einaudi, Torino,2001, pp. 1589, 1590
[5] “hay que destacar que en la noción general de Estado entran elementos que nos llevan de nuevo a la noción de sociedad civil (en el sentido, se podría decir, de que Estado= sociedad política +sociedad civil (.)”. Y sigue luego: “Las expresiones de Estado ético o de sociedad civil vendrían a significar que esta “imagen” de Estado sin Estado estaba presente en los mayores científicos de la política y del derecho en cuanto entraban en el terreno de la pura ciencia (= pura utopía …)” Antonio Gramsci, Quaderni del carcere, Volume secondo, Ed Einaudi, Torino, 2001 pp. 763, 764
[6] Que se denomina estado a la unidad de la ley que construye y ordena una sociedad es también la mejor idea de la obra de Hans Kelsen, Teoría general del estado. Por lo demás la idea de que el estado es el régimen legal o constitución que construye los derechos de los ciudadanos, y, en consecuencia, es el orden civil de la res publica –que es la πολιτεια la que construye la πολις- y que hay tantas republicas o polis como regímenes constitucionales, es idea que procede, en toda su radicalidad de Aristóteles: “Pues si la ciudad [πολις, res publica, estado, o societas civilis] es una cierta comunidad, y es una comunidad de ciudadanos [πολιτων] en un régimen [πολιτειας] si se altera específicamente y se hace diferente, el régimen político, parecerá forzoso que la ciudad deje también de ser la misma, del mismo modo que decimos de un coro que es uno cuando es cómico, y que es otro cuando es trágico, aunque con frecuencia esté constituido por las mismas personas. Igualmente, de cualquier otra comunidad y composición, decimos que es distinta cuando es distinta la forma de su composición. (.) Si esto es así, es evidente que al decir de una ciudad [πολιν, res publica, societas civilis] que es la misma se ha de tener en cuenta el régimen [πολιτειαν , constitución, orden legal que construye la sociedad] y puede dársele el mismo nombre u otro, tanto si los que la habitan [la sociedad civil, los ciudadanos] son los mismos como si son otros hombres completamente distintos” (Politica, 1276b). Según esta idea, desde 1844, -por poner una fecha próxima- lo que denominamos España pudiera haber tenido, como mínimo, 7 nombres diferentes. Cualquier defensa de la existencia de un “tarro de las esencias” fuera de la ley o es liberalismo o es nacionalismo.
[7] Cuando se refiere a los rivales de las ideas que él defiende, Marx los describe: “charlan de ciencia y no saben nada. Mantienen una actitud despectiva hacia todo lo revolucionario, es decir, hacia todo lo que dimane de la propia lucha de clases, hacia todo movimiento social concentrado, que, por tanto, pueda llevarse por medios políticos (por ejemplo, la reducción legislativa de la jornada de trabajo)”. Carta a Kugelmann, en Marx y Engels, Obras Escogidas, en tres volúmenes, Vol 2, Ed. Progreso, Moscú, 1974 p. 441
[8] Cuando, pocas líneas más abajo, se refiere Marx a los “utópicos”, explica que son tales porque no perciben la lucha de clases, y en consecuencia, “ se lanzan en busca de una ciencia social, de unas leyes sociales que permitan crear esas condiciones” Manifiesto del partido comunista, Ed progreso, Moscú 1972, p. 63

 
FORO DE LOS REPUBLICANOS DE IZQUIERDAS - Templates Novo Blogger